22 agosto 2013
El violinista hiperreflexo
20 enero 2012
EL HOMBRE DOLIENTE
09 junio 2006
Los 10.000 mandamientos
En todo momento el ser humano apunta, por encima de sí mismo, hacia algo que no es él mismo, hacia algo o hacia un sentido que hay que cumplir, o hacia otro ser humano, a cuyo encuentro vamos con amor. Así pues, propiamente hablando, sólo puede realizarse a sí mismo en la medida que se pasa por alto a sí mismo. ¿No ocurre lo mismo con el ojo, cuya capacidad visiva depende de que no se ve a sí mismo? ¿Cuándo ve el ojo algo de sí? Sólo cuando está enfermo. Cuando padezco glaucoma veo una nube y entonces es cuando advierto la opacidad del cristalino. Cuando tengo un glaucoma veo un halo de colores del arco iris en torno a las fuentes luminosas. Pero en esta misma medida disminuye la capacidad de mi ojo para percibir el entorno.
Odio y amor son fenómenos humanos porque son intencionales, porque el hombre tiene siempre motivos para odiar algo y par amar a alguien. Mientras la investigación de la paz se limite a interpretar la agresividad como fenómeno subhumano y no extienda su análisis al fenómeno humano del “odio”, estará condenada a la esterilidad. El hombre no dejará de odiar sólo porque se le explique y se le convenza de que está dominado por impulsos y mecanismos. Este fatalismo ignora por completo que, cuando soy agresivo, no cuentan los mecanismos y los impulsos que hay en mí, que pueda haber en mi “ello”, sino que soy yo el que odio y que para esto no hay disculpas, sino responsabilidad.
En unos tiempos en que los diez mandamientos han perdido, al parecer, su vigencia para tantas personas, el hombre tiene que estar capacitado para percibir los 10.000 mandamientos encerrados en 10.000 situaciones con las que le confronta su vida. Y esto no sólo hace que la vida le parezca de nuevo plena de sentido, sino que él mismo se inmuniza contra el conformismo y el totalitarismo, estas dos secuelas del vacío existencial. Y es que sólo una conciencia despierta da al hombre capacidad de resistencia.
Sentido es, por tanto, el sentido concreto en una situación determinada. Es siempre “el requerimiento del momento”.
VIKTOR FRANKL, Ante el vacío existencial. Hacia una humanización de la psicoterapia, 1977
08 junio 2006
La voluntad de sentido
“Un hombre consciente de su responsabilidad conoce el ‘porqué’ de su existencia y será capaz de soportar casi cualquier ‘cómo’”
En Auschwitz, dos prisioneros habían manifestado sus intenciones de suicidarse. Ambos aducían el típico argumento del campo: ya no esperaban nada de la vida. La terapia consistía en hacerles comprender que la vida sí esperaba algo de ellos. A uno de ellos le esperaba en el extranjero su hijo, un hijo al que adoraba. En el otro caso no se trataba de una persona sino de una cosa: ¡su obra! Era un científico que había iniciado la publicación de una colección de libros aún por concluir. Nadie más que él podía acabar ese trabajo, igual que nadie podía reemplazar al padre en el cariño a su hijo.
Esta unicidad y singularidad que diferencian a cada individuo y confieren un sentido a su existencia, se fundamenta en su trabajo creador y en su capacidad de amar. Cuando se acepta la persona como un ser irrepetible, insustituible, entonces surge en toda su trascendencia la responsabilidad que el hombre asume ante el sentido de su existencia. Un hombre consciente de su responsabilidad ante otro ser humano que lo aguarda con todo su corazón, o ante una obra inconclusa, jamás podrá tirar su vida por la borda. Conoce el ‘porqué’ de su existencia y será capaz de soportar casi cualquier ‘cómo’.
