31 diciembre 2011
LA "CREACIÓN", UN INVENTO SEMITA
Juan Luis Ruiz de la Peña
Teología de la creación
(1988)
LA NADA Y LA CREACIÓN
“Para
una mentalidad como la semita, que discurre por imágenes, resultaría
irrepresentable el cero absoluto; ese caos del Génesis es la representación
plástica de la nada”
[Génesis v.1: “En el principio creó Dios los cielos y la
tierra”; v.2: “la tierra era algo caótico y vacío, y tinieblas cubrían la
superficie del abismo”] (…) sus fuertes resonancias míticas [del verso 2] han
sido amortiguadas en principio por el v.1. De otro lado, el caos primordial
está aquí drásticamente desvirtuado: es algo inerme, estático, sin vida. Quedan
suprimidas las descripciones del combate entre él y el dios demiurgo
(presentes, como vimos, en otros lugares bíblicos, despreocupados del rigor
teológico); un residuo casi imperceptible de esa teomaquia será el verbo
separar, de los vv. 4,6 y 7, que connota una acción vigorosa, un cierto
“aspecto salvaje” de la gesta creadora (…). Como contraste, el único rasgo
vital presente en el verso es el ruaj Elohim, el aliento contenido en la
garganta de Dios antes de que emita la primera palabra; lo demás es tohu-wabohu,
es decir, confusión, desorden, vacío (…). Para una mentalidad como la semita,
que discurre por imágenes y no por conceptos abstractos, resultaría
irrepresentable –y por ende inconcebible- un comienzo desde el cero absoluto;
la nada no es una imagen concreta, es una abstracción. Pues bien, este caos
despojado de toda virtualidad “es la representación plástica de la nada
absoluta”.
LA CREACIÓN, UN INVENTO
SEMITA
“La originalidad de la idea de creación
bíblica se pone de manifiesto comprobando que ni el griego ni el latín
poseyeron un vocablo que recogiese con precisión la idea”
La originalidad de la idea de creación y su desconocimiento
fuera del ámbito bíblico se pone de relieve con la simple comprobación de la
inexistencia de un término específico para denotarla en las dos grandes lenguas
de la antigüedad clásica. En efecto, ni el griego ni el latín, los dos
vehículos expresivos de la tradición filosófica y cultural de occidente,
poseyeron un vocablo que recogiese con precisión la idea. Para significarla,
hubo que echar mano de términos aproximativos, que los escritores cristianos
cargaron con la especificidad de que adolecían [Julián Marías, ‘Antropología metafísica’
(1970), págs 33.36: “Ni en latín ni en griego existía una palabra que diese a
entender su significado; usaban vocablos con sentido próximo: los griegos poiên, ktísis, ktísma, ktízen traducidos como producir,
criatura, fundar… y los latinos facere,
creare, crescere, condere, producir, hacer, brotar”].
Juan Luis Ruiz de la Peña
Teología de la creación
(1988)
LA TEOLOGÍA FRENTE A LA CRISIS ECOLÓGICA
Juan Luis Ruiz de la Peña
Teología de la creación
(1988)
EL DESENCANTAMIENTO
CRISTIANO DEL MUNDO
“La civilización técnica ha nacido en
Occidente porque la fe cristiana desdiviniza el cosmos y el hombre le pierde el
sacro respeto para manipularlo y dominarlo”
El mundo es como criatura; no tiene en sí mismo su razón de
ser, no es una magnitud absoluta (…) implica una precariedad en el existir, una
relación de dependencia (…). Las consecuencias de esta afirmación de fe han
sido trascendentales. Así, es ya tópico el reconocimiento de un nexo entre la
fe en la creación y el nacimiento de la civilización científico-técnica. Esta
ha surgido no en el área geográfica de las grandes culturas ancestrales (India,
China…), como en principio sería de esperar, sino en el occidente evangelizado.
