31 diciembre 2011

LA "CREACIÓN", UN INVENTO SEMITA

Juan Luis Ruiz de la Peña
Teología de la creación (1988)


LA NADA Y LA CREACIÓN
 “Para una mentalidad como la semita, que discurre por imágenes, resultaría irrepresentable el cero absoluto; ese caos del Génesis es la representación plástica de la nada”

[Génesis v.1: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra”; v.2: “la tierra era algo caótico y vacío, y tinieblas cubrían la superficie del abismo”] (…) sus fuertes resonancias míticas [del verso 2] han sido amortiguadas en principio por el v.1. De otro lado, el caos primordial está aquí drásticamente desvirtuado: es algo inerme, estático, sin vida. Quedan suprimidas las descripciones del combate entre él y el dios demiurgo (presentes, como vimos, en otros lugares bíblicos, despreocupados del rigor teológico); un residuo casi imperceptible de esa teomaquia será el verbo separar, de los vv. 4,6 y 7, que connota una acción vigorosa, un cierto “aspecto salvaje” de la gesta creadora (…). Como contraste, el único rasgo vital presente en el verso es el ruaj Elohim, el aliento contenido en la garganta de Dios antes de que emita la primera palabra; lo demás es tohu-wabohu, es decir, confusión, desorden, vacío (…). Para una mentalidad como la semita, que discurre por imágenes y no por conceptos abstractos, resultaría irrepresentable –y por ende inconcebible- un comienzo desde el cero absoluto; la nada no es una imagen concreta, es una abstracción. Pues bien, este caos despojado de toda virtualidad “es la representación plástica de la nada absoluta”.

LA CREACIÓN, UN INVENTO SEMITA
“La originalidad de la idea de creación bíblica se pone de manifiesto comprobando que ni el griego ni el latín poseyeron un vocablo que recogiese con precisión la idea”

La originalidad de la idea de creación y su desconocimiento fuera del ámbito bíblico se pone de relieve con la simple comprobación de la inexistencia de un término específico para denotarla en las dos grandes lenguas de la antigüedad clásica. En efecto, ni el griego ni el latín, los dos vehículos expresivos de la tradición filosófica y cultural de occidente, poseyeron un vocablo que recogiese con precisión la idea. Para significarla, hubo que echar mano de términos aproximativos, que los escritores cristianos cargaron con la especificidad de que adolecían  [Julián Marías, ‘Antropología metafísica’ (1970), págs 33.36: “Ni en latín ni en griego existía una palabra que diese a entender su significado; usaban vocablos con sentido próximo: los griegos poiên, ktísis, ktísma, ktízen traducidos como producir, criatura,  fundar… y los latinos facere, creare, crescere, condere, producir, hacer, brotar”].

Juan Luis Ruiz de la Peña
Teología de la creación (1988)

LA TEOLOGÍA FRENTE A LA CRISIS ECOLÓGICA

Juan Luis Ruiz de la Peña
Teología de la creación (1988)


EL DESENCANTAMIENTO CRISTIANO DEL MUNDO
“La civilización técnica ha nacido en Occidente porque la fe cristiana desdiviniza el cosmos y el hombre le pierde el sacro respeto para manipularlo y dominarlo”

El mundo es como criatura; no tiene en sí mismo su razón de ser, no es una magnitud absoluta (…) implica una precariedad en el existir, una relación de dependencia (…). Las consecuencias de esta afirmación de fe han sido trascendentales. Así, es ya tópico el reconocimiento de un nexo entre la fe en la creación y el nacimiento de la civilización científico-técnica. Esta ha surgido no en el área geográfica de las grandes culturas ancestrales (India, China…), como en principio sería de esperar, sino en el occidente evangelizado. Es la fe en la creación la que, oponíendose a la divinización del cosmos (propia de las religiones de la naturaleza y el panteísmo) y relativizándolo, ha hecho que el hombre le perdiese al mundo el sacro respeto que le impedía manipularlo y dominarlo. El hombre había vivido en un mundo encantado, había soportado la atracción magnética de fuerzas cósmicas que, en su grandeza, se le revelaban como teofanías y lo esclavizaban. La naturaleza había subyugado a la persona. La doctrina de la creación quebranta este encantamiento malsano; el mundo es mundano, no divino, y el hombre puede percirbirlo ya como manejable y gobernable, no como intangible e inviolable.

