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02 noviembre 2015

Divina ficción


Escena de la Creación, de Michelangelo (1508-1512)
Un cristiano, un sabio portugués, disertando sobre la narrativa y la necesidad de la ficción. Enamorados de la palabra, creyentes o no, leedlo.

Gabriel Magalhâes
‘Los caminos de la literatura hacia Dios. Sobre el valor de la ficción narrativa y del artificio retórico para la fe cristiana’. Lección inaugural del curso 2015-2016 del Iscreb, Institut Superior de Ciències Religioses de Barcelona. 28/10/2015

mentiras para decir la verdad
las ficciones tienen también una cuarta y curiosa finalidad: sirven para decir la verdad en un mundo que nos impone sus mentiras. Cada época existe bajo el peso, bajo las sombras de las falsedades que toca respetar en ese tiempo (…). Lo mismo pasa con el Quijote: en una sociedad de heroísmos oficiales, la novela de Cervantes nos permite reírnos un poco de esa heroicidad (…). La ficción es la verdad que se puede decir, declarándola de entrada como mentira, de manera que sea tolerable para los poderes fácticos de las grandes burlas sociales. Podríamos decir que los novelistas son un poco como los juglares, a los que se permiten cosas intolerables cuando son perpetradas por otras personas. En la ficción se incuba, en un sistema social, el proceso de llegada a la conciencia de la verdad.

“mentiras viajando rumbo a la verdad”
Nos falta, todavía, una función más (…); las historias (…) son algo más que mentiras viajando rumbo a la verdad; porque, en efecto, los textos narrativos también constituyen una de las mejores maneras de introducir el debate.

“oficiosa falsedad” vs “verdad oficial”
El modo como el autor de las ‘Novelas ejemplares’ [Cervantes] se permite dudar de la realidad del sueño heroico constituye algo que sólo se puede hacer porque se realiza en las páginas de una obra de ficción. De nuevo comprobamos que lo narrativo, con su oficiosa falsedad, nos permite cuestionar las verdades oficiales. Y de este modo llegar a una visión más verídica de las cosas.

la narrativa nos despierta de la hipnosis
leer o escuchar un relato siempre implica pensar, también, un poco, en nuestro propio recorrido. De esta forma, a través de una narrativa, despertamos de la hipnosis, del sonambulismo de los quehaceres cotidianos. Y así tenemos de nuevo, delante de nosotros, el horizonte de ser personas. Este estado de enajenación se describe muy bien, en los Evangelios, en la historia del hijo perdido (…) su vida se transforma en un delirio de instantes, en un centelleo de placeres, en una borachera de goces caóticos. Nos dice Lucas que “desperdició sus bienes viviendo perdidamente”. El adverbio “perdidamente” es aquí esencial: este muchacho ya no sabe hacia dónde va.

la ficción como ensayo de la vida
Las parábolas pretenden, precisamente, que nos acordemos de que somos humanos (…) también para entrever, para columbrar el sentido del mundo (…). Los niños, por ejemplo, aprenden la textura de la realidad ensayando el teatro de la vida con los cuentos que se cuentan a sí mismos.

en defensa de la retórica
Un lenguaje sin retórica funciona sencillamente como un conjunto de etiquetas, de códigos de barras del mundo. Por consiguiente, el artificio verbal no es una cosa mala, una moneda falsa de los idiomas, sino todo lo contrario: una manera de que el lenguaje se pueda zambullir en el misterio del mundo. Estamos, pues, equivocados cuando censuramos la palabra en estado de figura: negar esta posibilidad de los vocablos equivale a cortarles a las palabras sus posibles vuelos (…). Le faltaría a cada vocablo el cielo que nace de su uso creativo, lírico (…). Por consiguiente, la retórica no es un lujo, del cual debamos prescindir, sino todo lo contrario: la llave que abre las habitaciones más misteriosas de la casa de nuestro espíritu (…). No se nos ocurriría quitarle brillo a las estrellas, considerándolo un lujo: no cercenemos, pues, el centelleo de las voces. Hagamos lo contrario: aprovechemos ese relumbrón para aclarar nuestra vida, nuestra alma.