Es la fe en la creación la que, oponíendose a la divinización del cosmos
(propia de las religiones de la naturaleza y el panteísmo) y relativizándolo,
ha hecho que el hombre le perdiese al mundo el sacro respeto que le impedía
manipularlo y dominarlo. El hombre había vivido en un mundo encantado, había
soportado la atracción magnética de fuerzas cósmicas que, en su grandeza, se le
revelaban como teofanías y lo esclavizaban. La naturaleza había subyugado a la
persona. La doctrina de la creación quebranta este encantamiento malsano; el
mundo es mundano, no divino, y el hombre puede percirbirlo ya como manejable y
gobernable, no como intangible e inviolable.
DOS ANTIHUMANISMOS
“El
sobrehumanismo tecnocrático y el antihumanismo ecologista convergen en su
devaluación de lo humano; la fe cristiana opta por desmitificar tanto al hombre
como a la naturaleza”
Las dos alternativas contempladas (…) apuntan o bien a la
exaltación del hombre en la cúspide de lo real (sobrehumanismo eufórico de la
civilización tecnocrática) o a su submersión en la base biótica (antihumanismo
tácito de ciertos ecologismos). Pero los extremos se tocan: ambas posiciones
terminan convergiendo en la devaluación de lo humano. Lo que significa que con
el hombre se puede acabar tanto hipertrofiando la prerrogativa humana como
abdicando de ella (…). Ante este doble proceso de remitologización, la fe
cristiana opta por una comprensión desmitificada del hombre y de la naturaleza.
Para ello le basta con hacer entrar en juego a un tercer factor, el factor-Dios
(…): Dios quiere al hombre como fin, no como medio (…). Dios es el único fin
que no mediatiza, sino que finaliza, esto es, consuma, confiere finalidad y
sentido, plenifica.
Juan Luis Ruiz de la Peña
Teología de la creación
(1988)
30 diciembre 2011
'Un dios salvaje': esto no lo arregla ni Dios
por JOAN PAU INAREJOS
Nota: 8
Poca broma con la pirueta de Roman Polanski. Quien filmó las
raíces del mal diabólico (‘La semilla del diablo’) los horrores de la guerra (‘El
pianista’) o los cuartos más oscuros del poder (‘El escritor’) ahora se ha
pasado nada menos que a una comedia rodada a tiempo real en una única habitación. Y sale más
que vivo: resucitado.
Cuatro actores en estado de gracia divina –nunca mejor dicho-
llevan a la gran pantalla la adaptación magistral de la pieza teatral de
Yasmina Reza, en la que dos matrimonios se enzarzan tensamente tras una reyerta
de parque entre sus dos respectivos hijos pequeños. A la postre, los adultos se
revelerán los más inmaduros de la función y, para nuestra hilaridad, acabarán
sacando las vísceras (literalmente en algún caso).
1 Jodie Foster (Penelope)
ha matado definitivamente a aquella joven y acomplejada Clarice de ‘El silencio
de los corderos’ y confirma su espléndida madurez con el papel esta sobreactuada
mujer, obsesionada por los dientes rotos de su hijo, moralista y pagada de sí
misma hasta la náusea.
2 Kate Winslet (Nancy)
es quien sufre las náuseas más físicas, sacudiendo aún más la cómica refriega
de matrimonios indignados. Yo me culpo de haber desechado a la Rose de ‘Titanic’
en el contenedor de los materiales actorales irrecuperables. Afortunadamente,
la arruga es bella, también en las dotes interpretativas.
3 John C. Reilly
(Michael), a quien felizmente muchos hemos descubierto aquí, no parece un
actor, sino el verdadero marido ferretero, torpe y simplón a quien interpreta. Innumerables
hombres de la calle, de fuste noble y cerveza en mano, reciben merecido
homenaje.