DOS ANTIHUMANISMOS
 “El sobrehumanismo tecnocrático y el antihumanismo ecologista convergen en su devaluación de lo humano; la fe cristiana opta por desmitificar tanto al hombre como a la naturaleza”

Las dos alternativas contempladas (…) apuntan o bien a la exaltación del hombre en la cúspide de lo real (sobrehumanismo eufórico de la civilización tecnocrática) o a su submersión en la base biótica (antihumanismo tácito de ciertos ecologismos). Pero los extremos se tocan: ambas posiciones terminan convergiendo en la devaluación de lo humano. Lo que significa que con el hombre se puede acabar tanto hipertrofiando la prerrogativa humana como abdicando de ella (…). Ante este doble proceso de remitologización, la fe cristiana opta por una comprensión desmitificada del hombre y de la naturaleza. Para ello le basta con hacer entrar en juego a un tercer factor, el factor-Dios (…): Dios quiere al hombre como fin, no como medio (…). Dios es el único fin que no mediatiza, sino que finaliza, esto es, consuma, confiere finalidad y sentido, plenifica.

Juan Luis Ruiz de la Peña
Teología de la creación (1988)

30 diciembre 2011

'Un dios salvaje': esto no lo arregla ni Dios

LA PELÍCULA EN LA MEJOR WEB DE CINE: LABUTACA
por JOAN PAU INAREJOS

Nota: 8
Poca broma con la pirueta de Roman Polanski. Quien filmó las raíces del mal diabólico (‘La semilla del diablo’) los horrores de la guerra (‘El pianista’) o los cuartos más oscuros del poder (‘El escritor’) ahora se ha pasado nada menos que a una comedia rodada a tiempo real en una única habitación. Y sale más que vivo: resucitado.

Cuatro actores en estado de gracia divina –nunca mejor dicho- llevan a la gran pantalla la adaptación magistral de la pieza teatral de Yasmina Reza, en la que dos matrimonios se enzarzan tensamente tras una reyerta de parque entre sus dos respectivos hijos pequeños. A la postre, los adultos se revelerán los más inmaduros de la función y, para nuestra hilaridad, acabarán sacando las vísceras (literalmente en algún caso).

1 Jodie Foster (Penelope) ha matado definitivamente a aquella joven y acomplejada Clarice de ‘El silencio de los corderos’ y confirma su espléndida madurez con el papel esta sobreactuada mujer, obsesionada por los dientes rotos de su hijo, moralista y pagada de sí misma hasta la náusea.

2 Kate Winslet (Nancy) es quien sufre las náuseas más físicas, sacudiendo aún más la cómica refriega de matrimonios indignados. Yo me culpo de haber desechado a la Rose de ‘Titanic’ en el contenedor de los materiales actorales irrecuperables. Afortunadamente, la arruga es bella, también en las dotes interpretativas.

3 John C. Reilly (Michael), a quien felizmente muchos hemos descubierto aquí, no parece un actor, sino el verdadero marido ferretero, torpe y simplón a quien interpreta. Innumerables hombres de la calle, de fuste noble y cerveza en mano, reciben merecido homenaje.

4 Y qué decir de Cristoph Waltz (Alan), el sagaz austríaco que ya nos cautivó en ‘Malditos bastardos’ en la piel de aquel nazi de lengua políglota y viperina. Esta vez pone su flema al servicio de un abogado pegado al teléfono, alérgico a follones familiares y propietario de una voz cavernosa que apenas consigue amansar a las fieras -más bien al contrario.

No hay claustrofobias que valgan: el pitote a cuatro discurre eléctricamente y en sus escasos 80 minutos apenas nos da tiempo de recordar que estamos entre cuatro paredes. Muy mala leche, muy mala bilis y muchos fluidos en general. No se la pierdan.

