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02 abril 2016

Secuestradas

Joan Pau Inarejos
Mujer joven, habitación sellada, carcelero inquietante: es la tríada en la que parecen haberse puesto de acuerdo Dan Trachtenberg (‘Calle 10 Cloverfield’) y Lenny Abrahamson (‘La habitación’) en sus respectivas películas sobre encierros angustiantes. Desde que Rodrigo Cortés metió a Ryan Reynolds en una tumba durante noventa minutos ('Buried'), el cine parece estar redescubriendo el potencial de los espacios exiguos y las narraciones al límite. La claustrofobia está de moda.
A partir de ahí empiezan las diferencias. ‘La habitación’, laureada en los Oscar,  tiende al paquete de kleenex y al tono televisivo de sobremesa. La banda sonora se regodea a placer, hay uso y abuso de la voz en off. No es el esperado thriller inteligente y resolutivo, sino un dramón larguirucho con no pocos baches de credibilidad (el buen thriller siempre abrevia, el mal drama no se acaba nunca). Eso sí, el pequeño Jacob Tremblay hace una interpretación tan asombrosa y naturalista que acaba convirtiéndose, él solito, en el alma de la película. Con sus silencios y sus salidas de tono, con su completo ensimismamiento respecto a los adultos. Nuestro Mowgli de ojos tristes se come la cámara.
‘Calle 10 Cloverfield’, producida por J. J. Abrams y presunta continuación de ‘Monstruoso’ (‘Cloverfield’, 2008) apuesta en cambio por el tono apocalíptico y se ambienta en un búnker. Mientras que el celador de ‘La habitación’ es un personaje increíblemente anodino y prescindible, el de Cloverfield llena la pantalla en todos los sentidos. Un inmenso John Goodman, atormentado y filofascista granjero, deberá convencer a sus huéspedes de que les ha salvado la vida. ¿Héroe o monstruo? ¿Cautividad o Arca de Noé?
La claraboya en un caso, la rejilla de ventilación en el otro, son la única frontera visible con el mundo exterior: el horizonte de los encerrados. Por allí discurren las utopías de liberación y las fantasías con la luz (véase la hermosa danza, casi mística, del niño de ‘La habitación’ mientras su madre está acostada). La película de Abrahamson, actualizando la caverna de Platón, brinda una fábula interesante sobre los límites de la realidad conocida y el negacionismo pertinaz de los reclusos. El pequeño Jack rechaza con vehemencia y sollozos que exista un mundo exterior y considera el váter, la silla o la planta podrida como sus únicos y entrañables compañeros.
Poca broma con la experiencia poscarcelaria. Ahí es donde aparecen los monstruos. La celda deja de protegernos de la realidad y comprobamos con horror que enemigos y traumas siguen donde los habíamos dejado. En este momento decisivo, ‘Calle 10 Cloverfield’ opta por un audaz cambio de registro, y, más que concluir la película, se pertrecha de nuevas coordenadas para empezar otra, diametralmente opuesta y quizá menos perturbadora. John Goodman demuestra que el Otro puede ser más temible que el Alienígena. Jacob Tremblay demuestra que los niños pueden ser más heroicos que sus padres. Saber decir adiós es casi sobrehumano.