la delicadeza de las parábolas
(…) ocurre con la espantosa parábola de los ladrones homicidas: de nuevo en clave de fantasía, Jesús escanea la mente de sus enemigos, diciendo, fantásticamente, lo que en ella existe realmente. No es que Jesús actuara así por miedo: sencillamente a veces hay cosas tan insoportables que sólo de esa manera ficcional se pueden decir (…). Servirse de lo posible en vez de machacar con lo rea, revela una vez más la infinita delicadeza del Salvador.

el génesis y dulcinea
los cristianos a veces nos empeñamos en afirmar que todo es, literalmente, cierto. Cuando, al contrario, debemos considerar que, si el Salvador se sirvió de la ficción en su trabajo de evangelización, resulta natural que en el corpus veterotestamentario nos encontremos con secciones que sean también de tipo ficcional (…). Inútil, pues, discutir si Dios efectivamente creó el mundo en siete días. es tan baladí como discutir si Dulcinea era o no natural del Toboso.. El Génesis, en mi modesta opinión, funciona como una ficción inspirada, en la cual, a través del velo de la imaginación, nos surge el resplandor de la verdad.

la ficción es “otra mejilla” del rostro de la verdad
Dejo a los especialistas la determinación de qué apartados bíblicos deben ser leídos en clave ficcional. Vuelvo a recordarles que es sencillamente otra mejilla del rostro de la verdad (…). No debemos tenerle miedo a la ficción como parte de la verdad, porque el mismo Jesús (…) tampoco lo tuvo.

Jesús el Narrador
(…) La Encarnación (…) no puede ser vista nada más como un fenómeno físico (…). Jesús encarna también en el útero más vasto de todo lo humano (…). Encarna, pues, también en el lenguaje, y en sus diversos usos, entre ellos uno capital: el de contar historias (…). Su bajada del cielo no se reduce a un hecho orgánico, biológico, también conlleva la adopción de una serie de comportamientos antropológicos típicamente humanos.

la concisión de Dios
(…) no obstante, debo afirmar que, en las parábolas de Jesús, existe un sello divino, que las demás historias creadas por los hombres no tienen, y que consiste en lo siguiente: sus parábolas no tienen el más mínimo miligramo de intencionalidad literaria, centrándose sólo en el viaje a la verdad que representan. Son, pues, piezas de una pureza, de una sobriedad casi absolutas (…) el arte de Dios es así: absolutamente sin arte (…). El arte de los seres humanos, por muy bueno que sea, siempre resulta excesivamente artístico: en él se reflejan miedos que ya no debíamos tener y ambiciones que debiéramos haber desechado. La literatura se escribe aún de este lado de la vida, con todo lo que tiene de sombra de una luz que todavía no conocemos plenamente (…). A los cuadros de un amanecer siempre les falta ese exceso de estilo que flota en los ambiciosos pinceles humanos. Por ello, una madrugada siempre es tan sin pretensiones, y tan hermosa (…) sus historias [del Salvador] parten hacia la verdad con una capacidad de propulsión, una naturalidad de estrellas fugaces, que no poseen los pretensiosos cohetes de nuestras novelas.

el clasicismo, un cristianismo imperfecto
(…) El lenguaje de Cristo recuerda la simplicidad de un amanecer (…), esa limpidez que el llamado arte clásico ha buscado incesantemente, sin lograr jamás la pureza del pincel, de pluma divina. Porque el clasicismo suele derivar hacia un formalismo que está a una gran distancia de las palabras de nuestro Salvador.

la paradoja, expresión literaria del amor
Són abundantes [en Jesús] planteamientos paradójicos (…). Casi me atrevería a decir que la paradoja es lo que resulta del pensamiento tocado, alumbrado por el resplandor de amar. El lenguaje deja de ser una regla de medir el mundo, transformándose en la fusión apasionada de cosas que, en un principio, eran irreconciliables (…). La escritora de Ávila nos demuestra que la paradoja no es un capricho retórico de la santidad, sino, al contrario, la única manera de decir lo indecible (…): “Siempre querría el alma –como he dicho– estar muriendo de este mal”.

la metáfora, un tropo maleducado
sabiendo nosotros que una metáfora es una comparación que se comporta mal, porque se le olvida ese gesto de buena educación que es la partícula ‘como’.

