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17 enero 2009

Escrita des de lluny


"La plaça del Diamant és una cosa ximple: si l'hagués vista abans no hauria escrit la novel·la"

Si hagués viscut constantment a Barcelona no hauria escrit mai La plaça del Diamant; és el producte d'una nostàlgia, és un reflex de tot l'enyorament del meu país. La meva experiència anterior a la Guerra Civil em sembla un somni irreal, impossible d'haver-lo viscut; i el fet d'haver viscut fora m'ha fet idealitzar més el país. Vaig escriure La plaça del Diamant sense recordar com era la plaça: no sabia on es trobava ni per quins carerers s'hi anava. Segurament si l'hagués vista abans no hauria escrit la novel·la. És una plaça ximple, trista, no té cap interès. És una cosa vella, sense caràcter. Em va decebre molt quan la vaig veure després, un cop publicada la novel·la.

MERCÈ RODOREDA, A 'AUTORETRAT' (2008). El fragment correspon a entrevistes entre 1966 i 1982 / foto: imatge actual de la plaça.


26 abril 2008

¿Abierta al mar?

MANUEL DELGADO


Había que “abrir Barcelona al mar”, olvidando que existían barrios pescadores y que “miles de personas vivían literalmente en la playa

Las políticas publicitarias sobre Barcelona llevan años proclamando la mediterraneidad de la ciudad y mostrando como un éxito “la recuperación” de su litoral marítimo. Barcelona –se ha repetido- ha vivido demasiado tiempo “de espaldas” a su realidad mediterránea y era urgente “abrirla al mar”. Curiosa afirmación, que supone olvidar que la ciudad había tenido barrios pescadores hasta hacía poco, empezando por la Barceloneta, pero incluyendo también esa trastienda ignorada que se extiende al otro lado de Montjuïc y que fue la Marina de Sants, con barrios marítimos como la Mare de Déu del Port y –antes de convertirse en un barrio de barracas- Can Tunis, después absorbidos, en los años sesenta, por la ampliación del puerto y el establecimiento de la Zona Franca.

Supone igualmente –y eso acaso es más grave- olvidar que, durante décadas, miles de personas vivieron literalmente en la playa, en los grandes asentamientos de chabolas del Somorrostre, el Bogatell, el Camp de la Bota, la Mar Bella, el Pekín. Pero esta subciudad de chabolas no existió nunca o aquellos que en ella vivieron no hace tanto por lo visto no eran auténticos barceloneses.

Por otra parte, esta debilidad a la hora de exaltar los valores marítimos no ha sido inconveniente para eliminar los entrañables chiringuitos de la Barceloneta. O para que la zona comercial del Hotel Arts, a la sombra de la gran escultura en forma de pez de Frank Gehry, devorara una buena parte del Passeig Marítim. O para que los hoteles y viviendas de alto standing y los hoteles de Diagonal Mar acabaran levantando entre la ciudad y la playa una muralla mucho peor que la que supusieron en otra época las abominadas vías del tren.


“¿Son muestras de ‘recuperación del mar’ agresiones directas contra el horizonte como el Imax Port Vell o el World Trade Center”

Por no hablar de las catastróficas consecuencias del Fórum 2004 sobre el litoral barcelonés, de dudosa legalidad a la luz de la ley de costas y denunciadas en su momento por Greenpeace por sus efectos sobre el medio ambiente. ¿Son muestras de “recuperación del mar” agresiones directas contra el horizonte como el Imax Port Vell, el World Trade Center –esa apoteosis del quiero y no puedo que está saturando el “modelo Barcelona”- que amputa la desembocadura visual de la Rambla, el nuevo edificio de la Catalana de Gas, que literalmente tapona la perspectiva desde el paseo de Sant Joan y el Arc de Triomf?

