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27 junio 2015

El váter

Joan Pau Inarejos

Prometimos introducirnos en la parte menos noble del lavabo, en el lado oscuro de la fuerza rectal, y aquí estamos. A diferencia de la ducha, que ofrece una intimidad rápida y ligera, el ritual de sentarse sobre el retrete es pura reflexión corporal, y, aunque les cueste creerlo, nos emparenta con el pensador de Rodin; su eterno recogimiento sobre sí mismo. Al evacuar, estamos concentrados en una sola misión fisiológica, mientras que la mente queda libre de toda tarea, de toda distracción. Defecar es un culto al absoluto.

Aunque se quiera adornar con porcelana y perfumes florales, el váter no deja de recordarnos nuestro principio más primitivo e indecoroso -al igual que su vergonzante hermano menor, el bidet-, y a la vez es un extraño conducto hacia la pura conciencia. En este lugar recoleto de la casa –algunos sinónimos, como retrete o excusado, abundan en esta condición de rincón apartado y proscrito– se producen no pocas iluminaciones geniales y expansiones internas, liberados como estamos de los consuetudinarios quehaceres del Homo faber.

La pura pasividad del inodoro es, en efecto, una ocasión propicia para el examen de conciencia, la retrospección o incluso los planes de futuro. Sin movimiento, sin atención visual, sin las manos ocupadas, se dan las condiciones óptimas para la abstracción, para la escapada de nuestras servidumbres espaciotemporales. Hay un secreto placer en la lentitud de la excreción: nos mantiene amarrados a nosotros mismos, calibrando pacientemente la materia, prolongando deleitosamente el estado de meditación laxa.

El paso diario por la fosa elíptica nos permite resolver cosas con nosotros mismos para volver a la sociedad más concisos y desahogados. Es donde gestionamos el caos para regresar al sistema, donde purgamos la vida de sus espolones y sus derivaciones residuales. Aparentemente es un lapso incómodo, un paréntesis indigno de los dietarios, y no digamos ya de la Historia, donde por definición todo se hace de pie. Pensándolo bien, tirar de la cadena es un acto de orgullo regenerador: lo viejo huye mientras lo nuevo se yergue ufano.


Recorridos metafóricos por el hogar


24 enero 2015

El comedor

Joan Pau Inarejos
Mientras que la cocina es un campo de batalla, el comedor es sin duda el lugar del triunfo. Reclinados en el sofá dominamos el mundo, como los emperadores romanos desde sus plácidos aposentos. En el cuadrilátero soberano de la casa nos homenajeamos a nosotros mismos tras una dura jornada laboral o un intenso ejercicio. El comedor es monárquico: en él vive el rey de la casa.

Todo rey tiene su corte, y ésta se reúne alrededor de la mesa, al igual que los legendarios caballeros artúricos. Lejos de las subjetividades que se escoran en las periferias de la vivienda –ducha, dormitorio–, la mesa es la representación doméstica de la sociedad, con sus discrepancias y sus afinidades desatadas alegremente sobre la madera. Aquí está legitimado elevar la voz y gesticular con vehemencia, lo que en la alcoba sería señal de peligro, y en el lavabo de enajenación.

El comedor tiene todas las virtudes diurnas: luz intensa, vitalidad, holgura. No faltan en él todas las iluminaciones posibles, desde el cielo de lámparas hasta el brillo distinguido de la vitrina o el resplandor de las pantallas. Cual astro solar, el televisor sigue organizando a su alrededor la galaxia mobiliaria, aunque otros gadgets, más íntimos, pugnan por atraer la atención de sus habitantes. El sofá, que antes emulaba las gradas del cine, hoy se asemeja a los asientos del metro: individuos unidos pero abstraídos. La caja tonta asume resignadamente su nuevo papel como telón de fondo.

En el comedor está todo lo que nos une con el exterior: las fotos de familia, las facturas, el telediario. Los relojes que marcan el tiempo de fuera, no siempre coincidente con el interno ("¿ya es esta hora?"). Los cuadros con los que queremos decir quiénes somos a los demás: abstractos, pastoriles o posmodernos. Quisiera proseguir con mi explicación, pero tengo que ir al baño. Les seguiré contando desde allí.