4 Y qué decir de Cristoph
Waltz (Alan), el sagaz austríaco que ya nos cautivó en ‘Malditos bastardos’
en la piel de aquel nazi de lengua políglota y viperina. Esta vez pone su flema
al servicio de un abogado pegado al teléfono, alérgico a follones familiares
y propietario de una voz cavernosa que apenas consigue amansar a las fieras -más bien al contrario.
No hay claustrofobias que valgan: el pitote a cuatro
discurre eléctricamente y en sus escasos 80 minutos apenas nos da tiempo de recordar que estamos entre
cuatro paredes. Muy mala leche, muy mala bilis y muchos fluidos en general. No
se la pierdan.
EL UNIVERSO, AZAR O DISEÑO
Juan Luis Ruiz de la Peña
Teología de la creación (1988)
LÍMITES DE LA CIENCIA
“Habrá siempre una ‘terra incognita’
donde la ciencia no puede penetrar; decía Ortega que el conocimiento científico
es exacto, pero incompleto y penúltimo; Y la teología no debe replegarse, sino
confrontarse con él para enterarse de cómo están las cosas ahí fuera”
La refutación del dogmatismo
positivista, la postulación de una nueva alianza entre ciencia y filosofía, el
reconocimiento del carácter velado, enigmático, de la realidad y,
consiguientemente, de la pertinencia de lecturas no exclusivamente científicas
de la misma, despeja el camino para la convalidación del discurso religioso
como capaz de verdad e inteligibilidad (…). Hay todavía, y habrá siempre, una terra incognita en la que el discurso
científico no puede penetrar, porque su utillaje no está hecho para explorarla,
y de la que proceden los interrogantes que planean crónicamente sobre el hombre
(…). Decía Ortega que el conocimiento científico es exacto, pero incompleto y
penúltimo. La racionalidad más acrisolada no es la que se detiene en lo
penúltimo o escamotea lo último. La razón más racional, la única razonable,
será aquella que acepte el reto de las últimas preguntas y ensaye (eso sí, con
temor y temblor) respuestas esclarecedoras (…).
Las ciencias han de recibir de la
teología la incansable notificación de sus límites, que les impedirá incurrir
en el pecado de absolutizarse (es decir, de desnaturalizarse dogmatizándose). Y
la teología ha de confrontarse permanentemente con las ciencias, sobre todo con
la física y la biología, mas no ya para replegarse sobre sí en una apologética
crispada y, al fin de cuentas, estéril, sino para enterarse de cómo están las
cosas ahí fuera; o, como ha quedado dicho más arriba, para saber en qué mundo
vivimos.
EL UNIVERSO INFINITO
“El sentimiento del hombre se resiste
ante la hipótesis de que el universo no dure infinitamente; quien no creyera ya
en una vida eterna, tenía que creer en una duración infinita del mundo material”
Von Weizsäcker ha apuntado agudamente el trasfondo teológico
de la tesis que sostiene la infinitud del universo: “el sentimiento del hombre
moderno se resiste ante la hipótesis de que el universo no dure infinitamente.
¿Por qué? El sufrimiento del hombre ante la caducidad parece ser tan grande que
necesita creer en algo inmune a la aniquilación para poder vivir. Quien no
creyera ya en una vida eterna, tenía que creer en una duración infinita del
mundo material” (…).
RELOJES O NUBES
“¿Vivimos en un mundo de relojes
predecibles o en un mundo de nubes fluidas y cambiantes?”
En uno de sus trabajos más sugestivos [‘Conocimiento objetivo’],
Popper se pregunta cuál es la parábola más apropiada de nuestro mundo, si el
reloj o la nube. ¿Vivimos en un mundo de relojes (estructuras físicas
inflexibles que funcionan de modo tan inexorable como predecible), de suerte
que, conocida exhaustivamente la situación inicial (t=O), puede preverse con
exactitud matemática cualquier situación posterior (t=O+n)? ¿O más bien habitamos
un mundo de nubes (entidades fluidas, cambiantes, imprevisibles), dotado de una
inagotable reserva de sorpresas emocionantes?