MANUEL DELGADO, ‘LA CIUDAD MENTIROSA. FRAUDE Y MISERIA DEL MODELO BARCELONA’(2007) / fotos: Pez de Frank O. Gehry en el Port Olímpic y cine Imax Port Vell (Barcelona)


Simulacros BCN

MANUEL DELGADO

Gran Vía 2, el Maremàgnum: “parques temáticos que procuran una imagen falsificada de la vida urbana”

[La función de estos entornos pseudourbanos] no es distinto del de los modernos parques de atracciones temáticos, en el sentido que procuran una imagen falsificada de la vida urbana, puro decorado para una ciudad-farsa. Se pretende escenificar en ellos un espacio público tranquilizado, permanentemente vigilado por cámaras de vídeo y guardias jurados, donde los peatones, liberados de cualquier motivo de desasosiego, pueden abandonarse al paseo, al ocio y, por encima de todo, al consumo.

Hay ejemplos especialmente patéticos de ello. La burda imitación del aire de los pasajes comerciales decimonónicos en Gran Via 2, en la Zona Franca, sería uno de ellos. Barcelona debe ser la única ciudad del mundo que, en una apoteosis difícilmente superable del reino del simulacro, puede presumir de tenir un muelle donde nunca ha recalado ningún barco: el Maremàgnum, que, en efecto, tuvo que instalar uno para justificar su declaración de zona portuaria y permitir que sus comercios abrieran los días festivos.

Estos complejos comerciales implican una negación absoluta del territorio con memoria, incapaces de expresar identidades, sin marcas relacionales o históricas. Cada uno de ellos implica un hueco, un agujero, un paisaje ausente. Llama la atención la manera en que han impreso su estilo a las concepciones actuales del espacio público en general. Los vestíbulos de las grandes estaciones de tren, de las correspondencias de metro o de los aeropuertos están transformándose en galerías comerciales.

“Es la ciudad la que copia el modelo que le prestan los centros comerciales”: la zona de Plaça de Catalunya ya es “Barnacentre”

De hecho, cada vez más puede afirmarse que no es que el centro comercial imite a la ciudad, sino que es la ciudad la que copia el modelo que le prestan los centros comerciales. Los núcleos históricos de las ciudades están siendo peatonalizados para hacer de ellos superficies comerciales polifuncionales. Barcelona es un ejemplo. La Plaça de Catalunya, el Portal de l’Àngel y las calles que desembocan en la parte alta de la Rambla se presentan como un centro comercial y lo asumen de una manera explícita designando el conjunto como Barnacentre.

MANUEL DELGADO, ‘LA CIUDAD MENTIROSA. FRAUDE Y MISERIA DEL MODELO BARCELONA’(2007) / foto: Maremàgnum de Barcelona

Ruinas traicionadas

MANUEL DELGADO

“Los grandes talleres fueron lugares inhóspitos, escenarios de explotación; helos ahí, ahora: limpios, polifuncionales, redimidos del ruido y del humo”

La función de estos pecios industriales entaltecidos [los ‘lugares de memoria’] sería, en una primera instancia, evocar la etapa en que la ciudad era un gran conglomerado de fábricas y talleres, constituyéndose en documentos que demostraban físicamente y hacían apología de un pasado histórico reciente en que la vitalidad de la ciudad alcanzó sus más altas cotas creativas, ese momento en que, en las primeras décadas del siglo, Barcelona se había abandonado a sus propias energías, encarnadas incompatiblemente y entre frecuentes espasmos de violencia por una burguesía consciente de su papel histórico y por fuerzas populares agrupadas en torno al anarquismo y el republicanismo radical. Es en esa etapa convulsa, y al mismo tiempo sublime, cuando la ciudad mereció el nombre mitológico de Rosa de Fuego.

Todo nuevo espacio construído bajo el signo del diseño de vanguardia pasa a concebirse como un museo arqueológico al aire libre que evoca las virtudes fundadoras de esa fase histórica.

