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18 noviembre 2008

La letra y los vascos

MIGUEL DE UNAMUNO

"¿Por qué buscáis al viviente entre los cadáveres?. O sea: ¿Por qué buscáis la palabra entre los huesos?”

La letra es muerta; en la letra no se puede buscar la vida. Cuenta el Evangelio (según Lucas, XXIV) que cuando los discípulos del Maestro, despuñes de la muerte de éste, fueron el sábado a su sepulcro, encontraron la losa removida y no el cuerpo del Señor Jesús, y al asombrarse, se les presentaron dos hombres con vestido resplandeciente y les dijeron: "¿Por qué buscáis al viviente entre los cadáveres?". O sea: ¿Por qué buscáis la palabra entre los huesos? Los huesos no hablan (..).

"La lengua materna de Íñigo de Loyola, el eusquera, empezó a ser escrita merced al movimiento protestante”

Los protestantes, que establecieron el sacramento de la palabra -sacramento que mató a la eucaristía-, encadenaron a ésta a la letra. Y se pusieron a enseñar a los pueblos no tanto a oír cuanto a leer.

Y es curioso -sirva esto de diversión anecdótica- que la lengua materna de Íñigo de Loyola, el fundador de la Compañía de Jesús, que es la misma que la lengua materna del abate de Saint-Cyran, el de Port-Royal, y la misma de mis padres y abuelos todos, el eusquera vasco, empezó a ser escrita merced al movimiento protestante. La traducción del Nuevo Testamento al vasco, hecha por Juan de Liçacarrague, un hugonote vascofrancés, de Briscous -en vascuence, Berascoya-, fue uno de los primeros libros, acaso el segundo, escrito en vasco.

MIGUEL DE UNAMUNO, 'LA AGONÍA DEL CRISTIANISMO' (1924)


09 febrero 2008

El por qué de la España negra




JOSÉ LUIS LÓPEZ ARANGUREN

“La necesaria tarea de combatir la herejía creó en el español el nuevo estilo de vida, grave, severo, enlutado de vestido y de alma”



La religión acota un campo dentro de cuyos linderos los filósofos, los artistas y los científicos ojean, levantan y aprehenden cada cual su propia caza. Pero de este campo no pueden salir más que, si acaso, para entrar con gran dificultad en otro, deslindado igualmente por otra religión.

Precisamente porque esto es así, las alteraciones religiosas llegan a modificar el talante no ya sólo de los individuos, sino de pueblos enteros, como ocurrió, por ejemplo, en el siglo XVI europeo. Cualquiera que posea algún sentido histórico ha de percibir la grieta que separa al español Carlos V, empapado de esencias y primores renacentistas, de la gravedad bajo Felipe II; o la distancia espiritual entre el inglés de la ‘old merry England’, la vieja Inglaterra católica que lanza con Shakespeare, cuyo padre era todavía católico, su canto de cisne, y la tiesura británico-puritana que le sucedió (…).

La necesaria, la ineludible tarea de combatir la herejía creó en el español el nuevo estilo de vida, grave, severo, enlutado de vestido y de alma. Esa misma herejía convirtió, a quienes la abrazaron, en los angustiados luteranos alemanes, en los abrumados calvinistas suizos y hugonotes franceses, en los tétricos puritanos escoceses y aun ingleses, los ingleses de Cromwell.

JOSÉ LUIS LÓPEZ ARANGUREN, 'CATOLICISMO Y PROTESTANTISMO COMO FORMAS DE EXISTENCIA' (1952) / foto: 'San Francisco arrodillado' de ZURBARÁN (1635-39)

Voltaire el católico

“Voltaire es de esas familias de espíritus libertinos y burlones que tienen sus antepasados en la Edad Media católica”

Los escépticos, los licenciosos, los demoledores de creencias conservan, hasta en sus descarríos y en sus impiedades, señales de su origen y de su educación primera, el tono de la sociedad a la que pertenecen. Voltaire es, sin duda, un pésimo católico, y Rousseau es muy reprochable en su confesión de fe calvinista, aun cuando quiere comulgar de manos de su pastor; pero Rousseau ha conservado el sello ginebrino, calvinista, y Voltaire es de esas familias de espíritus libertinos y burlones que tienen sus antepasados en la Edad Media católica, contra quienes la Reforma se ha hecho y que se perpetúan en los países católicos, como el carnaval en la Venecia de los Duces, como los epigramas y las canciones bajo el régimen de las cartas selladas, justamente porque la oposición y la crítica serias son atadas allí más de corto, En este sentido es permitido relacionar las formas de religión y las formas de irreligión que las acompañan en realidad, y que derivan de aquéllas por una reacción inevitable.