¿EL FUTURO CERRADO?
“El determinismo supone que el tiempo
está cerrado, pero eso haría al futuro ‘redundante’, ‘superfluo’, ‘como el
pollo está contenido en el huevo’…. En realidad, el universo es más
shakesperiano que newtoniano”
El determinismo supone que ambos [pasado y futuro] tienen una
estructura simétrica: el pasado está cerrado y el futuro también, puesto que
está totalmente prefijado por aquél (…). En una conversación con Einstein, como
éste mostrase su simpatía por el determinismo, Popper le hizo ver que en esa
hipótesis el futuro sería “redundante”, “superfluo”, al estar tan fatalmente
precontenido en el pasado “como el pollo está contenido en el huevo” y el
tiempo sería una ilusión, lo que contradecía el realismo einsteiniano, opuesto
a todo idealismo o subjetivismo. Esta reflexión, recuerda Popper, hizo mella en
su interlocutor, que no se había dejado impresionar hasta entonces por otros razonamientos
antideterministas (…).
Einstein pasó de la negación de la libertad, consecuente de la
opción determinista, a su afirmación categórica. Las razones de este giro
copernicano no fueron científicas ni metafísicas, sino éticas: la tragedia del
holocausto judío en la Alemania nazi. A partir de aquí habría que mostrar que
el indeterminismo solo tampoco basta para fundar la libertad humana; que entre
el reino del azar –indeterminismo puro- y el de la necesidad –determinismo puro-
se alza el reino de la libertad, que incluye el postulado de la finalidad y que
aporta al universo abierto un novum inédito: el propósito, el designio
inteligente, la decisión elegida, no forzada (…). Este [el universo] se nos
aparece, por tanto, como una magnitud sin centro ni eje; el mundo es “policéntrico,
acéntrico, excéntrico, diseminado, disperso… Es más shakespeariano que
newtoniano” (E. Morin).
EL MILAGRO DE LA VIDA
“La probabilidad de que se produzca
una de las 200.000 proteínas es igual a la que tiene una persona de resolver a
ciegas el cubo de Rubik; pensar que la vida se ha levantado al azar es tan
irracional como esperar que un tifón recomponga un Boeing”
El cálculo matemático de índice de probabilidad que tiene la
vida, caso de deberse al puro azar, ha sido hecho por Hoyle con tanto ingenio
como eficacia: la probabilidad de que se produzca por casualidad ‘una sola’ de
las 200.000 proteínas que se dan cita en el cuerpo humano es igual a la que
tiene una persona de resolver a ciegas el cubo de Rubik; pensar que el edificio
de la vida se ha levantado al azar es tan irracional como esperar que un tifón
recomponga correctamente un Boeing 747 despiezado y convertido en chatarra.
[Hoyle, ‘El universo inteligente’].
AZAR O DISEÑO
“Darwin
oscilaba entre el azar y el diseño (‘estoy metido en un embrollo’); sin
embargo, no podría aventurarse que Dios sí juega a los dados, es decir, deja a
la materia desarrollar las diversas posibilidades?”
Como es sabido, el propio Darwin oscilaba perplejo entre la
hipótesis del azar y la del diseño: si ésta le parecía excesiva, aquélla la
reputaba insuficiente, agregando que atribuir las variaciones biológicas al
azar es un modo de admitir lagunas del saber científico. “Estoy metido, y lo
estaré siempre –confiesa Darwin- en un embrollo irremediable” (…).
Sin embargo, y operando con una hipótesis límite, ¿no podría
invertirse la famosa frase de Einstein y aventurar que, en este universo, Dios
sí ha querido jugar a los dados, es decir, dejar a la materia explorar las diversas
posibilidades y desarrollar una? Fenomenológicamente, el mundo sería el
resultado de procesos aleatorios; fenomenológicamente porque, en último
análisis, el curso y al desembocadura factuales de la cosmogénesis estarían
previstos y queridos por la inteligencia divina.