EL UNIVERSO, AZAR O DISEÑO


Juan Luis Ruiz de la Peña
Teología de la creación (1988)


LÍMITES DE LA CIENCIA
“Habrá siempre una ‘terra incognita’ donde la ciencia no puede penetrar; decía Ortega que el conocimiento científico es exacto, pero incompleto y penúltimo; Y la teología no debe replegarse, sino confrontarse con él para enterarse de cómo están las cosas ahí fuera”

La refutación del dogmatismo positivista, la postulación de una nueva alianza entre ciencia y filosofía, el reconocimiento del carácter velado, enigmático, de la realidad y, consiguientemente, de la pertinencia de lecturas no exclusivamente científicas de la misma, despeja el camino para la convalidación del discurso religioso como capaz de verdad e inteligibilidad (…). Hay todavía, y habrá siempre, una terra incognita en la que el discurso científico no puede penetrar, porque su utillaje no está hecho para explorarla, y de la que proceden los interrogantes que planean crónicamente sobre el hombre (…). Decía Ortega que el conocimiento científico es exacto, pero incompleto y penúltimo. La racionalidad más acrisolada no es la que se detiene en lo penúltimo o escamotea lo último. La razón más racional, la única razonable, será aquella que acepte el reto de las últimas preguntas y ensaye (eso sí, con temor y temblor) respuestas esclarecedoras (…).

Las ciencias han de recibir de la teología la incansable notificación de sus límites, que les impedirá incurrir en el pecado de absolutizarse (es decir, de desnaturalizarse dogmatizándose). Y la teología ha de confrontarse permanentemente con las ciencias, sobre todo con la física y la biología, mas no ya para replegarse sobre sí en una apologética crispada y, al fin de cuentas, estéril, sino para enterarse de cómo están las cosas ahí fuera; o, como ha quedado dicho más arriba, para saber en qué mundo vivimos.

EL UNIVERSO INFINITO
“El sentimiento del hombre se resiste ante la hipótesis de que el universo no dure infinitamente; quien no creyera ya en una vida eterna, tenía que creer en una duración infinita del mundo material”

Von Weizsäcker ha apuntado agudamente el trasfondo teológico de la tesis que sostiene la infinitud del universo: “el sentimiento del hombre moderno se resiste ante la hipótesis de que el universo no dure infinitamente. ¿Por qué? El sufrimiento del hombre ante la caducidad parece ser tan grande que necesita creer en algo inmune a la aniquilación para poder vivir. Quien no creyera ya en una vida eterna, tenía que creer en una duración infinita del mundo material” (…).

RELOJES O NUBES
“¿Vivimos en un mundo de relojes predecibles o en un mundo de nubes fluidas y cambiantes?”

En uno de sus trabajos más sugestivos [‘Conocimiento objetivo’], Popper se pregunta cuál es la parábola más apropiada de nuestro mundo, si el reloj o la nube. ¿Vivimos en un mundo de relojes (estructuras físicas inflexibles que funcionan de modo tan inexorable como predecible), de suerte que, conocida exhaustivamente la situación inicial (t=O), puede preverse con exactitud matemática cualquier situación posterior (t=O+n)? ¿O más bien habitamos un mundo de nubes (entidades fluidas, cambiantes, imprevisibles), dotado de una inagotable reserva de sorpresas emocionantes?

¿EL FUTURO CERRADO?
“El determinismo supone que el tiempo está cerrado, pero eso haría al futuro ‘redundante’, ‘superfluo’, ‘como el pollo está contenido en el huevo’…. En realidad, el universo es más shakesperiano que newtoniano”

El determinismo supone que ambos [pasado y futuro] tienen una estructura simétrica: el pasado está cerrado y el futuro también, puesto que está totalmente prefijado por aquél (…). En una conversación con Einstein, como éste mostrase su simpatía por el determinismo, Popper le hizo ver que en esa hipótesis el futuro sería “redundante”, “superfluo”, al estar tan fatalmente precontenido en el pasado “como el pollo está contenido en el huevo” y el tiempo sería una ilusión, lo que contradecía el realismo einsteiniano, opuesto a todo idealismo o subjetivismo. Esta reflexión, recuerda Popper, hizo mella en su interlocutor, que no se había dejado impresionar hasta entonces por otros razonamientos antideterministas (…).