Pero ese pasado glorioso -se enfatiza- está definitivamente e irrevocablemente pasado. Los grandes talleres convertidos en talleres destinados al consumo o a la cultura, las plazas o parques infantiles que rodean esas imponentes chimeneas exentas fueron –se viene a proclamar- lugares inhóspitos, malolientes, sórdidos, escenarios de explotación, marcos para la lucha de clases. Helos ahí, ahora: limpios, polifuncionales, asépticos, redimidos del ruido y del humo, sin obreros sucios de grasa, sin patrones abusivos, sin huelgas. Ése es el mensaje definitivo, el que se enorgullece de haber vencido la mugre industrial y el descontento obrero (…)

“Imitando la amortización de los bienes eclesiásticos, algunas fábricas son ahora museos, centros de cultura, universidades…”

Ciertos elementos del pasado fabril han merecido el indulto y han sido ensalzados a albergar centros administrativos o lugares de culto a la Cultura. Imitando la lógica de la amortización de los bienes eclesiásticos en otra época, algunas fábricas son ahora museos, centros de cultura, universidades, bibliotecas, centros sociales… Pero los defensores oficiales del patrimonio industrial, que ordenaban fetichizar algunos de sus aspectos convenientemente descontextualizados y redimidos de sus antiguas funciones, son los mismos que han sentenciado a muerte espacios industriales emblemáticos, como la Neufville, en Gràcia, o la fábrica noucentitsa de Myrurgia, en la Sagrada Família (…).

Ni que decir tiene que resulta especialmente escandaloso el arrasamiento masivo de todo el paisaje industrial que se extendía a lo largo del litoral barcelonés, para dar pie al nuevo ‘skyline’, con los nuevos barrios de clase media y alta, los hoteles de lujo y los edificios singulares para todo tipo de multinacionales: allí donde hubo cientos de fábricas y talleres vemos levantarse la Villa Olímpica, Diagonal Mar o el 22@.

MANUEL DELGADO, ‘LA CIUDAD MENTIROSA. FRAUDE Y MISERIA DEL MODELO BARCELONA’(2007) / foto: Chimeneas en el Paral·lel de Barcelona.

31 marzo 2008

Ciudadanos y figurantes

FERRAN SÁEZ MATEU

“Uno se pregunta si su naturaleza es la de un ciudadano o la de un simple figurante cuya función en la vida consiste en indicar cómo se va al Park Güell (‘go up Verdi street…’)”

En 1982, cuando llegué a Barcelona para iniciar mis estudios universitarios, la ciudad parecía desvanecerse. Había dejado atrás el trajín productivo de los 60 y la efervescencia cultural de los 70, pero todavía no se había reinventado a sí misma gracias a los Juegos Olímpicos de 1992. Barcelona estaba en punto muerto, con un pie en la penumbra sifilítica de la calle Robador y otro en los renqueantes colmados del Eixample, con sus cajas registradoras prehistóricas y sus dependientes nonagenarios cubiertos por una bata raída (“Vol aguna cosa més, jove?”).

Esa agonía contrastaba con la ‘joie de vivre’ de Madrid, donde se publicaba la pretenciosa revista ‘La Luna’, verdadero manual de instrucciones de ‘la movida’. En Barcelona, los cantautores habían enmudecido y los bares donde aún se podía hablar en voz baja se convertían en hamburgueserías. Con el tiempo supimso que nada de aquello era lo que parecía: la Barcelona de los 70 o el Madrid de los 80 estaban plagados de cantamañanas, poetas de deuda y halitosis, e intelectuales que siempre estaban a punto de escribir su primer libro. Con el paso de los años, aquella suma de fracasos personales se saldó con un resentimiento politizado que le echaba la culpa de todo al catalanismo. Pero eso ya es otra historia.

Los fastos olímpics transformaron la ciudad en un enorme plató que barrió viejos estratos de putrefacción acumulada. En aquellos días, Barcelona olía a recién pintada y a dinero nervioso, y el sudor de los atletas se mezclaba con el perfume de las divas. Al son de himnos solemnes, las tarjetas de crédito delataban euforia y restos de cocaína. Parecía como si la ciudad hubiera sido agraciada con una segunda oportunidad, concedida in extremis. Desde los primeros croquis que fantasearom los grandes obras públicas relacionadas con los Juegos Olímpicos hasta hoy han pasado casi veinte años. Ya nada huele a nuevo, y lo que en su tiempo fue diseño rompedor o urbanismo arrogante –aquellos bares con taburetes imposibles, aquellas plazas de cemento ‘cool’- tiene hoy algo de cincuentón con peluquín y bigote teñido. La Barcelona de aquella época ya no sorprende, quizás porque fue imitada en todo el mundo. El mérito es innegable; su caducidad también. La patética tentativa del Fórum 2004 confirmó que el truco de recomponer periódicamente una ciudad a golpe de eventos internacionales ya no cuela.