LA FÍSICA CUÁNTICA Y LA ESPIRITUALIDAD
“No
puede fijarse una partícula sin el observador; el hombre queda entronizado de
nuevo, de donde lo había desplazado Copérnico; se ha llegado a decir que los
componentes últimos de la realidad son entidades espirituales (Whitehead)”
La física cuántica ha establecido un apretado nexo entre lo
físico y lo psíquico al afirmar que no puede fijarse la posición de una
partícula sin la intervención del observador: el hombre queda así entronizado
de nuevo en el centro del universo, de donde lo había desplazado Copérnico (…)
No es extraño, pues, que en el límite se haya llegado a decir
que los componentes últimos de la realidad física son entidades espirituales
(Whitehead) (…). Es decir: lo más exquisitamente físico sería a la postre un
entramado de formas matemáticas puras. En resumen, los hallazgos de la física
cuántica están confiriendo a la materia un sesgo surrealista; la “materialidad”
de las cosas es soluble en ecuaciones hasta desembocar en la pura
inmaterialidad de un componente de cuadrivector en un espacio-tiempo curvo.
¿Cómo no recordar al respecto la célebre boutade de Russell?: “la materia, como
el gato de Chesire, se ha tornado cada vez más diáfana, hasta que no ha quedado
de ella más que la sonrisa provocada por el ridículo de ver a quienes aún
piensan que sigue ahí”.
Juan Luis Ruiz de la Peña
Teología de la creación (1988)
29 diciembre 2011
LIBROS LEÍDOS EN 2011
1. Woody Allen, de Florence Colombani
(Cahiers du Cinema) **
2. El perquè de tot plegat, de Quim Monzó ***
3. El Aleph, de Jorge Luis Borges (cuentos, Alianza ed.) ***
4. Ullals, de Salvador Macip i Sebastià Roig ***
5. Relecturas: Catolicismo y protestantismo (Aranguren) *****; Veo a Satán caer como el relámpago (Girard) *****; El Cantar de los Cantares o los aromas del amor (Mario Satz) *****, Antologia poètica (Joan Maragall, a càrrec de Josep Vallcorba) ***
6. Mitología del mundo, de Roy Willis (redactor general) ***
7. Diccionario de los sentimientos, de José Antonio Marina y Marisa López***
8. Espanya, capital París, de Germà Bel *
2. El perquè de tot plegat, de Quim Monzó ***
3. El Aleph, de Jorge Luis Borges (cuentos, Alianza ed.) ***
4. Ullals, de Salvador Macip i Sebastià Roig ***
5. Relecturas: Catolicismo y protestantismo (Aranguren) *****; Veo a Satán caer como el relámpago (Girard) *****; El Cantar de los Cantares o los aromas del amor (Mario Satz) *****, Antologia poètica (Joan Maragall, a càrrec de Josep Vallcorba) ***
6. Mitología del mundo, de Roy Willis (redactor general) ***
7. Diccionario de los sentimientos, de José Antonio Marina y Marisa López***
8. Espanya, capital París, de Germà Bel *
9. Occidente contra Occidente, de André Glucksmann **
13. Vampiros: de Drácula a Crepúsculo, de Simonetta Santamaria *
17. Arte y arquitectura en España 500-1250, de Joaquín Yarza
21. El intelectual melancólico, de Jordi Gracia *
22. El discurso del cómic, de Román Gubern y Luis Gasca **
23. Tesis sobre Rabindranath Tagore, de Agus Morales
24. Teología de la creación, de Juan Luis Ruiz de la Peña ****
20 diciembre 2011
‘El protegido’ (2000): la fantasía del hombre inquebrantable
INFORMACIÓN DE LA PELÍCULA EN FILMAFFINITY
por JOAN PAU INAREJOS
Nota: 8,5
Si dicen que el doblaje desnaturaliza las versiones
originales, no menos adulterantes resultan algunos títulos traducidos bajo el
reino de la arbitrariedad o los dudosos criterios promocionales. Porque, en
efecto, eso de ‘El protegido’, con su vaguedad semántica y seudomesiánica,
empalidece claramente y hasta se diría que disuade a las audiencias frente al
verdadero nombre de la obra que nos ocupa de M. Night Syamalan: ‘Unbreakable’, es decir, irrompible,
invulnerable, inquebrantable (¡cuánto y cuan conciso léxico castellano ha sucumbido
víctima del márketing!).