Einstein pasó de la negación de la libertad, consecuente de la opción determinista, a su afirmación categórica. Las razones de este giro copernicano no fueron científicas ni metafísicas, sino éticas: la tragedia del holocausto judío en la Alemania nazi. A partir de aquí habría que mostrar que el indeterminismo solo tampoco basta para fundar la libertad humana; que entre el reino del azar –indeterminismo puro- y el de la necesidad –determinismo puro- se alza el reino de la libertad, que incluye el postulado de la finalidad y que aporta al universo abierto un novum inédito: el propósito, el designio inteligente, la decisión elegida, no forzada (…). Este [el universo] se nos aparece, por tanto, como una magnitud sin centro ni eje; el mundo es “policéntrico, acéntrico, excéntrico, diseminado, disperso… Es más shakespeariano que newtoniano” (E. Morin).

EL MILAGRO DE LA VIDA
“La probabilidad de que se produzca una de las 200.000 proteínas es igual a la que tiene una persona de resolver a ciegas el cubo de Rubik; pensar que la vida se ha levantado al azar es tan irracional como esperar que un tifón recomponga un Boeing”

El cálculo matemático de índice de probabilidad que tiene la vida, caso de deberse al puro azar, ha sido hecho por Hoyle con tanto ingenio como eficacia: la probabilidad de que se produzca por casualidad ‘una sola’ de las 200.000 proteínas que se dan cita en el cuerpo humano es igual a la que tiene una persona de resolver a ciegas el cubo de Rubik; pensar que el edificio de la vida se ha levantado al azar es tan irracional como esperar que un tifón recomponga correctamente un Boeing 747 despiezado y convertido en chatarra. [Hoyle, ‘El universo inteligente’].

AZAR O DISEÑO
“Darwin oscilaba entre el azar y el diseño (‘estoy metido en un embrollo’); sin embargo, no podría aventurarse que Dios sí juega a los dados, es decir, deja a la materia desarrollar las diversas posibilidades?”

Como es sabido, el propio Darwin oscilaba perplejo entre la hipótesis del azar y la del diseño: si ésta le parecía excesiva, aquélla la reputaba insuficiente, agregando que atribuir las variaciones biológicas al azar es un modo de admitir lagunas del saber científico. “Estoy metido, y lo estaré siempre –confiesa Darwin- en un embrollo irremediable” (…).

Sin embargo, y operando con una hipótesis límite, ¿no podría invertirse la famosa frase de Einstein y aventurar que, en este universo, Dios sí ha querido jugar a los dados, es decir, dejar a la materia explorar las diversas posibilidades y desarrollar una? Fenomenológicamente, el mundo sería el resultado de procesos aleatorios; fenomenológicamente porque, en último análisis, el curso y al desembocadura factuales de la cosmogénesis estarían previstos y queridos por la inteligencia divina.

LA FÍSICA CUÁNTICA Y LA ESPIRITUALIDAD
“No puede fijarse una partícula sin el observador; el hombre queda entronizado de nuevo, de donde lo había desplazado Copérnico; se ha llegado a decir que los componentes últimos de la realidad son entidades espirituales (Whitehead)”

La física cuántica ha establecido un apretado nexo entre lo físico y lo psíquico al afirmar que no puede fijarse la posición de una partícula sin la intervención del observador: el hombre queda así entronizado de nuevo en el centro del universo, de donde lo había desplazado Copérnico (…)

No es extraño, pues, que en el límite se haya llegado a decir que los componentes últimos de la realidad física son entidades espirituales (Whitehead) (…). Es decir: lo más exquisitamente físico sería a la postre un entramado de formas matemáticas puras. En resumen, los hallazgos de la física cuántica están confiriendo a la materia un sesgo surrealista; la “materialidad” de las cosas es soluble en ecuaciones hasta desembocar en la pura inmaterialidad de un componente de cuadrivector en un espacio-tiempo curvo. ¿Cómo no recordar al respecto la célebre boutade de Russell?: “la materia, como el gato de Chesire, se ha tornado cada vez más diáfana, hasta que no ha quedado de ella más que la sonrisa provocada por el ridículo de ver a quienes aún piensan que sigue ahí”.