Recorridos metafóricos por el hogar


14 diciembre 2014

La cocina

Joan Pau Inarejos
La cocina es nuestro campo de batalla con el mundo. En ella no valen reposos ni devaneos sensuales. Desde el descubrimiento del fuego hasta la vitrocerámica, el lugar de la cocción y transformación de los alimentos tiene algo de lucha doméstica entre naturaleza y cultura. Es el altar de la materia domeñada. 

La cocina es militar, y basta observar las formas y funciones de sus objetos más característicos. Pertrechados con la tapa de la sartén a modo de escudo, hostigamos la carne enemiga. El delantal nos sirve como armadura frente a embestidas y salpicones, al tiempo que empuñamos nuestra lanza embadurnada de sofrito. La bestia gruñe y chisporrotea en el aceite hirviendo, otro elemento evocador de las batallas medievales. Se le pincha y voltea con denuedo, poniendo a prueba su resistencia. Tras la intensa y ruidosa lid, agoniza y se rinde.

La rejilla de los fogones, agreste y metálica, nos recuerda la entrada hostil de los castillos. Su silueta marca el perímetro defensivo de la cocina. Si en el hierro bullen los combates más candentes, a sangre y fuego, los vencidos yacen en las oscuras mazmorras del horno, donde serán consumidos por largo tiempo. Los caídos son arrojados a la fosa común del cubo de la basura, mientras otros tantos se ahogan en las turbias pozas del fregadero. El extractor lo domina todo con su alto y orgulloso torreón.

Concluida la cruzada, paseamos a la víctima por el corredor triunfal del pasillo, e incluso adornamos nuestra victoria con hojas de laurel u otros aromatizantes. Una vez en el comedor, llega la hora del descanso del guerrero. Pero de eso ya hablaremos otro día.



Recorridos metafóricos por el hogar


08 marzo 2014

Pasta de dientes

Joan Pau Inarejos

Hay pocos sabores tan hogareños como el de la pasta de dientes. Ungirse la boca con este aseo mentolado es el ritual previo y necesario para salir al exterior. A veces cohabita con la amargura de un café recién bebido, o con la sequedad de una noche de insomnio. Pero su aroma, impregnado en la lengua, siempre es una especie de recordatorio de nuestra casa.

El dentífrico, como el chicle o el jengibre de los restaurantes japoneses, se ha ganado un estatuto propio en el mundo organoléptico: debe ser saboreado, pero nunca ingerido. Esta sofisticación es muy propia de nuestra especie. Según Desmond Morris (‘El mono desnudo’), la pura degustación, el saboreamiento per se, es una herencia de nuestros padres simios. Y va más allá: tal predisposición nos ha impedido derivar en carnívoros salvajes. El depredador, sin el amortiguador del placer gustativo, busca su recompensa en la persecución del alimento: mata por matar. Nosotros, más que cazadores, somos catadores.

Por eso, hacer burbujas de chicle o entretenerse puntillosamente con el cepillo en la boca, con su aliciente saporífero, deberían ser consideradas conductas altamente civilizadas: en ellas, establecemos un hiato ilustrado entre boca y estómago, una separación entre placer y vida, entre higiene y necesidad. La pasta de dientes es un refinamiento efímero que devolvemos con un escupitajo, igual que los sumilleres cuando han evaluado sus caldos. Sus delicados diseños cromáticos no resisten la alquimia de las fauces y regresan al exterior como una mezcolanza terrosa y deslavazada que nos apresuramos en hacer desaparecer.

Las hay espesas y untuosas como la pintura al óleo, o leves y transparentes como una ráfaga que sólo pretende refrescar. Hay cepillados que nos sacan del letargo insípido y otros que borran el regusto campestre de un fin de semana. Y su propiedad más metafísica: nunca se acaba del todo. Pareciera que uno siempre puede estrujar el tubo en busca de un último sorbo. El dentífrico es una llamada diaria a no darlo todo por perdido.