COURNOT, ‘Consideraciones sobre la marcha de las ideas y de los acontecimientos en los tiempos modernos’, citado en JOSÉ LUIS LÓPEZ ARANGUREN, ‘Catolicismo y protestantismo como formas de existencia, (1952)

El alma griega del catolicismo

JOSÉ LUIS LÓPEZ ARANGUREN

“El catolicismo tendió a exaltar la ‘analogía’ entre el ser divino y el humano” frente a la “distancia infranqueable” protestante”

¿En qué se diferencian (…) los protestantes de los católicos por lo que se refiere a su talante religioso, a su sentimiento de Dios? (…)

Por una parte, ciertamente, la distancia del hombre a Dios es infinita. La criatura es polvo, miseria, nada. Y, sin embargo, esa miseria, esa nada es imagen de Dios. Acaso nadie ha vivido más plena y hondamente que San Juan de la Cruz esta síntesis de contrarios. Dios en inaccesible, pero alma puede acceder a Él. Sólo que este acceso sólo en una pequeña parte –vía activa- es obra del alma. La unión propiamente dicha –vía pasiva- la hace Dios. La afirmación de la mística es una de las notas esenciales del catolicismo, frente al protestantismo, de un lado, que abre un abismo infranqueable entre la criatura y el Creador, y el panteísmo, de otro, que no sabe distinguirlos. La relación católica del hombre con la Divinidad conjuga la idea de Dios como lo “totalmente otro” con la posibilidad de la deificación por la ‘unio mystica’ (…).

Y así, el cristianismo ha abrazado, en síntesis difícil y admirable, dos concepciones en puridad contrarias: la judía de la “distancia” infinita entre Dios y el hombre y la griega de la adoración al Hombre-Dios. Vistos a esta luz, cultos como los de los Héroes, semidioses y Césares, y sistemas filosófico-religiosos como el Euhemerismo y el Hermetismo, adquieren un sentido profundo. Por otra parte en Grecia se alcanzó también la noción de ‘soteriología’ perfeccionada luego por la cristiana ‘redención’. Los ‘Theoi Soteres’ toman gran importancia en la época helenística. En fin, el culto de los ‘genios’ y ‘demonios’, afín al de los ángeles, corrobora la comunicabilidad de cielos y tierra (…).

El catolicismo de la Contrarreforma –por influjo de la concepción humanista del Renacimiento y oposición al protestantismo- tendió a exaltar la ‘analogía’ entre el ser divino y el humano; el catolicismo actual –por la situación actual (“existencialista”) de crisis, menesterosidad y culpa por influencia del protestantismo- propende (…) a padecer el desgarrón de la heterogeneidad.

JOSÉ LUIS LÓPEZ ARANGUREN, 'CATOLICISMO Y PROTESTANTISMO COMO FORMAS DE EXISTENCIA' (1952)

25 febrero 2007

Los existencialistas, hijos de Lutero

JOSÉ LUIS LÓPEZ ARANGUREN, 'CATOLICISMO Y PROTESTANTISMO COMO FORMAS DE EXISTENCIA' (1952)


Durante los siglos XVII y XVIII, durante la época de la ‘seguridad’ y la ‘fe en la razón’, era imposible una actitud auténticamente luterana. Pero a finales del siglo XVIII empieza a perderse confianza en la razón, empieza a no satisfacer el esquema de la ‘machyna mundi’. Es la época del prerromanticismo, de Rousseau, del ‘Sturm und Drang’. Y pronto sobreviene la segunda gran ‘crisis europea’: la Revolución. Otra vez será posible el luteranismo.

“¿Cómo no relacionar la doctrina luterana de la pecaminosidad radical con la kantiana del mal radical?”

Kant fue acaso, pese a su lastre racionalista, el primer protestante genuino desde Lutero; el pensador cuyo designio central era, según su confesión, limitar el saber para dar lugar a la fe. Con razón es considerado como el filósofo protestante por antonomasia. Su “destrucción” de la metafísica aportó, ¡por fin!, un serio fundamento a la irracionalista concepción luterana, como la filosofía de la existencia será una secularización de la filosofía de Kierkegaard.