Juan Luis Ruiz de la Peña
Teología de la creación (1988)

29 diciembre 2011

LIBROS LEÍDOS EN 2011

1. Woody Allen, de Florence Colombani (Cahiers du Cinema) **
2. El perquè de tot plegat, de Quim Monzó ***
3. El Aleph, de Jorge Luis Borges (cuentos, Alianza ed.)
 ***
4. Ullals, de Salvador Macip i Sebastià Roig 
***
5. Relecturas: 
Catolicismo y protestantismo (Aranguren) *****; Veo a Satán caer como el relámpago (Girard) *****El Cantar de los Cantares o los aromas del amor (Mario Satz) *****Antologia poètica (Joan Maragall, a càrrec de Josep Vallcorba) ***
6. Mitología del mundo, de Roy Willis (redactor general) ***
7. Diccionario de los sentimientos, de José Antonio Marina y Marisa López***
8. Espanya, capital París, de Germà Bel 
*
9. Occidente contra Occidente, de André Glucksmann **
13. Vampiros: de Drácula a Crepúsculo, de Simonetta Santamaria *
17. Arte y arquitectura en España 500-1250, de Joaquín Yarza
21. El intelectual melancólico, de Jordi Gracia *
22. El discurso del cómic, de Román Gubern y Luis Gasca **
23. Tesis sobre Rabindranath Tagore, de Agus Morales
24. Teología de la creación, de Juan Luis Ruiz de la Peña ****

20 diciembre 2011

‘El protegido’ (2000): la fantasía del hombre inquebrantable

INFORMACIÓN DE LA PELÍCULA EN FILMAFFINITY 
por JOAN PAU INAREJOS
Nota: 8,5

Si dicen que el doblaje desnaturaliza las versiones originales, no menos adulterantes resultan algunos títulos traducidos bajo el reino de la arbitrariedad o los dudosos criterios promocionales. Porque, en efecto, eso de ‘El protegido’, con su vaguedad semántica y seudomesiánica, empalidece claramente y hasta se diría que disuade a las audiencias frente al verdadero nombre de la obra que nos ocupa de M. Night Syamalan: ‘Unbreakable’, es decir, irrompible, invulnerable, inquebrantable (¡cuánto y cuan conciso léxico castellano ha sucumbido víctima del márketing!).

Cerrado este breve prolegómeno lingüístico, que tanto regocijará a los guardianes de las esencias cervantinas, nos corresponde desempolvar y aquilatar esta grandísima película estrenada hace ya más de una década, eclipsada (injustamente) por su inmediata antecesora, ‘El sexto sentido’, que consagró (justamente) al cineasta indoamericano y que aún sigue siendo, junto a ‘El bosque’ y en menor medida ‘Señales’, su gran capital para pagar pecados artísticos tan aberrantes como ‘La joven del agua’ o ‘El incidente’.

¿Qué pasaría si los héroes de cómic fueran dramáticamente reales? Lanzada hacia esta osada premisa, la historia de ‘El protegido’ (vamos a comprar de mala gana su denominación comercial), nos cuenta cómo un mediocre guardia de seguridad llamado David (Bruce Willis), se salva milagrosamente de un siniestro ferroviario, lo que le convierte en un héroe extraño a ojos de su ex mujer (fantástica Robin Wright Penn) y de su admirado hijo pequeño.

Lejos de cualquier lectura complaciente o aventurera, esta posibilidad del mito viviente, del semidiós o Aquiles urbano del siglo XXI, aparece como un arduo descubrimiento existencial: David se siente solo, le apesadumbra constatar que jamás ha estado enfermo ni ha perecido en accidente alguno, y siente una imperiosa necesidad de respuestas para su prodigioso historial de invulnerabilidad. Como dice Victor Frankl, no se trata de preguntarnos qué queremos de la vida (esa apelación ciega a una libertad sin contenidos), sino de preguntar a la vida qué quiere de nosotros, a qué estamos llamados, una emergencia de la vocación que en el caso de los salvadores del mundo puede resultar un doloroso yugo.

La respuesta al héroe atormentado llegará justamente de su figura antagónica: un hombre sin familia, de raza negra, físicamente postrado y habitante excéntrico del mundo de las viñetas. Elijah, el intrigante galerista interpretado antológicamente por Samuel L. Jackson, protagonista de un impresionante giro final que no desvelaremos, confirmará a David como Unbreakable y reconocerá en él la viva encarnación del superhéroe anunciado en las sagradas escrituras del cómic norteamericano. Un superhéroe silencioso, modesto, mundano, esforzado padre divorciado, sin capa ni visión rayos X y apenas distinguido entre la multitud con su icónico chubasquero. Irrompible en medio de la precariedad. Una oscura fantasía quizá más tentadora que nunca en este mundo que últimamente se empeña en parecer una empresa de derribos.