26 diciembre 2013

Sant Caneló

Joan Pau Inarejos
Deu ser per allò de marcar la diferència, el cas és que els catalans tenim una certa tendència a anar tard en les celebracions. El Nadal està bé, però la gran festa –i el gran tiberi– el fem per Sant Esteve. El mateix per Pasqua: sembla que el Diumenge de Resurrecció només sigui un preàmbul per menjar-se la mona del dilluns. Clarament, anem amb delay.

Els historiadors diuen que aquesta curiosa pulsió del calendari té a veure amb l’antiga pertinença de Catalunya a l’imperi carolingi. Corria el segle IX quan els emperadors centreeuropeus van dictaminar que “l’endemà de cada pasqua seria festiu”. No està clar qui els ho va demanar, però a fe de Carlemany que es van avançar deu segles en el culte als ponts i les seves múltiples advocacions turístiques.

Les festivitats en diferit confirmen tots els estereotips sobre els nadius del nord-est peninsular: gent perepunyetes, que s’ho pensa tot deu vegades, que s’arronsa amb les coses grosses, a qui li agrada descentrar-se. Que gaudeix cultivant la ironia i la sàtira barroca. Gent estalviadora i garrepa: els canelons neixen per donar sortida als excedents de carn del Nadal. Si d’altres nacions tenen el caviar o el foie, les nostres delícies estan fetes d’escorrialles. I això no ho pot dir tothom.

18 octubre 2013

Coberts

Joan Pau Inarejos
La coberteria és un món de caràcters. El ganivet és l’agressivitat; la forquilla, la determinació i el lideratge; la cullera, la maternal i acollidora. I després hi ha les peces majors. Recordo la basarda que em provocava, de petit, obrir un calaix de la cuina i descobrir-hi un d'aquests ganivets majúsculs de tallar la carn. O el batedor dels ous amb el seu mecanisme barroc que calia acompanyar amb un moviment adequat del canell. Sense oblidar l'arrogància còncava del cullerot o les llargues pinces que saben caminar sobre superfícies ardents gràcies a les seves cames de faquir.

Als coberts els hem de demanar, per damunt de tot, coherència i fiabilitat en el seu caràcter. Per això un ganivet arrodonit sempre m'ha semblat una traïció cultural en tota regla, i el mateix aquestes culleres planes, tan tristes i indecises. I que no m'expliquin que si el peix, que si el tipus de plat. Qui ha de tallar, que talli indefectiblement. Qui té el mandat de recollir, que ho faci sense reserves. La perfecció de l'eina humana rau en la seva especialització decidida.

En absència d'urpes i ullals, els coberts formen part del nostre exèrcit de forcejament contra la tosca matèria nutrícia. Avui sabem que els neandertals patien mals de queixal terribles per posar-se directament a la boca tot allò que engrapaven. Els homo sàpiens entronitzem els ordinadors i potser descuidem el carisma elemental que s'amaga en aquest hardware tan antic i domèstic. Que té els seus propis rituals: passar del plàstic al metall és una fita humanitzadora que tots conquerim en la més tendra infantesa. El repicar de les culleretes entre la fumera del cafè és la banda sonora més propícia per a la conversa relaxada i confident. I no citarem la percussió sobre els gots per prendre la paraula en un banquet nupcial, perquè aquest és un abús evident de la cultura del cobert. Punible, fins i tot.


05 octubre 2013

Papel de plata

Joan Pau Inarejos
Hay objetos cotidianos que sorprenden por su nombre aristocrático. Por ejemplo, el papel de plata. A oídos de un extraterrestre, eso de envolver los bocadillos con un mineral precioso debe de ser como atar a los perros con longanizas: un delirante despilfarro. Sin embargo, ahí está el hijo doméstico del aluminio, llenando de brillos efímeros nuestras vidas, abrazando tortillas y embutidos a pesar de las admoniciones de los ecologistas.