“expoliados del dulce misterio de sí mismos”
Si el lenguaje, con todo su vuelo retórico, no existiera (…) correríamos el riesgo de creernas “huecas en lo interior” [Santa Teresa de Ávila]. Hoy en día, ¿cuántas personas hay (…) que están siendo ahuecados por la sociedad de la imagen, expoliados del dulce misterio de sí mismos? Muchos, como sabemos: las antiguas represiones se ejercen ahora de nuevos modos, pero con una misma intensidad antigua.

el divorcio literatura-espíritu
Se trata de organizar un gran festín que nos consuela del descubrimiento de que no hemos sido invitados al banquete de eternidad. Algo así como la parábola de la fiesta de bodas del Evangelio, pero sin boda: una fiesta que sea sólo eso, fiesta, tristeza disfrazada de alegría hipnótica (…). Ya no nos interesa hacia dónde viaja el tren de las palabras, sino sencillamente cuántas personas se han montado en los coches. El resultado es este gran alud de vacíos que nos contempla desde los escaparates de las librerías. Viajes sin viaje, podríamos decir. Palabras sin Palabra. En el fondo, alucinaciones, sin visión, sin contemplación. El propio autor se ha transformado en una imagen entre imágenes: un espejismo más.

pessoa y el poeta fingidor
De Pessoa me permitiría citar un texto (…) que plantea todo esto con meridiana claridad (…):

Autopsicografía
El poeta es un fingidor.
Finge tan completamente
que llega a fingir que es dolor
el dolor que de veras siente.

Y los que leen lo que escribe,
en el dolor leído sienten bien,
no los dos que él tuvo
mas sólo el que ellos no tienen.

(…) o sea, que a través del poema quien lee descubre en sí mismo, como personal, un sentimiento que antes no había tenido. Que, en el fondo, no es suyo (…). Se ha llegado aquí a través de dos fases: en la primera de ellas, la ausencia de lo divino era otra manera de recordar a esa divinidad. Lo dijo Pessoa de un modo expresivo: “no haber dios es un Dios también”.

el cristianismo y la “sublime moción de censura a la realidad”
Lo que pasaba en Roma, en el circo romano, hoy pasa en Siria, en Pakistán, en Nigeria (…). No es una visión pesimista, al contrario (…). Cuando uno escribe que perpetuamente ha habido y habrá mártires, que la creencia que profesamos funcionará en todas las épocas como una crítica y una crisis, parece que le ha tocado ser el aguafiestas de la fe. Porque, exactamente como Pedro y los apóstoles, lo que en el fondo nos gustaría tiene mucho que ver con una nueva sociedad aquí y ahora, donde triunfe el bien y la justicia. Esa restauración de Israel (…). De hecho, el bien y la justicia tienen que ir triunfando pero, aquí y ahora, nunca triunfarán completamente. Esa es la imperfección vital del cristianismo y, al mismo tiempo, su infinita lucidez: una lucidez que se puede comprobar oteando los panoramas de la historia. Porque el reino de Dios se asemeja a una sublime moción de censura a la realidad que sólo triunfará del otro lado de esta vida: en la vida plena de la eternidad.