A la negación luterana de la ‘teología natural’ corresponde la negación kantiana de la metafísica. A la paradoja de “los mandamientos imposibles de guardar” corresponde la de un “imperativo moral”, que exige de los seres humanos, sometidos a la férrea ley de la causalidad natural, lo que éstos no pueden cumplir. Y así, como Lutero afirmaba, a la vez, el ‘servo arbitrio’ y la ‘libertad del cristiano’, Kant afirmará, simultáneamente, la causalidad natural y la libertad.

“A la salvación religiosa de Lutero por ‘la sola fe’ corresponde la salvación moral de Kant por ‘la buena voluntad’ sola”


La contradicción kantiana entre la ‘Crítica de la razón pura y la Crítica de la razón práctica’ es una racionalización de la antítesis luterana entre la ‘Kreuztheologie’ y la ‘Trosttheologie’. A la repulsa de la caridad (las “buenas obras”) corresponde la lucha de Kant, en nombre del “deber”, contra el valor de lo hecho “por inclinación”, “por amor”. ¿Y cómo no relacionar la doctrina luterana de la pecaminosidad radical con la kantiana del “mal radical”? En fin, a la salvación religiosa por ‘la sola fe’ corresponde la salvación moral por ‘la buena voluntad’ sola.

Observemos que después de Kant y de algunos contemporáneos suyos –Hamman y Jacobi sobre todo- no vuelve a haber verdadero luteranismo hasta Kierkegaard. Todo lo demás, llámese Schleiermacher, teología liberal o idealismo alemán, etc, en cuanto incurso en el racionalismo, sentimentalismo, misticismo o tiranismo, en definitiva, desconocimiento de la ‘distancia’ entre Dios y el hombre, es antiluterana.

“El sentimiento religioso de Kierkegaard es afín al de Lutero. Dios es el ‘totalmente Otro’”

Sören Kierkegaard ha sido el más grande teólogo luterano y el hombre de temple más luterano que ha existido nunca (…). Kierkegaard se encuentra también, como Lutero, con una ‘ruptura de la tradición’ inmediata –ateísmo de Feuerbach, que explica psicológicamente la génesis de la religión, y fracaso de la filosofía idealista- y con una ‘situación’ real de aburguesamiento religioso y de ‘crisis’ social que empieza a entreverse (…).

Kierkegaard está separado de Lutero por una cruel deficiencia de vitalidad. A éste le rebosaba el espíritu vital. Aquel tenía, ni más ni menos, que con la cuantía de vida necesaria para consumirse, como un cirio ardiente, al acabar de proferir la última palabra decisiva contra la cristiandad. Lutero tuvo fuerzas sobradas para arrastrar a una nación entera tras de sí. Kierkegaard, a duras penas logra la ‘decisión’ que tanto predicara y que tantos esfuerzos le costó. Pero la actitud revolucionaria les es común. Ambos rompen con la ‘religión tradicional’: Lutero, con el catolicismo; Kierkegaard, con el cristianismo oficial de su país.

El sentimiento religioso de Kierkegaard es afín al de Lutero. Dios es el “totalmente Otro”, el Supraser, separado del hombre por una ‘distancia’ infinita e infranqueable, el “enemigo mortal” del género humano.

La disposición de ánimo que requiere tal Dios es el “temor y temblor”, palabras paulinas con que Kierkegaard rotuló uno de sus libros más importantes; a la vista del servidor de Dios, del hombre religioso, del implacable sacrificador Abraham, nos sobrecoge un escalofrío de ‘horror religiosus’ (…).

“Los herejes protestantes tenían ante los ojos la odiada Escolástica. Kierkegaard piensa como ellos, pero su adversario es ahora la Dialéctica hegeliana”

La senda angosta de la elección divina, el camino de la fe, pasa ‘necesariamente’, según Kierkegaard, igual que según Lutero, por la angustia y la desesperación. También aquí, como en Pascal, la existencia es el frágil puente tendido entre la nada y Dios (…).

Kierkegaard opone al “pensamiento especulativo” el “pensamiento existencial”. El animal tiene “vida”. El hombre digno de este nombre ‘es’ “existencia”. “Existencia” es una peculiar actitud del hombre para consigo mismo que envuelve en sí las de ‘seriedad’, ‘elección’ o ‘decisión’, ‘repetición’, ‘preocupación’ y ‘sinceridad’.