Cerrado este breve prolegómeno lingüístico, que tanto
regocijará a los guardianes de las esencias cervantinas, nos corresponde
desempolvar y aquilatar esta grandísima película estrenada hace ya más de una
década, eclipsada (injustamente) por su inmediata antecesora, ‘El sexto sentido’,
que consagró (justamente) al cineasta indoamericano y que aún sigue siendo,
junto a ‘El bosque’ y en menor medida ‘Señales’, su gran capital para pagar
pecados artísticos tan aberrantes como ‘La joven del agua’ o ‘El incidente’.
¿Qué pasaría si los héroes de cómic fueran dramáticamente
reales? Lanzada hacia esta osada premisa, la historia de ‘El protegido’ (vamos
a comprar de mala gana su denominación comercial), nos cuenta cómo un mediocre
guardia de seguridad llamado David (Bruce Willis), se salva milagrosamente de
un siniestro ferroviario, lo que le convierte en un héroe extraño a ojos de su
ex mujer (fantástica Robin Wright Penn) y de su admirado hijo pequeño.
Lejos de cualquier lectura complaciente o aventurera, esta
posibilidad del mito viviente, del
semidiós o Aquiles urbano del siglo XXI, aparece como un arduo descubrimiento existencial:
David se siente solo, le apesadumbra constatar que jamás ha estado enfermo ni
ha perecido en accidente alguno, y siente una imperiosa necesidad de respuestas
para su prodigioso historial de invulnerabilidad. Como dice Victor Frankl, no
se trata de preguntarnos qué queremos de la vida (esa apelación ciega a una
libertad sin contenidos), sino de preguntar a la vida qué quiere de nosotros, a qué estamos llamados, una emergencia
de la vocación que en el caso de los salvadores del mundo puede resultar un
doloroso yugo.
La respuesta al héroe atormentado llegará justamente de su
figura antagónica: un hombre sin familia, de raza negra, físicamente postrado y
habitante excéntrico del mundo de las viñetas. Elijah, el intrigante galerista
interpretado antológicamente por Samuel L. Jackson, protagonista de un
impresionante giro final que no desvelaremos, confirmará a David como Unbreakable y reconocerá en él la viva
encarnación del superhéroe anunciado en las sagradas escrituras del cómic norteamericano.
Un superhéroe silencioso, modesto, mundano, esforzado padre divorciado, sin
capa ni visión rayos X y apenas distinguido entre la multitud con su icónico chubasquero. Irrompible en medio de la precariedad. Una oscura fantasía quizá más
tentadora que nunca en este mundo que últimamente se empeña en parecer una empresa de
derribos.
17 diciembre 2011
Nada de pretensiones por aquí, nada de píxeles por allá: ‘El Ilusionista’
LA PELÍCULA EN LA MEJOR WEB DE
CINE: LABUTACA
por
JOAN PAU INAREJOS
Nota: 7
Atención, la animación tradicional no ha
muerto. Un telegrama desde la vieja Francia nos informa que el dibujo manual aún da
vigorosas señales de vida, a pesar de los denodados esfuerzos de tantas mafias
digitales que querían verlo enterrado antes de la próxima década. Y como quiera
que la noticia llega del corazón de esta Europa nostálgica y entristecida en su
monetaria crisis de identidad, el relato nos lleva unas cuantas décadas atrás: a
los prolegómenos de los años sesenta, cuando Microsoft, Apple y Pixar no
estaban ni se les esperaba.