* El título de la entrada y los títulos que encabezan los fragmentos son del autor del blog


14 mayo 2014

Resurrección discreta

'Cristo y María Magdalena', de Rembrandt (1638)
Gabriel Maghalhâes
La Vanguardia, 12/5/2014


La resurrección fue el gesto más humilde de Jesús: incluso más que su nacimiento. Como buen menestral que era, después de haber descansado tres días (la labor de la semana anterior había sido dura), se levantó y siguió con su artesanía de eternidades. Sin que nadie lo viera, porque así se levantan los obreros de este mundo.

13 marzo 2014

Enseñar, aprender

“Enseñar es una excelente manera de seguir aprendiendo porque a veces lo que se transmite es algo que nosotros mismos todavía no sabíamos: la presencia de los alumnos, el diálogo con ellos, descongela el conocimiento y el agua que termina brotando en el aula ya no es el hielo que había al principio”.

Gabriel Maghalhâes
La Vanguardia, 12/3/2014


14 abril 2013

La bomba portuguesa


 GABRIEL MAGALHÃES, la vanguardia, 14/04/2013
Había portugueses que creían, al entrar en la antigua CEE, haberse casado con una heredera rica y ahora descubren que es una esposa que quiere saber cómo gastamos cada cuarto


Hace algunos días se encontró en el metro de Berlín una bomba de la Segunda Guerra Mundial. Estaba a un kilómetro de la cancillería de Merkel y del Bundestag. Han pasado casi 68 años desde el final del más terrible conflicto bélico y el artilugio allí seguía, al acecho, en el centro mismo de la capital de Alemania. Esta bomba sabe a símbolo, a metáfora de las cargas explosivas de todo tipo que pueden hacer explosión en nuestro continente en los próximos tiempos. Portugal es una de esas bombas de relojería cuyo tic-tac ya se oye.

Los portugueses formamos un país con curia. Con mucha curia. Se trata de una élite que flota sobre Lisboa. Un mundo cerrado en el que no se penetra con facilidad y que tiene un poder cosmológico sobre la vida nacional. En siglos pasados, llevaba títulos aristocráticos. Hoy en día, consiste en una red de altos funcionarios, políticos -que, en su mayoría, han sido o serán altos funcionarios- y hombres de negocios. Esa curia se ha pronunciado: empieza a considerar la posibilidad de mandar a Europa a paseo.

El modo que la curia portuguesa tuvo de exhibir su poder fue el Tribunal Constitucional. Gente de toga, con un aspecto que oscila entre el inquisidor y el senador romano. Los jueces dictaminaron que la austeridad era inconstitucional en lo que respecta al sacrificio específico que se pedía a los funcionarios. Varios profesores de Derecho han demostrado que otra decisión habría sido posible. El veredicto debe entenderse no sólo como un hecho jurídico, sino como una señal de la sociedad portuguesa.

En efecto, hace meses que las élites lusitanas están muy nerviosas. El gobierno de Passos Coelho funciona como un implacable comité que aplica a rajatabla las directivas de Europa, sin atender a los susurros de pasillo de palacio que, en Portugal, son toda una música de sutil solfeo. El país vive controlado desde fuera. La élite no puede aceptar esto. Y se apoya en el malestar de las clases medias, desorientadas por las dificultades y por el fin de una prosperidad que era la única ideología que les quedaba.

Passos es un político valiente, que ha formado un gobierno de gente esforzada. Pero, para Portugal, tiene dos defectos. Primero: es un neoliberal que cree firmemente en el baile de los mercados. A los portugueses les hubiera gustado que la austeridad se aplicara con una lágrima de piedad en el poso de la mirada. Passos lo ha hecho con las pupilas endurecidas por la convicción contable. Segundo defecto: hay en él un exceso de empuje que tiene tendencia a extremar las cosas. No es que no busque acuerdos: sabe que son importantes. Pero termina imponiéndose la dinamita de su firme determinación. Ahora no hay centro en la vida política portuguesa. La responsabilidad no es sólo de Passos, por supuesto, pero lo cierto es que se ha perdido el consenso sobre el rescate que existía entre los dos mayores partidos: el PSD, que es en esencia una CiU lusitana, y el Partido Socialista. El ambiente es de tensión y griterío: son pocas las voces serenas. Hay un refrán portugués que lo explica todo: en una casa en la que no hay pan, todo el mundo protesta y nadie lleva razón. 