El desprecio por la especulación, por la metafísica, es común a los reformadores. Lutero detestaba cordialmente a Aristóteles, no quería ni oír hablar de metafísica, y aun de la teología misma no le importaba más que lo pertinente a su salvación, la Soteriología. Y Melanchton llegó a afirmar, con criterio cerradamente utilitario, que ‘hoc est Christum cognoscere, beneficia ejes cognoscere’. Al escribir así, los dos herejes tenían ante los ojos la odiada Escolástica. Kierkegaard piensa como ellos, pero su adversario es ahora el idealismo especulativo, la Dialéctica hegeliana.

JOSÉ LUIS LÓPEZ ARANGUREN, 'CATOLICISMO Y PROTESTANTISMO COMO FORMAS DE EXISTENCIA' (1952)



15 febrero 2007

El Lutero español

JOSÉ LUIS LÓPEZ ARANGUREN, ‘CATOLICISMO Y PROTESTANTISMO COMO FORMAS DE EXISTENCIA’ (1952)

Según él [Miguel de Unamuno], el hombre español es un desesperado, “la desesperación es algo genuinamente español” (…). Unamuno cree estar caracterizando al hombre español, cuando en realidad está haciendo el retrato del luterano, visto a través de Kierkegaard. Y para que no falle ninguno de los ingredientes, en ‘La agonía del cristianismo’, esa obra tardía que tiene tras de si no sólo a aquél, sino también al ruso Chestov, ha llegado a hablar del ‘nadismo’ español, que llama así para diferenciarlo del ‘nihilismo’ ruso.

“El hombre español” es opuesto a “el ideal del hombre moderno” que es “el hombre libre de la suprema congoja, libre de la angustia eterna, libre de la mirada de la Esfinge, es decir, al hombre que no es hombre” (…).

“Hay un Cristo triunfante, pero en esta vida, que no es sino trágica tauromaquia, aquí el otro, el lívido, el acardenalado, el sanguinolento y exangüe”

Con la idea de la “desesperación española” se enlaza, muy naturalmente, la del “sentimiento trágico de la vida” del pueblo español. Unamuno encuentra un testimonio de este carácter trágico, agónico, nuestro, en las imágenes españolas de Cristo. “El Cristo español” no es sereno, es trágico, del mismo modo que las Dolorosas son “tétricas”. NI tampoco propiamente moribundo, sino “agonizante”, es decir “agónico”, tal “ese Cristo de Velázquez que está siempre muriéndose, sin acabar nunca de morirse”, y que sólo se comprende bien después de haber visto una corrida de toros, fiesta nacional española, fiesta de un pueblo que tiene por religión un “cristianismo tangerino”.

Pues es verdad que “hay un Cristo triunfante, celestial, glorioso; el de la Transfiguración, el de la Ascensión, el que está a la diestra del Padre, pero es para cuando hayamos triunfado, para cuando nos hayamos transfigurado, para cuando hayamos ascendido. Pero aquí, en esta vida que no es sino trágica tauromaquia, aquí el otro, el lívido, el acardenalado, el sanguinolento y exangüe”.

"Es en Unamuno donde hay un proyecto de genunina ‘Reforma castiza’ ”

No puede negarse originalidad y fuerza sugestiva al ensayo unamuniano de protestantización de España, ni lo espléndido (…) de este “luteranismo españolizado”. Aquí, y no en los desmedrados intentos de la madrileña calle de la Beneficiencia y sus similares, es donde hay un proyecto de genunina “Reforma castiza”, de aquella “Reforma española, indígena y propia”, que, según la arbitraria opinión de Unamuno, preludiaron nuestros místicos del siglo XVI y “que fue ahogada en germen luego por la Inquisición”.

Genuina, claro es, hasta cierto punto, pues en primer lugar se basa en una interpretación sumamente parcial de la realidad hispánica: Unamuno tiene ante sus ojos exclusivamente la “España barroca” de la Contrarreforma vista, además, como pudieron verla un Barrès, un Verhaeren, un Larreta o un Zuloaga (…).

“El vicio del catolicismo romano es haber querido casar el Evangelio y el Derecho romano ”

Más luterana es la crítica del “catolicismo romano”. Su vicio inicial era para él [Unamuno] el de haber “querido casar las dos cosas más incompatibles: el Evangelio y el Derecho romano”, engendrando “esa cosa horrenda que se llama Derecho canónico” (…).