Un viejo mago, rescatado de los cajones del
cómico Jacques Tati (retomando un guion que nunca llegó a realizar) es el
desacostumbrado antihéroe de esta historia sin apenas diálogos, dibujada con una
sensibilidad cautivadora. Seguiremos las andanzas del flemático ilusionista por
los escenarios europeos, para aquel entonces ya más pendientes del boom rockero que de los consabidos espectáculos con conejo y
chistera; ahí está el gag del mago esperando pacientemente su turno, mientras
unos sucedáneos de Los Beatles prorrogan una y otra vez su visceral actuación,
y él va sacando y sacando paquetes de cigarrillos. (Otro momento antológico: el
protagonista peleándose con un coche mientras trabaja en un aparcamiento para
sacar unas perrillas; pura poesía cómica).
El director y animador Sylvain Chomet
ignora olímpicamente cualquier atisbo de parodia, de trituradora pop, de
trampantojo romanticoide o de cualquiera de los vicios tan extendidos en la
animación contemporánea. En vez de eso, se toma su tiempo, un tiempo lento y
parsimonioso, elegante y seguro de sí mismo, bien anclado en la añeja comedia realista,
para filmar el encuentro del ilusionista con una humilde adolescente escocesa, trabajadora
de una muy viril taberna marinera, donde quedará prendada del mundo mágico de
ese visitante talludo y decidirá seguir sus pasos como si de un segundo padre
se tratase.
Puede que muchos bostecen a placer ante
este tiovivo silencioso de colores tamizados y gestos sutiles, donde apenas pasan cosas en el sentido más
electrizante y palomiteramente disfrutable del término, más allá del constante juego
al escondite entre la pupila encandilada y el mago empeñado en recuperar su
melancólica soledad por esos mundos ferroviarios y brumosos. Lo cierto es que ‘El
ilusionista’, con modestia franciscana, hace honor a su título y, por
un instante, consigue hacernos desaparecer del presente. Chas.
16 diciembre 2011
"La partícula de Déu juga a
fet i amagar amb els investigadors"
('REGIÓ 7', 14 DESEMBRE 2011)
LLEGIR MÉS TITULARS POÈTICS
07 diciembre 2011
La furia del crítico
IGNACIO ECHEVARRÍA
“¿A quién
interpela uno cuando se siente víctima de un adelantamiento peligroso o de un
frenazo imprevisto? ¿Al automóvil o a su conductor?”
Del mismo modo, quizá “un crítico es un tipo corriente
que, con un libro en las manos, se transmuta en celoso guardián” y “después de
maltratar un libro, podría mostrarse amable” con el autor: “en rigor, no es
nada personal”
(…) ¿A
quién interpela uno cuando se siente víctima de un adelantamiento peligroso o
de un frenazo imprevisto? ¿Al automóvil o a su conductor?
La respuesta queda lejos de ser sencilla. Resulta absurdo pretender que imprecamos a una máquina. Pero, en rigor, tampoco insultamos a una persona física, real, sino más bien a un ente mixto, que existe únicamente en cuanto la persona ejerce como conductor y se halla dentro de su auto.
Recuerdo ahora un viejo corto de animación de la factoría Disney. Lo protagoniza Goofy. El corto se titula Motor Mania, y es del año 1950. Se puede encontrar fácilmente en YouTube, véanlo, es gracioso. Goofy es allí un escrupuloso y pacífico ciudadano incapaz de pisar una hormiga. Una vez sentado a su auto, sin embargo, sufre una transformación como la del Dr. Jekyll en Mr. Hyde y se convierte en una especie de demonio, infinitamente susceptible y agresivo.