La oposición está comandada por el socialista António José Seguro. Su propuesta consiste en sentarse con los técnicos de la troika a jugar al póquer, exigiendo nuevas condiciones. Está convencido de que le saldrán mejores cartas que a los griegos. Desde la izquierda, llegan afirmaciones del mundo de los inversores: Sócrates, el antiguo primer ministro, dijo que querer pagar ahora la deuda es una idea de niños. Y Mário Soares ha escrito: "Cuando no hay dinero no se paga. Nos han engañado como a los países de América Latina".

En la frase del patriarca hay algo que quizá sus 88 años dijeron sin querer: el modelo empieza a no ser Europa. La salida del euro ya no es una pura ficción. Aunque el coste puede ser enorme, se trata de una fuerte tentación para una élite que siempre ha controlado el país y que, fuera de la moneda europea, volvería a tener las riendas en sus manos. Recordemos que una parte considerable de la sociedad portuguesa vive ya en escenarios no europeos. Empresas que han ubicado sus sedes en África. Otras que han acogido capital chino. Mucha gente que ha emigrado rumbo a lejanos continentes vuelve a recorrer los añejos portulanos del imperio portugués.

El ciudadano de a pie se encuentra, pues, entre la amarga propuesta de Passos (un empobrecimiento del país que, en el mejor de los casos, estabilizaría la situación con un mínimo crecimiento a medio plazo) y la arriesgada idea de Seguro, que puede conllevar, si las apuestas suben mucho en la mesa de póquer, la salida del euro. ¿Qué va a pasar? Todos los días en la mesa de billar de la política portuguesa hay nuevas carambolas. Los telediarios funcionan como seriales, siempre con nuevos episodios espeluznantes, y las noticias se devoran las unas a las otras.

El ciudadano de a pie se siente agotado y sin norte. Intenta seguir con su trabajo, si lo tiene. Porque el drama del paro, que no para de crecer, está destrozando, de una forma cruelmente silenciosa, la vida de mucha gente. Una angustia muda recorre el país, condenado a elegir entre el dolor y el caos. Cavaco Silva, el presidente, debería ser el árbitro de todo esto. Pero se ha refugiado en el séptimo cielo de la más alta magistratura de la nación. Y los hilos que mueve no se entiende bien si son cuerdas para salvarnos o sogas que nos ahorcan. Mientras tanto, van renaciendo los fantasmas del desorden cívico de la Primera República (1910-1926). Efectivamente, el país está dividido: a una parte le gustaría asumir el sacrificio para conservar la estabilidad. Vivir un poco peor, pero ir viviendo. Otro gran sector desea un terremoto cívico y político. Y entre ambos, sin pronunciarse, circula el ciudadano que va a lo suyo.

Si nos olvidamos de los cortocircuitos de la política y de la pesadilla de los números, podremos ver la cuestión con alguna claridad. Los próximos meses Portugal empezará a decidir si es europeo o no. La Europa que nos espera ya no es la del dinero fácil sino un proyecto que exige sacrificios. Había portugueses que creían, al entrar en la antigua CEE, haberse casado con una heredera rica y ahora descubren que es una esposa que quiere saber cómo gastamos cada cuarto. No obstante, los ciudadanos siguen identificándose con una cierta imagen de Europa: cultura, elegancia, libertad, progreso, organización. El baile de Año Nuevo en Viena. Pero ya casi nadie habla de esta bella idea: sólo se oye el rumor seco de las cifras.