 CALLE 10 CLOVERFIELD  Nota: 8
 LA HABITACIÓN  Nota: 6,5

10 febrero 2016

‘Un día perfecto’: pozo, pelota, cuerda

por JOAN PAU INAREJOS
Nota: 7,5
Una idea, un nudo, una resolución. La virtud de la simplicidad. La infrecuente sensación de que las cosas encajan. El buen gusto de desmitificar en lugar de sentar cátedra. Fernando León de Aranoa no ha hecho la película sobre la guerra de los Balcanes. Ha hecho una película. No ha querido –por suerte– agotar el tema de los cooperantes internacionales; se ha fijado en unos pocos, por cierto escasamente idealizados. No ha querido abarcar, sino apretar.
Los elementos que intervienen en la trama de ‘Un día perfecto’ caben en medio folio, se pueden garabatear en una servilleta, y todos tienen su subtexto, su intrahistoria sutil. El mejor guion adaptado de los Goya habla de cosas graves a través de cosas aparentemente triviales: una vaca muerta en la carretera (la sofisticación de las minas antipersona), un pozo y un pedazo de cuerda (las necesidades prosaicas en las zonas de guerra), un balón robado (la fragilidad de la infancia). Sencillo y envolvente.
Sacando comedia del drama, amarrando la gran cuestión de la guerra en el muelle de lo cotidiano y lo local, el director de ‘Los lunes al sol’ ha logrado una película peculiar, dotada de un sentido del humor intransferible y poblada por un puñado de personajes hábilmente dibujados al carboncillo. Benicio del Toro está ahí para no confundir a los miembros de las ONG con superhéores –ni siquiera puede enfrentarse a un perro muy enfadado­–, sino personas de carne y hueso. Tim Robbins pone el sentido del humor marciano, Olga Kurylenko el carácter de armas tomar y Mélanie Thierry el candor de los principiantes.
La convivencia de los cooperantes, su particular road movie de la solidaridad, nos va dejando por el camino diálogos acerados y divertidos, con ese gran talento para el realismo que saca a relucir de vez en cuando el cine español. El acierto de ‘Un día perfecto’ es no tratar a los espectadores como usuarios atolondrados de videojuegos ni tampoco como esforzados intérpretes de ambigüedades semánticas, niveles de sentido y finales abiertos. Fernando León de Aranoa se centra en un único conflicto, aparentemente menor, lo mima y le da vueltas, y acaba resolviéndolo del modo menos esperado, evocando el poder del azar y la burlona superioridad de la naturaleza frente a cualquier empresa humana. Lo dice la voz áspera de Marlene Dietrich: ¿cuándo aprenderemos?

‘un día perfecto’, DE fernando león de aranoa
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06 febrero 2016

'The Revenant': el abrazo del oso

por JOAN PAU INAREJOS
Nota: 7,5
Por culpa de 'Titanic', durante años hemos imaginado a Leonardo DiCaprio sumergido en la frialdad del Atlántico, y se supone que a partir de ahora le recordaremos sepultado en la nieve, convulsivo y echando espumarajos por la boca. ‘El renacido’, de Alejandro González Iñárritu, llega con aires de grandeza. Todo en ella es extremo e intensísimo. Se nota que el mexicano tiene ganas de marcar época, con la ayuda de los astros de Hollywood y la prodigiosa fotografía de Emmanuel Lubezki (‘Gravity’, ‘Birdman’). Iñárritu, como presagia la fonética abrupta de su apellido, no quiere ser un autor más. Lo suyo es firmar con sangre.
La lucha a muerte de indios y pioneros americanos inspira uno de los prólogos más espectaculares jamás filmados en la gran pantalla. La disputa por la tierra, cruda y encarnizada, está rodada en plano secuencia con una precisión que recuerda al cine digital y con un hiperrealismo mutante en puntos de vista; de repente el cine se acerca al ordenador, es el ojo oscilante que todo lo ve. Vivimos la batalla desde dentro, a ras de tierra o a vuelo de flecha, con la subjetividad de la mirada y la velocidad del dron. Iñárritu hace que cobre vida la célebre observación de Stendhal cuando hablaba de una zanja insalvable entre la batalla de Waterloo y la batalla verdaderamente vivida, entre la guerra narrada en los libros de historia y la sensación caótica, jadeante y fragmentaria que se experimenta en su interior.
La audacia técnica de ‘The Revenant’ es indiscutible y con ella el director de ‘Birdman’ sube otro peldaño en su propósito de romper las reglas y cambiar el modo en que vemos la realidad en la pantalla. La odisea de supervivencia del explorador Hugh Glass rezuma radicalidad, no sólo en el montaje, también en la banda sonora -esa percusión destrozanervios- o en la dureza de los temas e imágenes que aborda. Devoraciones, homicidios, desollamientos, entierros en vida. Animal contra animal, hombre contra animal, caza del hombre por el hombre. Un mundo oscuro y hobbesiano que sólo pueden redimir los lazos de sangre. Una naturaleza cruel e indiferente, como la imaginaba Schopenhauer en sus fábulas zoológicas, y a la vez dotada de una belleza salvaje.
Iñárritu lo exagera todo hasta tal punto que a veces roza el efecto cómico, el humor negro o lo involuntariamente ridículo. A diferencia de 'Birdman', su paréntesis juguetón, aquí no hay ni un gramo de ironía donde agarrarse, la película se ofrece con todo su peso solemne y mineral: la tomas o la dejas. 'El renacido', siendo impresionante, quiere ser demasiado importante: documental hipersensorial, drama portentoso, relato con ínfulas metafísicas. Pega fuerte al principio, pero sus situaciones, motivos visuales y tipos de planos se repiten hasta la extenuación -cuando ves el contrapicado de los árboles por décima vez ya no sobrecoge tanto-. Incluso el esperado desenlace, ese fatídico ajuste de cuentas en la nieve, se desinfla inexplicablemente. Y lo peor: apenas queda poso emocional tras una historia que hace de la intensidad y la vehemencia su santo y seña. Hay tanta entraña que falta corazón. ¿Se trataba de eso?
‘the revenant’, de alejandro gonzález iñárritu
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28 enero 2016