La frontera que separa el bien del mal, y que imaginariamente atraviesa a todo ser humano, fondea en las honduras del alma y hasta allí penetró el bisel de los sufrimientos soportados. La Historia nos brindó la oportunidad de conocer al hombre quizá mejor que ninguna otra generación. ¿Quién es, en realidad, el hombre? Es el ser que siempre ‘decide’ lo que es. Es el ser que inventó las cámaras de gas, pero también es el ser que entró en ellas con paso firme y musitando una oración.
Recuerdo a un colega norteamericano que un día me preguntó en mi consulta de Viena: “¿Dígame, doctor, es usted psicoanalista?”, a lo que yo respondí: “No exactamente; más bien soy psicoterapeuta”. Entonces siguió preguntándome: “¿A qué escuela pertenece?”. “Sigo mi propia teoría; se llama ‘psicoterapia’”. “¿Puede describirme, en pocas palabras, qué quiere decir con este término?”. “Sí”, le dije, “pero antes de contestarle, ¿podría usted definirme en una frase la esencia del psicoanálisis?”. Ésta fue su respuesta: “En el psicoanálisis, los pacientes deben recostarse en un diván y contar cosas que, a veces, resultan muy desagradables de decir”. Le respondí con una rápida improvisación: “Pues bien, en la logoterapia, el paciente permanece sentado, bien derecho, pero tiene que oír cosas que, a veces, son muy desagradables de escuchar”.
“Considero una concepción errónea y peligrosa dar por supuesto que el hombre precisa ante todo equilibrio interior; lo que necesita es esforzarse y luchar por una meta que le merezca la pena”
Los principios morales no impulsan al hombre, no le ‘empujan’: más bien ‘tiran de él’. Diré, en un tono coloquial, que esa diferencia la recordaba continuamente al traspasar las puertas de los hoteles de Norteamérica: hay que tirar de una y empujar otra. Conviene aclarar con rotundidad que en el hombre no cabe hablar de eso que se acostumbra a denominar ‘impulso moral’ o ‘impulso religioso’, interpretándolo igual a cuando se afirma que el hombre se encuentra determinado por sus instintos básicos.
Nunca el hombre se siente impulsado a responder con una preestablecida conducta moral: en cada situación concreta decide actuar de una forma determinada. Y además el hombre no actúa para satisfacer su impulso moral, y silenciar así los reproches de la conciencia: lo hace por conquistar un objetivo o una meta con la que se identifica. Si obrara con el fin de acallar su conciencia se convertiría en un fariseo, y, en ese instante, ya no sería una persona verdaderamente moral. Cierto es que, como reza el dicho alemán, “la mejor almohada es una buena conciencia”, pero la moralidad es mucho más que un somnífero.
Considero una concepción errónea y peligrosa para la psicohigiene dar por supuesto que el hombre precisa ante todo equilibrio interior, o, como se denomina en biología, “homeostasis”: un estado sin tensiones, en equilibrio biológico interno. El hombre no necesita realmente vivir sin tensiones, sino esforzarse y luchar por una meta o una misión que le merezca la pena. Vivir sin tensiones a cualquier precio no resulta un procedimiento psicohigiénico. Es más beneficioso sentir la urgencia de una misión por cumplir o el apremio del cumplimiento del deber.
Releguemos la “homeostasis” y situemos en primer lugar la “noodinámica”: la dinámica espiritual dentro de un campo de tensión bipolar, en el cual un polo representa el sentido a consumar y el otro polo corresponde al hombre que debe cumplirlo. Y si la noodinámica significa un proceder válido para las condiciones normales del psiquismo, todavía se presenta más necesario en el caso de individuos neuróticos.
“El hombre no debería cuestionarse sobre el sentido de la vida, sino comprender que la vida le interroga a él”
Cuando los arquitectos pretenden apuntalar un arco con riesgo de hundirse, ‘aumentan’ la carga en la clave, para que así sus piezas se unan con mayor fuerza. De la misma forma, si los terapeutas procuran fortalecer la salud mental de sus pacientes, no deben tener miedo a aumentar la tensión interior, si con ello le conducen a reorientar o encontrar el sentido de sus vidas.