El papel de plata es toda una condensación poética: lo sublime y lo pedestre se amalgaman en su piel reluciente. Su voz de tempestad al ser desenrollado anuncia un carácter rudo y jupiterino, pero se torna lo más manso cuando lo doblegamos. Es una plata hogareña y maleable, vecina del estropajo de níquel y dócilmente resignada a su destino como lecho del horno. Ahí y solamente ahí, en las ardientes entrañas de la cocina, se encuentra su nicho y su eterno purgatorio. Nunca hay que olvidar la prohibición ritual de sepultarlo en el microondas, so pena de maldiciones eléctricas.

De niño me fascinaba la vulnerabilidad de este material, oculta bajo una apariencia noble. Hacer una bola de papel de aluminio es envejecerlo para siempre, puesto que jamás se recupera de sus arrugas. Y al revés: contemplar su virgen tersura es como tener entre los dedos una rosa perenne, que nunca va a marchitarse si no es por ti. 

Sólo tiene una vida y la entrega generosamente. Puede proteger las esquinas para que no se salpiquen con la pintura, puede rodear unos cabellos recién teñidos, puede incluso simular el cauce del río en los belenes navideños. Pero será su último servicio. Como mucho, la humilde kryptonita abrillanta un tiempo las papeleras o siembra los patios de los colegios de pequeños asteroides.


17 julio 2013

La ducha

http://e-sinsol.blogspot.com.es/
Joan Pau Inarejos
La ducha es el indiscutible templo de la intimidad. Una intimidad rápida e impresionista: no reflexiona como el váter, no se regodea como el baño, no retiene como la cama. Es un encuentro con nosotros mismos a la vez ligero y purgador.

Algo especial debe de tener ese doméstico chorro de agua para que las almas estresadas de este mundo lo aguarden con tanto anhelo como la comida o la bebida. En cierto modo, llegar a casa y ducharse es como despojarse del traje social y sus muchas poluciones. Puede incluir o no el jabón, pero garantiza una limpieza cotidiana del espíritu.

Hay otra virtud de la ducha y es su potencia escapista, su don evasivo. En invierno, uno puede imaginarse a los pies de una cascada sulfurosa o resguardado en una cueva frente al manto vaporoso de las aguas. En verano, la ducha fría invita a surfear por paisajes mentales de luz y libertad playera. Balneario volcánico o chapuzón pop: todo está permitido en el reino de los ojos cerrados.

Se entiende, pues, que cualquier visitante externo deba ser considerado un intruso o un villano. Tan subjetiva es la jurisdicción de esos cinco minutos que ni siquiera permite observadores, pues allí está desnudo mucho más que nuestro cuerpo. Los topos de la cortina marcan la frontera tácita con el mundo hostil de los demás, y por eso las puñaladas de ‘Psicosis’ representan el crimen por antonomasia. Al cerrar el grifo, una voz interior dice ¡corten!, y volvemos a ser figurantes de la vida real.


Recorridos metafóricos por el hogar

11 abril 2013

Oda a los auriculares


Joan Pau Inarejos
Nuestros objetos más próximos apenas valen nada por sí mismos. Unas gafas, por muy lujosas que sean, no tienen más misión que ver a través de ellas. Las llaves son meros residuos metálicos si no sirven para abrir puertas (debemos embellecerlas con un repertorio de llaveros que, esos sí, concentran experiencias afectivas y viajeras). Lo mismo las humildes tarjetas del transporte público: como mariposas efímeras, pierden todo su colorido al terminar la jornada.

Nuestra vida está plagada de estas cosas discretas y poco pretenciosas. Menudeces instrumentales a las que apenas atendemos, aunque es un hecho que nos acompañan más que nadie. Personalmente, si tuviera que elegir entre toda esta ristra de objetos proletarios, sin duda me quedaría con los auriculares. Con ellos creo entender lo que dicen algunos abuelos al confesar que la televisión les hace compañía. También a mí me conforta saber que tengo a mano este cable tripartito con el que podré fugarme en cualquier momento de la banda sonora de la realidad.

Mis auriculares y yo nos reímos de los fastuosos cascos, novísimos y brillantes, que adornan ciertas cabezas modernas del suburbano. Nos abochornan esos yelmos espartanos del siglo XXI, ya que nosotros preferimos llevar lo nuestro con más intimidad. Con las hebras de cobre agazapadas entre la camisa y el pecho, los tímidos con auriculares somos como un embrión ligado a su cordón umbilical. Temerosos del mundo de afuera, vacilantes en los andares, la música interna nos da una cierta armadura. Cuántas heroicidades haríamos si nos acompañase siempre una buena orquestación de fondo.