Sin embargo, el legado más preocupante de la Barcelona olímpica está más relacionado con un cierto estado de ánimo que con un conjunto de reformas urbanas, por otra parte necesarias. Una especie de decreto no escrito dejó consignado que el destino de la ciudad era el monocultivo del turismo, acompañado de sonrojantes vaguedades sobre la sociedad del conocimiento y otros metarrelatos posmodernos.

Como proyecto de futuro desemocaba en un siniestro marasmo de sombreros mexicanos, de sangría gastrítica, ‘gadgets’ de Gaudí y cafés malos a tres euros la taza. Ante esta perspectiva uno se pregunta si su naturaleza es la de un ciudadano o la de un simple figurante cuya función en la vida consiste en indicar cómo se va al Park Güell (‘go up Verdi street, and then turn right…’). De hecho uno acaba sospechando que forma parte esencial del engranaje de un enorme negocio del que no recibe dividendos, sino molestias.

Severamente tutelada por un dirigismo institucional que desde finales de los 80 transformó el urbanismo en un cóctel indigesto de utopías fracasadas, Barcelona oscila entre el parque temático y la especulación salvaje, entre el silencio del museo y el estruendo de los ‘hooligans’ que invaden regularmente la Rambla. Esa inercia es, al fin y al cabo, una consecuencia indirecta e indeseada del inaudito éxito olímpico de 1992, cuando los perros (con pedigrí, por supuesto), se ataban con longanizas (deconstruídas, naturalmente).

Barcelona cuenta con un patrimonio arquitectónico único y está –y estará- ligada a la industria del turismo. Y que sea por muchos años: nadie en su sano juicio discute eso. La cuestión es otra: la de los límites razonables de esa actividad, que coinciden con los de otros sectores productivos que han sido arrinconados sin prisa pero también sin pausa. Una ciudad equilibrada, una ciudad que quiera ser algo más que un decorado transitado por figurantes, debe recuperar una parte sustancial del tejido productivo que marcó su identidad. No se trata de construir altos hornos en mitad de Eixample, evidentemente, pero tampoco de recrear a gran escala la tan catalana afición a los pesebres vivientes.

FERRAN SÁEZ MATEU EN CULTURA/S DE LA VANGUARDIA, 19/3/2008

29 abril 2007

Barcelona o en busca de la modernidad perdida


CARLES GUERRA

“Con la Guerra Civil, el reloj se detuvo y Barcelona quedó asociada a una modernidad a destiempo, ambigua y contradictoria, cercana a Viena”

Barcelona quería ser París. Las pinturas de Picasso lo prueban. La atmósfera de Els Quatre Gats y la del Moulin de la Galette se hace indiscernible. Los mismos tonos, la misma densidad existencial. La diferencia sólo se ve en las carteras. Pero la realidad no alcanzaba a ser simétrica. Si bien Els Quatre Gats se inspiraba eb Le Chat Noir, el Molino del Paralelo en el Moulin de la Galette y Montjuïc se contemplaba como trasunto de Montmartre, Barcelona quedó lejos de convertirse en una capital europea. Ya entonces tuvo que conformarse con una versión ‘low cost’.

La ansiedad por alcanzar la modernidad es lo que, a fin de cuentas, hará de Barcelona una ciudad moderna. Igual que en el argumento de una película de suspense, la exposición [‘Barcelona and Modernity’, Nueva York] empieza con falsas impresiones y acaba trágicamente. La primera sala es un homenaje a París –ciudad en la que Barcelona se refleja una y otra vez- y la úlima, que contiene obras muy representativas de las vanguardias, marca el corte dramático que supuso la Guerra Civil.