Se objetará tal vez que Unamuno ha combatido el protestantismo con no menos dureza que el catolicismo. Pero aquí hay un malentendido (…). Siempre que Unamuno combate el protestantismo, lo que combate es el protestantismo “edulcorado”, moralizado y racionalizado, nunca el auténticamente luterano, calvinista, puritano o jansenista.

JOSÉ LUIS LÓPEZ ARANGUREN, ‘CATOLICISMO Y PROTESTANTISMO COMO FORMAS DE EXISTENCIA’ (1952)

Gran angustia: se acabó la Edad Media

JOSÉ LUIS LÓPEZ ARANGUREN, ‘CATOLICISMO Y PROTESTANTISMO COMO FORMAS DE EXISTENCIA’ (1952)

Durante la plenitud de la Edad Media, el hombre había afrontado con tranquila seguridad la existencia, apoyado en una fe inconmovible y bien arropado por la Iglesia universal e indiscutida. Dios era el ‘firmamentum’, como tantas veces le llaman los Salmos, el pilar, la fortaleza del cristiano; un Dios clemente, luminoso, explicado por la Iglesia (…).

“Alemania estaba psíquicamente estremecida y verdaderamente enferma de terror a las brujas”

Pero en las postrimerías de la Edad Media, tan sólida y armoniosa edificación amenaza desmoronarse. La cultura se artificializa y pierde contacto con la vida. “El mundo está cansado de las sofísticas sutilezas de la “Teología”, escribía en 1520 el dominico Padre Faber. Y los hombres comienzan a desesperar de todo. Paul Joachimsen ha afirmado que “el miedo al pecado” era “el sentimiento más extendido de toda la época”. El P. Grisar escribe que el “mal de la época” consistía en la duda y la melancolía depresiva. Según Joseph Lortz, Alemania estaba, en este tiempo, psíquicamente estremecida y verdaderamente enferma de terror a las brujas, de terror a la vida; el miedo atroz a la sífilis y al peligro de su contagio, que desde 1495 venía padeciendo Europa, acreció estos graves estremecimientos interiores y se produjo un difuso y general estado de angustia, el “terror germánico”.

Esta disposición anímica a la angustia, que “estaba” en la época, era congénita en Lutero, como lo demuestran sus infantiles terrores, las brujas y demonios que tempranamente poblaron su imaginación y el mismo acto de su profesión religiosa, legendariamente nacida del voto emitido a la vista del rayo en la amenazadora tempestad; pero ‘después’ fue atizada y fomentada por el occamismo [Guillermo de Occam, filósofo enfrentado a la Escolástica].

“Lutero temblaba desde niño al pensar en el Infierno o en Dios”

Efectivamente, si a la concepción occamista del Dios irracional, arbitrario y tremendo, responde Lutero con el terror, terror sacro, por ejemplo, del todavía fraile, ante la proximidad del Santísimo en una procesión, a la concepción también occamista, de la capacidad del hombre, por sí solo, para cumplir aquella arbitraria e imprevisible Voluntad, responderá –muy naturalmente en un hombre propenso a recaciones de tipo extremado- con la desesperación (…).

Lutero temblaba desde niño al pensar en el Infierno o en Dios. El miedo a condenarse le arrastró al claustro. Allí, falsamente guiado por la teología occamista, pretendió elevarse por sus propias fuerzas, por sus propias ‘obras’ –mortificaciones, ayunos, rezos, continencias- hasta la santidad. Naturalmente, fracasó. Y entonces desesperó. Ortega ha dicho alguna vez que el origen histórico del cristianismo fue la desesperación. Esta afirmación es enteramente cierta aplicada al cristianismo de Lutero.

JOSÉ LUIS LÓPEZ ARANGUREN, ‘CATOLICISMO Y PROTESTANTISMO COMO FORMAS DE EXISTENCIA’ (1952)

Mira cómo se divierten los impíos

JOSÉ LUIS LÓPEZ ARANGUREN, ‘CATOLICISMO Y PROTESTANTISMO COMO FORMAS DE EXISTENCIA’ (1952)

Pascal [Blaise Pascal, siglo XVII] es incapaz de sacudirse el peso de la culpa. Ni el arrepentimiento, ni la conversión, ni la penitencia misma pueden aliviar su inmensa pesadumbre, y por eso se indigna de que el alfligido por la desgracia se distraiga un momento jugando a la pelota, y de que haya gentes que esperen despreocupadamente la hora de la muerte.