En última instancia, el hombre no debería cuestionarse sobre el sentido de la vida, sino comprender que la vida le interroga a él. En otras palabras, la vida pregunta por el hombre, cuestiona al hombre, y éste contesta de una única manera: ‘respondiendo’ de su propia vida y con su propia vida. Únicamente desde la responsabilidad personal se puede contestar a la vida.
De las múltiples posibilidades presentes en cada instante, es el hombre quien condena a algunas a no ser y rescata a otras para el ser. ¿De esas diversas posibilidades, cuál se convertirá, por la elección del hombre, en una acción imperecedera, en una “huella inmortal en la arena del tiempo”? En todo momento el hombre debe decidir, para bien o para mal, cuál será el monumento de su existencia.
La libertad es una parte de la historia y la mitad de la verdad. La libertad es la cara negativa de cualquier fenómeno humano, cuya cara positiva es la responsabilidad. De hecho la libertad se encuentra en peligro de degenerar en mera arbitrariedad salvo si se ejerce en términos de responsabilidad. Por eso yo aconsejo que la estatua de la Libertad en la costa este de los Estados Unidos se complemente con la estatua de la Responsabilidad en la costa oeste.
Al declarar al hombre un ser responsable y capaz de descubrir el sentido concreto de su existencia, quiero acentuar que el sentido de la vida ha de buscarse en el mundo y no dentro del ser humano o de su propia ‘psique’, como si se tratara de un sistema cerrado. La misma argumentación permite afirmar que la auténtica meta de la existencia humana no se cifra en la denominada ‘autorrealización’.
“La verdadera autorrealización sólo es el efecto profundo del cumplimiento acabado del sentido de la vida”
La autorrealización por sí misma no puede situarse como meta. No debe considerarse el mundo como simple expresión de uno mismo, ni tampoco como mero instrumento, o como un medio para conseguir la ansiada autorrealización. En ambos casos la visión del mundo o ‘Weltanschaung’, se convierte en ‘Weltentwertung’, es decir, menosprecio del mundo.
Cuanto más se olvida uno de sí mismo –al entregarse a una causa o a una persona amada- más humano se vuelve y más perfecciona sus capacidades. En efecto, cuanto más se afana el hombre por conseguir la autorrealización, más se le escapa de las manos, pues la verdadera autorrealización sólo es el efecto profundo del cumplimiento acabado del sentido de la vida.
El amor es el único camino para arribar a lo más profundo de la personalidad de un hombre. Nadie es conocedor de la esencia de otro ser humano si no lo ama. Por el acto espiritual del amor se es capaz de contemplar los rasgos y trazos esenciales de la persona amada. Hasta contemplar también lo que aún es potencialidad, lo que aún está por desvelarse y por mostrarse.
Todavía hay más: mediante el amor, la persona que ama posibilita al amado la actualización de sus potencialidades ocultas. El que ama ve más allá y le urge al otro a consumar sus inadvertidas capacidades personales. En logoterapia el amor no se interpreta como un mero epifenómeno de los impulsos e instintos sexuales, según el proceder del mecanismo llamado sublimación. El amor es un fenómeno tan primario como el sexo.
Jamás el ensimismamiento del neurótico por sí mismo, ya sea en forma de autocompasión o de desprecio, es capaz de romper el círculo vicioso. La clave de la curación se encuentra en la autotrascendencia, en la trascendencia de uno mismo.
24 julio 2005
Y Frankl dijo: dame un imán
El sentido no se inventa: frente a Sartre, afirma Frankl que la persona no se inventa a sí ex nihilo, sino a partir de un sentido que descubre. El sentido, por tanto, es algo objetivo que invita a ser realizado. Es una posibilidad que resalta como valiosa.