'Joy': la heroína en albornoz

por JOAN PAU INAREJOS
Nota: 6
Antes de que pudiéramos comprar lo que necesitábamos con un solo clic, había gente que se empeñaba en vendernos lo que no necesitábamos a base de impactos catódicos y sonrisas impostadas. Se llamaba teletienda. Y por lo visto tenía sus estrellas. Gente que te colaba como nadie las virtudes de la fregona suberabsorbente, del cinturón antimichelines o de la multi-maxi-tostadora-freidora-taladradora. Era el siglo XX. El capitalismo no ha terminado (todavía) con esta forma cansina y aborrecible de comercio, pero le ha dedicado una película, así que, como mínimo, empieza a ser vintage.
La teletienda, los culebrones y las líneas de contactos de los años 80 y 90 ponen el telón de fondo a esta peculiar comedia biográfica, cuyo título, cartel y reparto nos ha hecho salivar durante meses. El tridente Jennifer Lawrence-Bradley Cooper-Robert de Niro fue tan arrollador en ‘El lado bueno de las cosas’ (‘Silver linings playbook’) que su reencuentro auguraba grandes alegrías. David O. Russell se ha fijado en un material singular, desde luego -la historia real de la inventora Joy Manglano-, pero el resultado no está a la altura de aquel estrambótico y encantador romance protagonizado por desequilibrados mentales. Es como cuando te llega el cinturón antimichelines a casa y te das cuenta que no es lo que parecía. A grandes expectativas, grandes decepciones.
‘Joy’ tiene un arranque prometedor. Russell nos sitúa en un hogar de seres disfuncionales que se reparten sus miserias por metros cuadrados. La llegada del padre cascarrabias (Robert de Niro) complica todavía más la cohabitación en este micromundo proletario, gritón y conflictivo, donde la abuela (Diane Ladd) quizá es la única que pone un poco de sensatez. Joy (Jennifer Lawrence) deberá apañárselas para llevar adelante la familia y ejercer simultáneamente de psicóloga, gestora doméstica, empresaria y madre coraje. Todo ello con el recelo indisimulado de un padre impresentable, una hermana arrogante y una madrastra despótica (Isabella Rossellini). Algo así como la Cencienta en una barriada de Long Island.
En vez de sostener en el tiempo este inspirado caos doméstico, como hizo en la subestimada ‘Silver linings playbook’, Russell abandona rápidamente la comedia de enredos y pone el acelerador de su fábula sobre el sueño americano. Los vicios del biopic ensalzador no tardan en aflorar. Mujer con un anhelo, mujer que supera los obstáculos, mujer que se enfrenta a hombres soberbios y bribones. Aquellos personajes que componía Julia Roberts por la época de ‘Erin Brockovich’ y que Jennifer Lawrence puede recrear sin pestañear, con sus característicos modos de muchacha dura de pelar. Bravo por Jennifer, de nuevo la reina de la función, pero regular por la película, que nunca parece suficientemente divertida, dramática o inteligente, por querer ser demasiado divertida, dramática e inteligente. Definitivamente, la tostadora no era ninguna maravilla.

‘joy, DE david o. russell
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