“Les preguntó qué haría cada uno de ellos si se les anunciase la inminencia de la muerte”

Cuánto más católica aquella respuesta, atribuída a San Luis Gonzaga, cuando, justamente en ocasión de estar jugando a la pelota con sus jóvenes compañeros de religión, preguntara alguien qué haría cada uno de ellos si se les anunciase, de pronto, la inminencia de la muerte. Tal respondió que correría a la iglesia; otro, a pedir confesión; un tercero, que a postrarse de hinojos ante la imagen reverenciada, etc. San Luis Gonzaga dijo, sencillamente, que él proseguiría jugando a la pelota. Estupenda respuesta. Ni Pascal, ni mucho menos ningún jansenista o protestante, podrían comprender que el juego de la pelota, el ‘divertissement devant l’Arche’ de David y de Henri Brémond, sean, a su manera, fervorosa oración también.

JOSÉ LUIS LÓPEZ ARANGUREN, ‘CATOLICISMO Y PROTESTANTISMO COMO FORMAS DE EXISTENCIA’ (1952)

07 febrero 2007

El yugo protestante

JOSÉ LUIS LÓPEZ ARANGUREN, ‘CATOLICISMO Y PROTESTANTISMO COMO FORMAS DE EXISTENCIA’ (1952)

Que el protestante es un hombre ‘superstitiosus’, en el sentido profundo de la palabra, me parece evidente. Y no sólo por el “miedo a la religión”, tan a la vista en un Lutero, por ejemplo, sino en el ‘cuidado’ de Dios, por la preocupación religiosa que ha arrojado aquel primer reformador, y más todavía Calvino, sobre cada uno de los que le siguen, para que la lleven continuamente en su pecho. Este es también el sentido atrozmente gravoso que toma, dentro del protestantismo, la afirmación del ‘sacerdocio general’ de los fieles cristianos.

“En contraste con esta concepción, ¡qué ligera y casi alada nos parece la vida dentro del catolicismo!”

Cada hombre es su propio sacerdote. No puede acudir, como nosotros [católicos], cuando el peso del pecado nos doblega, a ningún ‘cura’, porque la ‘cura’, el cuidado de sí, sólo a él incumbe. Religión sin caridad, de hombres desolados, condenados a perpetuo aislamiento.

En contraste con esta concepción de la existencia religiosa como fardo que es menester transportar sobre los débiles hombros humanos, ¡qué ligera y casi alada nos parece la vida dentro del catolicismo! ¡Y cuán mitigada también la condición antigua! Es verdad que ni los griegos ni los romanos tenían que cuidar de su destino en el sentido que se les ha impuesto a los protestantes. Este les era inexorablemente trazado por los dioses o por aquellos hados –Moira, Ananke, Heimarmene- que aun sobre éstos últimos se alzaban, y les era revelado por oráculos o auspicios. La vida se convertía así en una trayectoria fatal, impuesta desde fuera, libre de ‘cuidado’, sí, pero sin más salida que la resignación o la desesperación (…).

“ ‘ Que dance la barquilla como pueda y como deba; en el más allá está firme el áncora’ ”

Los protestantes que llegan a conocer suficientemente un país católico advierten con sorpresa el amparo espiritual que procura esta religión. Así, Karl Vosser, en su biografía de Lope de Vega, aunque el empacho de moral que queda a los protestantes cuando ya casi han dejado de serlo, le condene a la deformación caricatural de los rasgos católicos (…):

“Lo monárquico, español, católico y nacional envuelve y protege de modo tan seguro, paciente, severo y bondadoso la vida sentimental e instintiva, agitada en exceso, del poeta, que la libera de una vez para siempre de las hondas crisis de conciencia, de la angustia psíquica, del temor de la muerte y de la propia responsabilidad; de manera que puede dejarse vivir alegremente, como si el reino de Dios fuese ya realidad en torno suyo. En un mundanal reino que, como la España de los Habsburgos, con tal poder y con tal éxito rechazó el asalto del individualismo religioso, podía, en efecto, prosperar muy bien la creencia de que, amparado en la verdad única, acolchado ya aquí abajo paradisíacamente, podía uno permitirse toda clase de desenvolturas, regocijos y barrabasadas”.