17 diciembre 2011

Nada de pretensiones por aquí, nada de píxeles por allá: ‘El Ilusionista’

LA PELÍCULA EN LA MEJOR WEB DE CINE: LABUTACA
por JOAN PAU INAREJOS
Nota: 7
Atención, la animación tradicional no ha muerto. Un telegrama desde la vieja Francia nos informa que el dibujo manual aún da vigorosas señales de vida, a pesar de los denodados esfuerzos de tantas mafias digitales que querían verlo enterrado antes de la próxima década. Y como quiera que la noticia llega del corazón de esta Europa nostálgica y entristecida en su monetaria crisis de identidad, el relato nos lleva unas cuantas décadas atrás: a los prolegómenos de los años sesenta, cuando Microsoft, Apple y Pixar no estaban ni se les esperaba.

Un viejo mago, rescatado de los cajones del cómico Jacques Tati (retomando un guion que nunca llegó a realizar) es el desacostumbrado antihéroe de esta historia sin apenas diálogos, dibujada con una sensibilidad cautivadora. Seguiremos las andanzas del flemático ilusionista por los escenarios europeos, para aquel entonces ya más pendientes del boom rockero que de los consabidos espectáculos con conejo y chistera; ahí está el gag del mago esperando pacientemente su turno, mientras unos sucedáneos de Los Beatles prorrogan una y otra vez su visceral actuación, y él va sacando y sacando paquetes de cigarrillos. (Otro momento antológico: el protagonista peleándose con un coche mientras trabaja en un aparcamiento para sacar unas perrillas; pura poesía cómica).

El director y animador Sylvain Chomet ignora olímpicamente cualquier atisbo de parodia, de trituradora pop, de trampantojo romanticoide o de cualquiera de los vicios tan extendidos en la animación contemporánea. En vez de eso, se toma su tiempo, un tiempo lento y parsimonioso, elegante y seguro de sí mismo, bien anclado en la añeja comedia realista, para filmar el encuentro del ilusionista con una humilde adolescente escocesa, trabajadora de una muy viril taberna marinera, donde quedará prendada del mundo mágico de ese visitante talludo y decidirá seguir sus pasos como si de un segundo padre se tratase.

Puede que muchos bostecen a placer ante este tiovivo silencioso de colores tamizados y gestos sutiles, donde apenas pasan cosas en el sentido más electrizante y palomiteramente disfrutable del término, más allá del constante juego al escondite entre la pupila encandilada y el mago empeñado en recuperar su melancólica soledad por esos mundos ferroviarios y brumosos. Lo cierto es que ‘El ilusionista’, con modestia franciscana, hace honor a su título y, por un instante, consigue hacernos desaparecer del presente. Chas.

16 diciembre 2011

"La partícula de Déu juga a fet i amagar amb els investigadors"
('REGIÓ 7', 14 DESEMBRE 2011)
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07 diciembre 2011

La furia del crítico

IGNACIO ECHEVARRÍA
“¿A quién interpela uno cuando se siente víctima de un adelantamiento peligroso o de un frenazo imprevisto? ¿Al automóvil o a su conductor?”
Del mismo modo, quizá “un crítico es un tipo corriente que, con un libro en las manos, se transmuta en celoso guardián” y “después de maltratar un libro, podría mostrarse amable” con el autor: “en rigor, no es nada personal”

(…) ¿A quién interpela uno cuando se siente víctima de un adelantamiento peligroso o de un frenazo imprevisto? ¿Al automóvil o a su conductor? 

La respuesta queda lejos de ser sencilla. Resulta absurdo pretender que imprecamos a una máquina. Pero, en rigor, tampoco insultamos a una persona física, real, sino más bien a un ente mixto, que existe únicamente en cuanto la persona ejerce como conductor y se halla dentro de su auto.