Confieso que tiendo a perderlos con frecuencia, y, al comprar otros, entonces para mí es como el alumno que debe acostumbrarse a un nuevo profesor. Su aspecto, su sonido, sus pequeños defectos. Su modernidad chirriante o sus gangosos modos obsoletos. Sin excepción acabo habituándome a ellos, hasta que el azar y mi despiste los vuelven a extraviar, y separan para siempre lo que Samsung había unido.

12 marzo 2013

Les hores brillants


Joan Pau Inarejos
Els rellotges de sol tenen el seu propi món poètic. Ho explica la companya periodista Helena Puigdueta, buscadora infatigable de les perles de la cultura popular a les ones de La Xarxa ràdio. Sota l’agulla o gnòmon del rellotge, que va pintant el temps segons el clarobscur de la llum i l’ombra, sovint s’hi amaguen sentències o petites frases relacionades amb la funció d’aquests objectes tan remots. Entre una àmplia gamma de tuits arcaics, inspirats i variats, n’hi ha un que m’ha captivat especialment: “Sols marco les hores brillants”.

Amb la brevetat i precisió del millor publicitari, el lema diu una veritat meridiana. El rellotge de sol no té pila ni bateria, així que només pot donar fe del pas del temps diürn. És un notari de la llum natural inhabilitat per fer hores extres. Pura constatació científica. Però la frase va més enllà i, sibil·linament, ens parla de la particular psicologia d'aquests plafons de pedra. Mentre els nostres cronòmetres hipermoderns ho marquen tot exhaustivament, segon a segon i sense atendre a les vel·leitats meteorològiques, el rellotge de sol té un punt aristòcrata. Una utopia estètica i vitalista que hauria entusiasmat Nietzsche. Només marco les hores brillants.

No em busqueu quan estigui núvol, quan el dia es panseixi o quan el cel s’encongeixi en una tristor de color de cendra. Sóc un habitant de les grans ocasions, ens diria el rellotge solar si pogués parlar. Un privilegi que també ostenten la novel·la o el cinema: s’estalvien els grisos, se salten les hores mortes i van directament a les escenes més significatives, als instants més emocionants. A les hores brillants. Qui ens hauria dit que el rellotge de sol, amb el seu posat rústic i immòbil, dominaria tan bé l’art de l’el·lipsi, el do de la síntesi que sap garbellar la terra bruta per extreure’n les palletes d’or. A partir d’ara l’envejarem cada cop que ens toqui viure llargues hores de mediocritat.

Foto: rellotge de sol a Gelida (Alt Penedès), Centre Mediterrani del Rellotge de Sol

17 octubre 2012

El huevo


Joan Pau Inarejos
Con el huevo no soy dogmático: si cae bien, me hago un huevo frito; si no, hago huevos revueltos. El ser humano no debería llegar al fogón con ideas prefijadas, a no ser que domine a la perfección el arte de romper la cáscara y verter sobre la sartén la perfecta coalición de la clara y la yema. No hay nada tan falto de interés como un huevo frito aplastado, asimétrico o deshecho: es la señal de un fracaso, la prueba incómoda de una obra no consumada. Esos pobres huevos defectuosos son los mejores candidatos a patito feo en cualquier mesa hogareña, más aún cuando sus vecinos pueden lucir yemas turgentes y jugosas, convenientemente embellecidas con el perejil picado. Formas mamarias que esperan a ser despachurradas con el impulsivo gesto del pedazo de pan… esa destrucción lúdica y efímera, y no ningún placer gastronómico, debe de ser el secreto aliciente de estos platillos volantes que gustan de aterrizar entre valles de beicon o montañas de arroz a la cubana. Así que nunca los abandonéis a su vitrocerámica suerte. Ellos nunca lo harían.