“Que dance la barquilla como pueda y como deba danzar: en el más allá está firme el áncora. Que la humana criatura, por el bien o por el mal, se descoyunte aquí abajo hasta perder el resuello, al cabo, por la soga de la muerte presa, es cosa venial y perdonable, en tanto se mantenga vinculada a la verdadera fe, aunque este vínculo sólo sea el rosario de una alcahueta”.

JOSÉ LUIS LÓPEZ ARANGUREN, ‘CATOLICISMO Y PROTESTANTISMO COMO FORMAS DE EXISTENCIA’ (1952)

30 septiembre 2006

Del asceta al capitalista

Para el protestante, "afianzarse en la profesión se considera como un deber para conseguir la seguridad de la propia salvación”

¿Y como estaré seguro de que lo soy? Tales cuestiones relegaban a segundo término toda preocupación terrena. Los elegidos no se distinguen aparentemente en nada, en esta vida, de los condenados, y en éstos son posibles incluso las mismas experiencias que en los elegidos, con la sola excepción de la confianza de la confianza creyente 'finaliter' perdurable. Los elegidos son, pues, como la Iglesia invisible de Dios.

Naturalmente no ocurre lo mismo con los epígonos y sobre todo con la extensa capa de los hombres vulgares. Para éstos, la cuestión de la 'certitudo salutis', la cognoscibilidad del estado de gracia, tenía que alcanzar una importancia primordial, y, en general, así ocurrió en cuantos lugares tuvo vigencia la doctrina de la predestinación, en los que atormentó de continuo la cuestión de si existen indicios seguros que permitan reconocer la pertenencia al grupo de los 'electi' (...).


La advertencia del Apóstol de "afianzarse" en la propia profesión se considera ahora como un deber para conseguir en la lucha diaria la seguridad objetiva de la propia salvación y justificación; en lugar del pecador humilde y abatido al que Lutero otorga la gracia si confía arrepentido en Dios, se cultivan ahora estos 'santos' seguros de sí mismos, que vemos personificados en ciertos hombres de negocios de la era heroica del capitalismo y aún hoy, en ciertos ejemplares aislados. En segundo lugar, como medio principalísimo de conseguir dicha seguridad en sí mismo, se inculcó la necesidad de recurrir al trabajo profesional incesante, único modo de ahuyentar la duda religiosa y de obtener la seguridad del propio estado de gracia.

La razón de que fuera posible considerar de este modo el trabajo profesional, como un medio adecuado para reaccionar contra la angustia religiosa, se apoya en ciertas hondas características del sentir religioso fomentado por las Iglesias reformadas, cuya manifestación más clara (de rotunda oposición al luteranismo) está en la doctrina sobre la naturaleza de la fe justificadora (...).

La más elevada experiencia religiosa a que aspira la piedad luterana es la 'unio mystica' con Dios. Como ya lo indica la palabra (desconocida pra la Iglesia reformada), se trata de un sentimiento sustancial de Dios: el sentimiento de una efectiva penetración de lo divino en el alma creyente, cualitativamente análogo a los efectos de la contemplación en los místicos alemanes y caracterizado por su carácter pasivo, enderezado tan sólo a satisfacer el anhelo de reposar en Dios y su pura afectiva interioridad (...).

En cambio, la religiosidad específicamente reformada estuvo desde un principio en posición francamente adversa (...) contra esta piedad puramente sentimental e interior del luteranismo. El calvinista no admitía una efectiva penetración de lo divino en el alma, por la absoluta tascendencia de Dios sobre lo creado: 'finitum non est capax infiniti'. La comunidad de Dios con sus agraciados sólo podía realizarse y conocerse cuando Dios 'actuaba' (operatur) en ellos, y éstos se daban cuenta de ello (…).

Podemos así señalar las dos formas de toda religiosidad práctica: el hombre puede asegurarse de su estado de gracia sintiéndose o como "recipiente" o como "instrumento" del poder divino. En el primer caso, su vida tendirá a cultivar el sentimiento místico. En el segundo, propenderá al obrar ascético. Lutero se aproxima al primer tipo. El calvinismo pertenece al segundo (...).