Ante este dilema, va ganando fuerza el escepticismo europeo. A su favor tiene una tradición de siglos en los que anduvimos por todo el mundo sin acordarnos de dónde estaba Berlín. Por ahora, la cuestión es el euro: cada vez son más las voces que defienden la salida de la moneda única. La decisión portuguesa sobre este tema es una de las muchas que se tomarán en Europa en los próximos años: decisiones de fondo, que serán cruciales para cada país. El continente se ha empobrecido. La Europa del Norte, con una cohesión social mayor, ha sabido reaccionar de forma rápida y consensual. En los países del sur, más laberínticos, las sociedades están resquebrajándose. No parecen capaces de llegar a los acuerdos necesarios para este tiempo de estrecheces. Por lo menos eso es lo que está pasando en el caso portugués. Se oye por todas partes un inquietante rumor de edificio que va a derrumbarse. En el metro de Europa, en la línea del sudoeste, justo en la última estación, la de Lisboa, hay una bomba que puede estallar.


Foto: Lisboa, agosto 2012 (Joan Pau Inarejos)

29 agosto 2012

Perfecto peninsular


Gabriel Magalhâes
“Perfecto no es un verdadero castellano, ni un verdadero mallorquín, ni un verdadero portugués, sino esa cosa maravillosamente falsa que es un europeo culto”

Entre España y Portugal existe una bendita tierra de nadie, en la que parece que no pasa nada y al mismo tiempo están ocurriendo muchas cosas. Vistas de lejos, las relaciones entre los dos países son un hecho sonámbulo: el mutuo ignorarse de dos pasajeros en el metro, dos tipos muy de perfil que no se conocen de ninguna parte (…). La obsesión por la identidad nacional suele borrar la memoria de la relación peninsular (…). Un país es un sistema de olvidos que pretende salvar, únicamente, su propio recuerdo. No obstante, yo no querría que se evaporara la huella de uno de los insignes personajes que han estudiado –y también animado- este diálogo peninsular: Perfecto Cuadrado, profesor de la Unversitat de les Illes Balears (…). Y los hombres bisagra hacen falta, en un tiempo en el que cada europeo siente la tentación de regresar a su caverna. Resulta algo extraño que se haya tumbado el muro de Berlín para reconstruir una muralla entre el norte y el sur: después de la cortina de acero, regresan los visillos pueblerinos de la mutua desconfianza. Perfecto no es un verdadero castellano, ni un verdadero mallorquín, ni un verdadero portugués, sino esa cosa maravillosamente falsa que es un europeo culto. Y el pegamento de Europa, en el futuro, tendrá que ser cultural.

‘La Vanguardia’, 29 agosto 2012 Artículo 'Perfecto peninsular'
Foto: UIB.es

14 julio 2012

Cambio de piel


Gabriel Magalhâes
“Los horizontes actuales ya no se pueden dominar desde el ventanuco de cada país. Y eso también vale para el balcón portugués y para la plaza mayor hispánica. Por supuesto, hay excepciones: los ingleses se han refugiado bajo las faldas de su reina, celebrándole una regata que es todo un regreso al líquido amniótico”

Las naciones que tenemos en el alma se mueven, como si las culturas patinaran en nuestro interior. Uno puede nacer en un pueblo de la castellana Zamora y acabar en Zumarraga, con chapela y un hijo más o menos abertzale. Las patrias son cuentos de hadas que contamos a nosotros mismos. Y a veces se cambia de libro a lo largo de la vida, como les ocurrió a esos emigrantes que se olvidaban de sus gnomos europeos para enamorarse de la Estatua de la Libertad, nuevo genio de la lámpara de sus biografías. Nada más fuerte, nada más frágil que un país.

Cuando Portugal surgió a lo largo del siglo XII (qué viejos somos ya), la inmensa mayoría de esos primeros lusitanos no sabían que eran portugueses. Se limitaban a obedecer al noble con quien mantenían lazos de vasallaje. Nuestro país nació, pues, como una conspiración de élites: la gente fue descubriendo que era portuguesa muy poco a poco. Y lo que iban sabiendo en realidad se iba inventando. Solo a lo largo del siglo XIV el sentimiento nacional cuajó en la mayoría de la población.