La conclusión es que Catalunya, con su capital al frente, fue apartada de su destino histórico. El reloj se detuvo y Barcelona quedó asociada a una modernidad a destiempo, ambigua y contradictoria. En este punto Barcelona está más cerca de Viena que de París. Lo consecuente, entonces, sería sentarla en el diván.

“La Sagrada Familia expía los pecados del progreso; el pabellón de Mies van der Rohe y el de Sert son como fantasmas que flotan en el tiempo, destruidos, recuperados y reconstruidos”

Pero no. Las contradicciones se acumulan y Barcelona se aletarga en las curvas de su propio sueño. El templo de la Sagrada Familia es una obra dedicada a expiar los pecados del progreso (hoy, incluso, marca comercial de la ciudad, por dos veces reproducida a tamaño gigantesco en la exposición); el pabellón de Mies van der Rohe para la exposición de 1929 y el de Sert para la República Española en la exposición de París de 1937, hitos destacados en la secuencia de la muestra, son como fantasmas que flotan en el tiempo (destruidos, recuperados y reconstruidos a posteriori, sólo se inscriben en la memoria de lo que fue posible); Barcelona tan pronto es capital de un país con aspiraciones nacionalistas como sujeto estético y autónomo (desde la guerra en la antigua Yugoslavia los americanos asocian nacionalismo con separatismo y terrorismo).

En resumen, la narrativa expositiva lleva derecho a la idea de que Barcelona se vende mejor que Catalunya. La identidad estética y urbana es menos dañina que la nacional. Un argumento frente al cual la crítica de arte está desarmada. Como decía el crítico de ‘The New York Times’, “too many Picassos”. Sólo faltaba que Woody Allen incluyera a Sclarlett Johansson en la próxima película que rodará en Barcelona. Su rostro será como la última capa, confundida con esas jóvenes marmóreas de ojos cerrados, boca entreabierta y cabeza ladeada, la síntesis más real de una Barcelona ensimismada y que sueña despierta como en los bustos femeninos de Miquel Blay, arquetipo modernista.

CARLES GUERRA, “EL SUEÑO DE BARCELONA”, EN EL SUPLEMENTO ‘CULTURAS’ DE ‘LA VANGUARDIA’, 11/4/2007

12 octubre 2006

El 'forat de la vergonya'


MANUEL DELGADO EL PAÍS - 10-10-2006

Hemos sido testigos en apenas unos días de dos acontecimientos estrechamente vinculados entre sí, cara y cruz de un mismo proceso de transformación urbanística del casco antiguo de Barcelona. Una mañana el alcalde inauguraba solemnemente las nuevas instalaciones de la Universidad de Barcelona en el mismo núcleo del Raval donde se levantan el Macba y el Centro de Cultura Contemporánea (CCCB), dos de los grandes contenedores culturales de la ciudad. A la semana siguiente, a poca distancia, en el barrio de la Ribera, podíamos contemplar la pavorosa imagen de los antidisturbios de la Guardia Urbana protegiendo el arrancado de las tomateras que los vecinos habían plantado en el forat de la vergonya, un solar a unos metros del mercado de Santa Caterina, la única zona realmente verde -y no gris- que había en todo el Casc Antic.

La interpretación de tal coincidencia no es difícil. Ambos momentos representan los episodios más recientes de una vieja dinámica de lo que los urbanistas llaman "esponjamiento" o "higienización" de Ciutat Vella, consistente en desenmarañarla y limpiarla; es decir, resolver los problemas de control que implicaba su tendencia a la opacidad y deshacerse de los elementos tanto inmuebles como humanos que pudieran suponer un obstáculo para la reapropiación del barrio por parte de clases medias y altas ansiosas de un baño de venerabilidad histórica, debidamente sazonada con elementos de ese nuevo sabor local que da el multiculturalismo e incluso de un moderado toque canalla. Para ello, se inyecta saber, cultura y sano ambiente juvenil allí donde antes había solamente vida y prosigue la campaña de deportación y borrado de pobres en marcha desde hace años en el sector.