No es la finalidad del ser humano la de sobrevivir sino la de orientarse hacia su plenitud. ¿Cómo? Mediante la realización de valores. Por tanto, la persona está orientada hacia algo que no es ella misma, sino que la trasciende: un horizonte de valores.
El descubrimiento de este sentido y estos valores unifica la vida, la integra, “es como cuando ponemos un imán debajo de un montón de limaduras de hierro y éstas se ordenan instantáneamente. Pero los valores no se perciben sino bajo la invitación a su realización. Por eso afirma Frankl que “no podemos enseñar valores: debemos vivir valores”. Al igual que en Scheler, los valores no se enseñan sino que se muestran en la persona que los encarna. El testimonio y la presencia del maestro, o del terapeuta, o del amigo, es el que, por empatía, puede despertar la estimación del valor en otro.
Ante el sentido existencial “no se responde con palabras, sino con acciones responsables”. Ante el problema de la existencia “no contestamos con palabras, sino que toda nuestra existencia es nuestra respuesta”.
"Quien tiene un porqué para vivir puede soportar cualquier cómo". "Al homo sapiens contraponemos el homo patiens. Al imperativo 'saperem aude', salimos al paso con el 'pati aude': osa sufrir". Encontrar un sentido en el sufrimiento hace a la persona capaz de crecer y vivir con aquel. Cuando no se percibe este sentido, aún las más pequeñas dificultades se hacen insoportables. ´
Y esto no es una teoría o una ideología, sino una experiencia existencial del propio Frankl. Así lo experimentó él mismo en Auschwitz: las personas con más capacidades de sobrevivir no eran las más fuertes físicamente, sino las que contaban con una clara orientación existencial, con un 'por qué' por el que vivir.
Xosé Manuel DOMÍNGUEZ PRIETO hablando sobre la psicología humanista de Viktor FRANKL, en 'Personalismo terapéutico', 81 (2005)
Más Frankl: la noodinámica
Frente a las propuestas existencialistas, no acepta Frankl que la Autorrealización sea el valor supremo, ni el fin último de la existencia humana. En realidad, la realización de la persona no es meta sino consecuencia: “el hombre, en último término, puede realizarse sólo en la medida en que logra la plenitud de un sentido en el mundo”. Y es que para Frankl, el dinamismo esencial de la persona, su fuerza primaria, es la voluntad de sentido.
Con la expresión ‘voluntad de sentido’ está Frankl posicionándose explícitamente frente a la voluntad de poder (de Nietzsche o de Adler) y a la voluntad de placer (el principio de placer de Freud) como motores últimos del comportamiento humano. Si la persona busca directamente su realización, está llamada al fracaso. La vida humana no consiste en realizar meras posibilidades en tanto que posibilidades, sino en realizar posibilidades en cuanto valiosas.
“Lo que el ser humano quiere realmente no es la felicidad en sí, sino un fundamento para ser feliz”. La felicidad, igual que el placer, son esquivos si se procuran por sí mismos, dando lugar a diversas neurosis. Cuanto más se procura el placer más se diluye. La clave de la felicidad está, por tanto, en no buscarla por sí, en no buscarse a sí como meta, sino en vivir hacia algo o alguien con olvido de sí. La vida sólo se vuelve sobre sí cuando ha fracasado la búsqueda de sentido.
En conclusión: el dinamismo más profundo del ser humano no es el placer, ni el poder, ni la felicidad, sino el deseo de sentido. El deseo de placer y el deseo de poder como fin existencial sólo se imponen cuando se ha frustrado el deseo de sentido. Y ese deseo implica no sólo abrirse al encuentro de sentido, sino abrirse también al encuentro de aquel con quien vivir ese sentido.