27 julio 2012

Sus cosas y las mías

Joan Pau Inarejos
Cada vez que me voy a afeitar debo enfrentarme a un enredo. Por extrañas circustancias domésticas que no sabría dilucidar, el cable de mi maquinilla siempre amanece embrollado entre sus pulseras y collares. El prosaico enchufe negro se ve rodeado de un coro de anillos y la cuchilla se alza entre un mar de perlas tanto más coloreadas y vistosas conforme llega el verano. Cables y brazaletes se trenzan caprichosamente, cual secuencia improvisada de ADN, y uno se las ve y se las desea para desfacer el entuerto y romper el renuente nudo gordiano.
     Lo sé. Por mucho que me esfuerce, la imagen tiene poco de literaria. Podría hablar de la luz matutina que se cuela en nuestra habitación, o del rumor de los pájaros que anidan en nuestra plaza y se encaraman a las farolas. Pero hay algo muy verdadero en ese enredo de cosas mías y suyas. El conde de Lautréamont decía que la belleza era el encuentro fortuito de una máquina de coser y un paraguas en una mesa de disección. Y a buen seguro no habría nada tan triste como un mundo concebido a imagen y semejanza de uno mismo, perfecto pero sin alma: el sueño estético del ego produce monstruos. 
     Con su desorden irremediable, con su contraste patente, con sus usos y texturas tan dispares, el cable y las pulseras cohabitan promiscuamente, y se han encontrado en el camino sin diseño previo alguno. Si los objetos tuvieran horóscopo, de éstos se diría que son incompatibles, pero a ver quién los separa de su persistente abrazo mestizo.


26 junio 2012

La alcachofa en pie de guerra


Joan Pau Inarejos
 
Seis décadas antes de la movilización contra Eurovegas, Pablo Neruda ya vio el potencial combativo de la alcachofa. En una de sus odas elementales, el Nobel chileno cantó a la verdura “de dulce corazón” que “se vistió de guerrero” y emprendió su marcha militar hacia el mercado. “Bruñida como una granada”, con su cabeza coriácea cual los adustos guerreros de la Pedrera de Gaudí, la hortaliza hoy vuelve a resurgir orgullosa como símbolo incontestable de los defensores del parque agrario del Llobregat. Aquella verdura que, al decir de algunos locutores entusiastas, dio a Pau Gasol su poderío internacional en las canchas, más que nunca se postula como variante local de la poción mágica de los irreductibles galos.

Estresada en el mapa, amenazada por las multinacionales de la identidad, a Catalunya nunca le han faltado emblemas telúricos. Insignas salidas de la misma tierra. Como aquella espardenya monumental, en blanco y negro, que aplastaba una esvástica nazi en el formidable cartel antifascista de Pere Català i Pic. Ahí están los pies rotundos de Miró, compendio del radicalismo payés del Camp de Tarragona. O la hoz de los Segadors, remedo doméstico de la guillotina francesa, desafiando a reyes y expoliadores fiscales desde el rumor de los campos dorados. Hasta podríamos citar el ritual prosaico de los calçots, esporádico telón de fondo de bravatas políticas de fin de semana. En Sant Boi lo tenemos claro: la alcachofa los gana a todos, con su armadura vegetal a prueba de granizos y sequías. Dirán que es una flor inmadura, pero ¿qué revolución se ha hecho sentando la cabeza?

15 junio 2012

Gatos


Joan Pau Inarejos

Cada madrugada, al doblar la esquina de camino al trabajo, un gato me observa. Ha salido de su refugio diurno, un gran descampado rodeado de vallas, y acude puntualmente a la cita, erguido y monumental en medio de la acera. En su Libro del desasosiego, Pessoa quiere ver en la contemplación profunda de los gatos, concentrados ante la luna, un posible indicio de la inteligencia abstracta de los animales. ¿Qué pensará un gato cuando nos mira? No me digan que no es admirable cómo aguanta esos ojos profundos, como mandalas o caleidoscopios, con la tiesura del reptil y la suavidad del mamífero. 