Algo de eso está ocurriendo en Europa. Estamos cambiando de cuento de hadas. A Rajoy ya no le sirve de mucho el Cid Campeador, y lo canjearía tal vez por un buen banquero nibelungo. Y lo mismo le pasa a Monti, que daría quizá a Garibaldi a cambio de unas cuentas cartesianas, que evitaran el derrumbe del Coliseo romano. En este inicio de siglo XXI, casi todos tenemos en nuestro viejo continente dos espíritus dentro de nuestra alma: uno, que es el de nuestro país, y otro que es el de Europa.

La noche del pasado 17 de junio, entre celebrar el paso de la selección portuguesa a cuartos de final de la Eurocopa o festejar el resultado de las elecciones helénicas, no dudé: mi alegría voló hacia Grecia y floté espiritualmente sobre el Partenón. Creo que el voto de ese país acurrucado en la austeridad germánica fue pragmático, cierto, pero con un punto de idealismo: el 30% del partido vencedor recuerda a los 300 de las Termópilas.

En Portugal, tenemos en este momento un buen gobierno. Passos Coelho, el primer ministro, es un tipo serio, quizá demasiado sincero: declaró que, para salir de la crisis, tendríamos que empobrecer. Una afirmación que quedará para la historia, porque enunció lo que todos en Europa callan. Personalmente, prefiero estos puñetazos verbales al carnaval veneciano del cinismo. Nuestro gabinete cuenta con buenos ministros, en particular con un magnífico titularde Hacienda, Vítor Gaspar.

Todos ellos suelen usar banderitas portuguesas en las solapas de las chaquetas. Pero les aseguro que, si hubiera una insignia de la Unión Europea que fuera una verdad del corazón, la pondrían en la otra solapa. En Europa, estamos cambiando de piel. Fuimos muchos los que, en las pasadas elecciones francesas, vimos el debate entre Hollande y Sarkozy como si fuese cosa nuestra. Pero, por supuesto, ninguno de los candidatos nos hizo caso y se dedicaron a discutir problemas de la aldea de Astérix. Cuando decían “la France”, la boca se les llenaba de dulces caramelos.

Es una pena que nadie dirija políticamente esta pulsión europea de la ciudadanía. Al contrario de lo que se suele decir, no se trata de que los países más pequeños deseemos que nos paguen el bienestar. Es otra cosa. En el fondo, estamos algo cansados del callejón sin salida de nuestras nacionalidades. Sabemos que los horizontes actuales ya no se pueden dominar desde el ventanuco de cada país. Y eso también vale para el balcón portugués y para la plaza mayor hispánica. Por supuesto, hay excepciones: los ingleses se han refugiado bajo las faldas de su reina, celebrándole una regata que es todo un regreso al líquido amniótico británico. No obstante, otros buscamos algo nuevo.

¿Cuánto tendremos que esperar para que surjan líderes con la valentía de salirse de sus casillas nacionales? Por ahora, la sonrisa de sacristán de Hollande no resulta muy inspiradora. Quizá la verdadera palanca sean los alemanes, cuando comprendan que no tendrán que construir Europa a golpe de talonario. Alemania es, en su versión más moderna, un país joven: creo que les falta descubrir que su destino histórico no era la guerra ni la unidad nacional, sino la genialidad de un pacto continental que está a su alcance. En Grecia, en Irlanda, en Portugal, en España se hacen sacrificios durísimos, y ello se basa en la fe en Europa.

Un gran dolor recorre el continente: la agonía de un parto nacional complicado, que se está haciendo con poca epidural. Es una pena que falten dirigentes para este nacimiento. Y faltan porque el discurso de Europa tiene que poseer un vuelo cultural y espiritual que vaya más allá de la Torre de Babel financiera del euro: el diccionario de ese viejo vocabulario del alma ya no lo dominan los actuales líderes del continente.

Gabriel Magalhâes
‘La Vanguardia’, 13 julio 2012