Pongamos que, en el peor de los casos, el crítico sea como Goofy. Un tipo corriente que, sin embargo, con un libro entre las manos, y puesto en situación de leerlo con vistas a pronunciarse públicamente sobre él, se transmuta en celoso guardián de su propia concepción de la buena literatura y exacerba su susceptibilidad hacia todo lo que la confirma o la contraría. Del mismo modo que, en esta tesitura, él deja de lado al ecuánime ciudadano que suele ser, los ataques que entonces prodiga no van dirigidos al -a su vez- pacífico ciudadano que se aloja en el libro en cuestión, no al menos en cuanto sujeto independiente, aislable del libro mismo. Después de maltratar por escrito su libro en las páginas de un diario, podría coincidir con él en un ascensor y mostrarse reverencioso y amable, sin ninguna hipocresía.
Y es que no se trata, en rigor, de nada personal.
Cómo explicarlo.
IGNACIO
ECHEVARRÍA SUPLEMENTO ‘EL
CULTURAL’ DE ‘EL MUNDO’, 2/12/2011
FOTO: GOOFY EN EL CORTO ’MOTOR MANIA’
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01 diciembre 2011
'Un método peligroso': la guerra fría del inconsciente
LA PELÍCULA EN LA MEJOR WEB DE
CINE: LABUTACA
por
JOAN PAU INAREJOS
Nota: 6,5
Sigmund Freud está en el olimpo del siglo XX. Para bien o para mal, el
padre del psicoanálisis tiene la categoría de icono pop, y su efigie barbuda,
puro en mano, compite con el Che Guevara o con la mismísima Marilyn Monroe
(cuyas faldas aireadas quizá hubieran enriquecido las tesis sobre la libido).
Leído o sabido, conocido o malconocido, tanto o más adulterado que los arriba
citados, Freud no necesita presentaciones. Por eso uno de los méritos de la
fría película de David Cronenberg y por ende de la obra teatral que le precede,
es reivindicar en la gran pantalla a su alumno más brillante, el que osaría
romper las tablas para emprender su propio camino: Carl Gustav Jung.
Fenomenalmente interpretado por Michael Fassbender, Jung aparece como la
quintaesencia del intelectual inquieto y maravillado: frente al cinismo
petulante de su maestro austriaco, convencido del origen sexual de todos los
trastornos humanos (no menos magnífico Viggo Mortensen), el pupilo suizo siente
el empeño juvenil ya no de diagnosticar, sino de convertir a los pacientes en
aquellas personas que realmente desean ser, lo que le valió y
le sigue valiendo acusaciones de chamán y santón. El inconsciente no es para
Jung el cuarto oscuro de los traumas sino nada menos que “la simiente de la
personalidad” (Ira Progoff);
no un vertedero sino un mundo en potencia.
Agarrando por los cuernos el meollo teórico aunque sin terminar de atar los
cabos, ‘Un método peligroso’ se centra en el careo teatral entre los dos
genios, que llenan el metraje de una densa verborrea, alguien dirá que poco
cinematográfica, si bien Cronenberg esculpe momentos de alta maestría escénica;
ahí está el experimento al que Jung somete a su esposa, donde la asociación
automática de palabras revela un matrimonio herido y disfuncional.
Y, en medio del fuego cruzado, Kira Knightley encarna con una entrega
admirable a la joven neurótica y sadomasoquista que sacudirá definitivamente
sus seguridades familiares e intelectuales. Una amante perturbadora, de cuño
quizá demasiado tópico, pero que bien podría personificar el ánima teorizada
por el suizo, es decir, “lo vivo en el hombre", aquello que "convence
de cosas increíbles para que la vida sea vivida” y que pone trampas constantes
para que el hombre no se despegue de la tierra y se arañe hasta sangrar si es
preciso. Habla Jung: “Si no fuera por la vivacidad y la irisación del alma, el hombre se
habría detenido dominado por su mayor pasión: la inercia”.
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