Rebuscador de basura pero también vigía de las estrellas, con razón ha sido tantas veces sospechoso de magia negra y siempre cotizado en las civilizaciones mistéricas. Hay algo de secreto, algún as en la manga de estas criaturas aterciopeladas, que mantienen su inalterable quietud aunque pases a su vera, en las antípodas de la vulgaridad asustadiza de las ovejas y las gallinas. Esa confianza en si mismos. Ese saber que siempre podrán salir corriendo más rápido que tú (música de western entre nosotros dos). Esa envidiable flexibilidad a prueba de alturas y agujeros, buceando por la ciudad, recomponiendo el cuerpo con felina resiliencia y tratando el suelo que pisan con la delicadeza de las bailarinas. 

Si tiene razón José Antonio Marina cuando dice que el arte es esfuerzo convertido en gracia, entonces los gatos son genios, capaces de dominar el escenario sin hacer apenas ruido, consiguiendo el efecto sin que se note el cuidado. Y son lo más parecido al ojo avizor de Dios, porque, cuando te alejas, siempre te siguen mirando.


05 mayo 2012

Nos hiciste llorar sin afligirnos


Joan Pau Inarejos
En una de sus breves y deliciosas pesquisas de detective cultural, como gusta de presentarse José Antonio Marina (suplemento ‘Es’ de La Vanguardia, 5/5/2012), el autor lamenta la “mala reputación” que padecen las verduras en el diccionario, una “campaña de denigración lingüística” que nos impele a dar calazabas, a ver como patatas las cosas que no funcionan o a importarnos todo un comino o, en su defecto, un rábano. Dice el filósofo que “ha llegado la hora de limpiar el honor” de las pobres verduras, víctimas de una asociación clasista con la miseria y con la obscenidad, y sin embargo tan bellas y ricas en vitaminas. Sin olvidar, añadiríamos nosotros, su gran cordialidad y discreción en nuestras entrañas, frente al revanchismo de las carnes, frituras y salsas que, con sus indigestiones camorristas, jamás nos perdonan haberlas comido.

Y para promover esta rehabilitación moral, qué mejor que acudir a la poesía. Pablo Neruda, como recuerda Marina, fue el único que se acordó de las humildes hortalizas. Como la alcachofa, con quien tengo algo personal por mi doble condición de samboyano y de periodista (Sant Boi, tierra de confines agrarios; la radio, sembrada de micrófonos que reciben este apodo verdulero). El genio chileno quiere verles un deje castrense: “La alcachofa / de dulce corazón,/ se vistió de guerrero (…) /  y un día / una con otra / en grandes cestos / de mimbre, caminó / por el mercado / a realizar su sueño: / la milicia. / En hileras / nunca fue tan marcial / como en la feria".

Tampoco olvida Neruda a sus compañeras de huerto: “En el subsuelo / durmió la zanahoria / de bigotes rojos, / la col / se dedicó / a probarse faldas, / el orégano a perfumar el mundo”. Y capítulo aparte para la incomparable cebolla, con su piel redonda, intrincada y cristalina. Para ella tiene el poeta una de las loas más hermosas que se pueden dedicar: “Nos hiciste llorar sin afligirnos”.

27 diciembre 2009

Los ojos



que no saps / que aquesta nit
Los ojos bellos son como las ventanas. En una mañana cualquiera, uno puede sentirse en la soledad del muro y del ladrillo, hasta que sube las persianas y el mundo entra en casa con su fragor de frescura y libertad. Dónde estará ese gorrión que va gorgoriteando; por qué sollozará ese niño en la lejanía; ya zumban las motos y los grandes éxitos de la radio chispean en algún monovolumen pasajero. El día está ahí, el mundo existe, otra vez.

Las ventanas hablan, igual que estos dos ojos abiertos. Hablan de lo que está más allá de ellos, del mundo que existe y que arrulla, y que vuelve a desperezarse a pesar de las lánguidas tristezas de medianoche. Ocurre que la ventana no se ve a sí misma, como tampoco la pupila sabe nada de su don confortante y multiplicador. Sin embargo, ambas son como las lámparas de Tagore: Dios las ama más que a sus grandes estrellas.

Joan Pau Inarejos 27/12/2009