Es indudable que el ascetismo cristiano albergó en su seno matices harto diferentes. En Occidente tuvo siempre carácter racional, tanto en la Antigüedad como en la Edad Media. En eso se basa precisamente la significación histórica de la vida monacal en Occidente por oposición al monacato oriental. Este carácter se encuentra ya en la regla de San Benito y en la de los cluniacenses, más todavia en los cistercienses y de modo típico en los jesuitas (...).


Pues bien, este activo dominio de si mismo que era el fin de los exercitia de san Ignacio y de las formas más altas de las virtudes racionales monacales venía a coincidir con la racionalización de la conducta exigida por el puritanismo. En el profundo desprecio con en que en los relatos sobre los interrogatorios de sus mártires se opone la fría y reposada serenidad de sus confesores a la desenfrenada algarabía de los nobles, prelados y funcionarios, resalta la alta estimación del reservado autocontrol que representan aún hoy los mejores tipos del 'gentleman' inglés y angloamericano (...).


En la Edad Media el hombre que por excelencia vivía metódicamente en sentido religioso, era el monje. En conscuencia, el ascetismo, cuanto más integral, más debía apartar del mundo al asceta (...). Primero Lutero y, tomándolo de éste, Calvino, rompieron con esto (...). Sebastián Franck supo ver la médula de esta forma de religiosidad cuando dijo que lo propio de la Reforma estuvo en convertir a cada cristiano en monje por toda su vida. Con esto se pusieron barreras a la huída ascética del mundo, y, a partir de entonces, las naturalezas más seria y apasionadamente interiores que antes habían proporcionado al monacato sus mejores figuras, viéronse obligadas a realizar sus ideales ascéticos 'en' el mundo, en el trabajo profesional.


MAX WEBER, LA ÉTICA PROTESTANTE Y EL ESPÍRITU DEL CAPITALISMO (1903)

14 agosto 2005

Las imágenes decapitadas



















"La imagen polisémica escandaliza a las mentes puristas como una mujer abierta de piernas"

El mérito primitivo de la religión es estimular la imaginación, avivar el pensamiento figurativo. El relato mítico convierte el caos de pulsiones abstractas en un paisaje exterior. Carencia y deseo, impulso sexual, hambre y sed, se ordenan en un sistema de imágenes. La religión estetiza los conflictos interiores. Con el figurativismo, la psicología se proyecta en el cosmos en un movimiento de liberación o ‘descarga’ que corresponde a la creatividad y la producción. Gracias al mito y al objeto artístico nos hacemos ‘espectadores’ de nuestros miedos y anhelos. Podemos objetivarlos, adorarlos o reírnos de ellos.


Cuando la humanidad toma conciencia de estos mecanismos empieza a recelar de la imaginería. La crítica a la religión ‘fabuladora’ se inicia en el protestantismo y culmina en la Ilustración y la filosofía de la sospecha. Los protestantes creen que la imagen es una mera ‘intermediaria’ entre el hombre y la verdad, y que como tal debe ser suprimida: principio de economía.

Lo que olvidan los iconoclastas es que la imagen es mucho más que mensajera. Captura el mundo con más eficacia que el concepto, porque además de ‘significar’ tiene una materialidad propia. No la podemos reducir a una única interpretación. Ulises no es sólo la nostalgia. Es Ulises. Pero la imagen polisémica escandaliza a las mentes puristas como una mujer abierta de piernas. Los escandalizados ganan terreno y la psicología absorbe de nuevo el cosmos mitológico. Afrodita vuelve a ser libido. El titán vuelve a ser instinto. El individuo retoma el yugo de la responsabilidad moral y la consecuencia, dice Freud, es el conflicto neurótico. El grito de Munch.

El afán fabulador sigue vivo en lo más hondo, pero tiene un enemigo poderoso: la conciencia crítica, la sospecha, los cordura positivista. La modernidad, desde el ascetismo de Calvino hasta la abstracción de Mondrian, es una epopeya triste. Nos enseña la trastienda de la religión y merma todo su hechizo: 'era esto’. El intelectualismo es el fruto infeliz de la modernidad escéptica. Podemos decir que nos ‘libera’ en el sentido que nos hace conscientes de nuestras propias trapacerías y autoengaños. Pero no nos cura de los conflictos interiores como sí lo hacen las ficciones religiosas. ‘Tienes razón pero no me sanas’, dice el alma enferma.


JOAN PAU INAREJOS, septiembre 2004
foto: 'Destrucción de Babilonia' en un Beato medieval