Recuerdo ahora un viejo corto de animación de la factoría Disney. Lo protagoniza Goofy. El corto se titula Motor Mania, y es del año 1950. Se puede encontrar fácilmente en YouTube, véanlo, es gracioso. Goofy es allí un escrupuloso y pacífico ciudadano incapaz de pisar una hormiga. Una vez sentado a su auto, sin embargo, sufre una transformación como la del Dr. Jekyll en Mr. Hyde y se convierte en una especie de demonio, infinitamente susceptible y agresivo. 

Pongamos que, en el peor de los casos, el crítico sea como Goofy. Un tipo corriente que, sin embargo, con un libro entre las manos, y puesto en situación de leerlo con vistas a pronunciarse públicamente sobre él, se transmuta en celoso guardián de su propia concepción de la buena literatura y exacerba su susceptibilidad hacia todo lo que la confirma o la contraría. Del mismo modo que, en esta tesitura, él deja de lado al ecuánime ciudadano que suele ser, los ataques que entonces prodiga no van dirigidos al -a su vez- pacífico ciudadano que se aloja en el libro en cuestión, no al menos en cuanto sujeto independiente, aislable del libro mismo. Después de maltratar por escrito su libro en las páginas de un diario, podría coincidir con él en un ascensor y mostrarse reverencioso y amable, sin ninguna hipocresía. 

Y es que no se trata, en rigor, de nada personal. 

Cómo explicarlo. 

IGNACIO ECHEVARRÍA SUPLEMENTO ‘EL CULTURAL’ DE ‘EL MUNDO’, 2/12/2011
FOTO: GOOFY EN EL CORTO ’MOTOR MANIA’

01 diciembre 2011

'Un método peligroso': la guerra fría del inconsciente

LA PELÍCULA EN LA MEJOR WEB DE CINE: LABUTACA
por JOAN PAU INAREJOS
Nota: 6,5

Sigmund Freud está en el olimpo del siglo XX. Para bien o para mal, el padre del psicoanálisis tiene la categoría de icono pop, y su efigie barbuda, puro en mano, compite con el Che Guevara o con la mismísima Marilyn Monroe (cuyas faldas aireadas quizá hubieran enriquecido las tesis sobre la libido). Leído o sabido, conocido o malconocido, tanto o más adulterado que los arriba citados, Freud no necesita presentaciones. Por eso uno de los méritos de la fría película de David Cronenberg y por ende de la obra teatral que le precede, es reivindicar en la gran pantalla a su alumno más brillante, el que osaría romper las tablas para emprender su propio camino: Carl Gustav Jung.

Fenomenalmente interpretado por Michael Fassbender, Jung aparece como la quintaesencia del intelectual inquieto y maravillado: frente al cinismo petulante de su maestro austriaco, convencido del origen sexual de todos los trastornos humanos (no menos magnífico Viggo Mortensen), el pupilo suizo siente el empeño juvenil ya no de diagnosticar, sino de convertir a los pacientes en aquellas personas que realmente desean ser, lo que le valió y le sigue valiendo acusaciones de chamán y santón. El inconsciente no es para Jung el cuarto oscuro de los traumas sino nada menos que “la simiente de la personalidad” (Ira Progoff); no un vertedero sino un mundo en potencia.

Agarrando por los cuernos el meollo teórico aunque sin terminar de atar los cabos, ‘Un método peligroso’ se centra en el careo teatral entre los dos genios, que llenan el metraje de una densa verborrea, alguien dirá que poco cinematográfica, si bien Cronenberg esculpe momentos de alta maestría escénica; ahí está el experimento al que Jung somete a su esposa, donde la asociación automática de palabras revela un matrimonio herido y disfuncional. 

Y, en medio del fuego cruzado, Kira Knightley encarna con una entrega admirable a la joven neurótica y sadomasoquista que sacudirá definitivamente sus seguridades familiares e intelectuales. Una amante perturbadora, de cuño quizá demasiado tópico, pero que bien podría personificar el ánima teorizada por el suizo, es decir, “lo vivo en el hombre", aquello que "convence de cosas increíbles para que la vida sea vivida” y que pone trampas constantes para que el hombre no se despegue de la tierra y se arañe hasta sangrar si es preciso. Habla Jung: “Si no fuera por la vivacidad y la irisación del alma, el hombre se habría detenido dominado por su mayor pasión: la inercia”.
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