Lo sucedido en el forat de la vergonya es bien ilustrativo de esa dinámica, a la que se asigna el eufemístico título de "rehabilitación". Como se recordará, en aquel solar de 5.000 metros cuadrados el Ayuntamiento tenía prevista la apertura de un aparcamiento a disposición del turismo cultural que acude al área ya debidamente desinfectada de la calle de Montcada y los alrededores del Museo Picasso, el Born y Santa Maria del Mar. Allí, una colosal mutación urbanística había empezado a restaurar edificios para dedicarlos al comercio de alto nivel, a la venta de lofts para profesionales con éxito y al alquiler de apartamentos para esa pequeña multitud de extranjeros con dinero que los están convirtiendo en residencias de vacaciones o de fin de semana.

La operación no cuajó como consecuencia de la resistencia de los habitantes, que se apropiaron de un espacio que consideraban suyo y del que hicieron un insólito vergel urbano. Jardín, huerto, zona de juegos infantiles, tarima para espectáculos, modestas canchas de fútbol y baloncesto, mobiliario..., todo había sido elaborado a mano por los vecinos, con unos criterios estéticos a años luz de la afectación formal de los llamados "espacios públicos de calidad", cuya característica suele ser que parecen diseñados para ahuyentar a sus posibles usuarios. Allí se podía ver en todo momento a gente de todas las edades convirtiendo la plaza en un lugar de sociabilidad que, por otra parte, representaba la encarnación del multiculturalismo real, no el de los prospectos oficiales, sino el de seres humanos de carne y hueso que encontraban por fin un lugar donde encontrarse. No en vano, el lugar había sido vindicado como la auténtica plaza Mayor del barrio, y así se propuso en el pregón de su última fiesta mayor.

Pues bien, eso es lo que nuestras autoridades parecían incapaces de soportar: que se hubiera suscitado de forma espontánea todo un apasionante experimento de autogestión, un emocionante ejemplo de cómo los vecinos de un barrio podían generar sin permiso escenarios para su vida cotidiana, de espaldas a la insaciable voluntad municipal de monitorizarlo absolutamente todo y de sólo tolerar las formas de estar en el espacio urbano homologadas previamente por sus técnicos en ciudadanía y sus expertos en convivencia. No se podía tolerar un espacio público que fuera realmente público; es decir, del público. Esa imagen de niños jugando en parques que ellos no habían dispuesto, de abuelos charlando en bancos que ellos nunca instalarían en sus plazas, significaba para ellos el más inaceptable de los desacatos.

Por desgracia, tuvo que producirse un problema de orden público para que la sentencia de muerte contra el forat de la vergonya fuera recogida por los medios de comunicación. Las imágenes de jóvenes lanzando cohetes de feria contra la policía y de la profanación del Macba sirvieron para que los portavoces oficiales -todos- desfigurasen las vindicaciones vecinales y volvieran a agitar el fantasma del Okupa Feroz, con lo que, de paso, insistían en malignizar al movimiento que inició y está encabezando una lucha de los jóvenes por el derecho a la vivienda que se extiende por momentos.

Esta vez han vuelto a ganar y a perder los de siempre. Pero así se escribe la historia. Como sincronizados, una solemne inauguración y un desalojo a la fuerza. Se levanta un nuevo templo en el que el Saber y la Cultura oficiarán sus misterios y, muy cerca pero también muy lejos de allí, se desbarataba una ilusión colectiva forjada a ras de suelo. La ciudad hecha poder y hecha dinero se ha vuelto a salir con la suya y ha conseguido derrotar -como siempre, sólo por el momento e inútilmente- a esas sustancias básicas de toda vida urbana que son el amor por la vida y la manía de desobedecer.

MANUEL DELGADO es profesor de Antropología urbana en la UB. FOTO: UBICACIÓN DEL FORAT DE LA VERGONYA EN LA WEB WWW.BCN.CAT