Xosé Manuel DOMÍNGUEZ PRIETO hablando sobre la psicología humanista de Viktor FRANKL, en 'Personalismo terapéutico', 74 (2005)
Frankl contra Freud (y 2)
La persona no es libre 'frente' o 'contra' unos impulsos, sino 'sobre' ellos. Libertad, o voluntad libre, es la capacidad de disponer de los propios impulsos. Los impulsos y tendencias son la fuerza del psiquismo, su energía, pero siempre son materia que debe ser conformada. En este sentido el Yo no es un títere del Ello, sino que el Ello siempre lo es de un Yo, que es quien tiene la fuerza.
Y cuando la persona, de hecho, se ve arrastrada por diversas tendencias externas o internas, es porque así lo ha decidido. Libertad significa capacidad de disponer sobre las tendencias para organizarlas, negarlas, afirmarlas e, incluso, para dejarse arrastrar por ellas. La persona puede ‘abdicar’ libremente de su libertad.
Frente al automatismo de concepciones psicológicas como la de Freud, Frankl asegura que la persona está llamada a ser autonomía. Es autonomía a pesar de la dependencia. La persona ‘tiene’ tendencias biológicas y psíquicas pero no se reduce a ser un haz de tendencias o impulsos. La persona puede ser dueña de ellos, adoptar ante ellos un comportamiento. Al igual que Scheler, también afirma Frankl que la persona es el ser capaz de decir ‘no’.
Para Frankl, “cuanto más vivo es el sentido de responsabilidad de un hombre, tanto más fuertemente está inmunizado contra la neurosis, el vacío existencial. Precisamente el neurótico es aquel que elude su responsabilidad, que se desentiende de su vida y se abandona a lo que juzga inevitable. La persona inmadura o el neurótico, para autojustificarse, niega su responsabilidad, lo que es una manera de negar su libertad.
“Por ese motivo se disculpa aduciendo variados argumentos: esconde su libertad tras supuestos determinismos del medio ambiente, del mundo interior o de la convivencia con los otros seres humanos”. De este modo, quien niega su responsabilidad ante su vida, cae en el fatalismo que se manifiesta en forma de conformismo.
Xosé Manuel DOMÍNGUEZ PRIETO hablando sobre la psicología humanista de Viktor FRANKL, en 'Personalismo terapéutico', 69 (2005)
16 julio 2005
Frankl contra Freud
El ser humano, en realidad, no huye de las tensiones sino que las necesita para crecer y, precisamente, la ausencia de tensión es lo que le neurotiza y destruye. ¿Cómo lograr esa tensión? Desde el compromiso con el horizonte aixológico descubierto en el sentido existencial, es decir, desde tareas, situaciones y encuentros que sean valiosas. Desde aquí la persona es capaz de enfrentarse creativamente a las dificultades.
Dice Viktor Frankl: "Considero un concepto falso y peligroso para la higiene mental dar por supuesto que lo que el hombre necesita ante todo es equilibrio o, como se denomina en biología, 'homeostasis'. Es decir, un estado sin tensiones. Lo que el hombre realmente necesita no es vivir sin tensiones, sino esforzarse y luchar por una meta que le merezca la pena. Lo que precisa no es eliminar la tensión a toda costa, sino sentir la llamada de un sentido potencial que está esperando a que él lo cumpla. De una manera semejante a como lo formulan muchos existencialistas y personalistas, para Frankl, desde su sentido existencial, la persona opta entre posibilidades. En esas posibilidades no sólo elige opciones, sino que se elige a sí mismo, su propia figura.
La persona es constitutivamente llamada. Y su responsabilidad es la respuesta. Esta llamada es, en general, una llamada desde un sentido. Y es que la persona, según Frankl, no es su propio fin, sino que su propia vida es llamada a realizar un sentido que descubre en él pero que le trasciende: "El hombre apunta por encima de sí mismo hacia algo que no es él mismo, hacia algo o hacia alguien".
Xosé Manuel DOMÍNGUEZ PRIETO hablando sobre la psicología humanista de Viktor FRANKL, en 'Personalismo terapéutico', 54 (2005)

