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27 junio 2015
El váter
Joan Pau Inarejos
Prometimos introducirnos en
la parte menos noble del lavabo, en el lado oscuro de la fuerza rectal, y aquí estamos. A diferencia de la ducha, que
ofrece una intimidad rápida y ligera, el ritual de sentarse sobre el retrete
es pura reflexión corporal, y, aunque les cueste creerlo, nos emparenta con el pensador de Rodin; su eterno recogimiento
sobre sí mismo. Al evacuar, estamos concentrados en una sola misión fisiológica,
mientras que la mente queda libre de toda tarea, de toda distracción. Defecar
es un culto al absoluto.
Aunque se quiera adornar
con porcelana y perfumes florales, el váter no deja de recordarnos nuestro principio
más primitivo e indecoroso -al igual que su vergonzante hermano menor, el bidet-, y a la vez es un extraño conducto hacia la pura conciencia.
En este lugar recoleto de la casa –algunos sinónimos, como retrete o excusado, abundan
en esta condición de rincón apartado y proscrito– se producen no pocas
iluminaciones geniales y expansiones internas, liberados como estamos de los consuetudinarios quehaceres del Homo faber.
La pura pasividad del
inodoro es, en efecto, una ocasión propicia para el examen de conciencia, la retrospección
o incluso los planes de futuro. Sin movimiento, sin atención visual, sin las
manos ocupadas, se dan las condiciones óptimas para la abstracción, para la
escapada de nuestras servidumbres espaciotemporales. Hay un secreto placer en la
lentitud de la excreción: nos mantiene amarrados a nosotros mismos, calibrando
pacientemente la materia, prolongando deleitosamente el estado de meditación
laxa.
El paso diario por la fosa elíptica nos permite resolver cosas con nosotros mismos para volver a la sociedad más concisos y desahogados. Es donde gestionamos el caos
para regresar al sistema, donde purgamos la vida de sus espolones y sus
derivaciones residuales. Aparentemente es un lapso incómodo, un paréntesis
indigno de los dietarios, y no digamos ya de la Historia, donde por definición
todo se hace de pie. Pensándolo bien, tirar de la cadena es un acto de orgullo regenerador: lo viejo huye mientras lo nuevo se yergue ufano.
Recorridos metafóricos por el hogar
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Textos de Joan Pau Inarejos sobre objetos cotidianos
24 enero 2015
El comedor
Joan Pau Inarejos
Mientras que la cocina es un campo de batalla, el
comedor es sin duda el lugar del triunfo. Reclinados en el sofá dominamos el
mundo, como los emperadores romanos desde sus plácidos aposentos. En el
cuadrilátero soberano de la casa nos homenajeamos a nosotros mismos tras una
dura jornada laboral o un intenso ejercicio. El comedor es monárquico: en él
vive el rey de la casa.
Todo rey tiene su corte, y ésta se reúne alrededor
de la mesa, al igual que los legendarios caballeros artúricos. Lejos de las subjetividades que
se escoran en las periferias de la vivienda –ducha, dormitorio–, la mesa es la
representación doméstica de la sociedad, con sus discrepancias y sus
afinidades desatadas alegremente sobre la madera. Aquí está legitimado elevar la voz y gesticular con vehemencia, lo
que en la alcoba sería señal de peligro, y en el lavabo de enajenación.
El comedor tiene todas las virtudes diurnas: luz intensa, vitalidad, holgura. No faltan en él todas las iluminaciones posibles, desde el cielo de lámparas hasta el brillo distinguido de la vitrina o el resplandor de las pantallas. Cual astro solar, el televisor sigue organizando a su alrededor la galaxia mobiliaria, aunque otros gadgets, más íntimos, pugnan por atraer la atención de sus habitantes. El sofá, que antes emulaba las gradas del cine, hoy se asemeja a los asientos del metro: individuos unidos pero abstraídos. La caja tonta asume resignadamente su nuevo papel como telón de fondo.
En el comedor está todo lo que nos une con el exterior: las fotos de familia, las facturas, el telediario. Los relojes que marcan el tiempo de fuera, no siempre coincidente con el interno ("¿ya es esta hora?"). Los cuadros con los que queremos decir quiénes somos a los demás: abstractos, pastoriles o posmodernos. Quisiera proseguir con mi explicación, pero tengo que ir al baño. Les seguiré contando desde allí.
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14 diciembre 2014
La cocina
Joan Pau Inarejos
La cocina es nuestro campo de
batalla con el mundo. En ella no valen reposos ni devaneos sensuales. Desde
el descubrimiento del fuego hasta la vitrocerámica, el lugar de la cocción y transformación
de los alimentos tiene algo de lucha doméstica entre naturaleza y cultura. Es
el altar de la materia domeñada.
La cocina es militar, y basta observar las formas y funciones de sus objetos más característicos. Pertrechados con la tapa de la sartén a modo de escudo, hostigamos la
carne enemiga. El delantal nos sirve como armadura frente a embestidas y
salpicones, al tiempo que empuñamos nuestra lanza embadurnada de sofrito. La bestia gruñe y chisporrotea en el aceite hirviendo, otro elemento evocador de las
batallas medievales. Se le pincha y voltea con denuedo, poniendo a prueba su resistencia. Tras la intensa y ruidosa lid, agoniza y se rinde.
La rejilla de los fogones, agreste y metálica, nos recuerda la entrada hostil
de los castillos. Su silueta marca el perímetro defensivo de la cocina. Si en el hierro bullen los combates más candentes, a sangre y fuego, los vencidos yacen en las oscuras mazmorras del horno,
donde serán consumidos por largo tiempo. Los caídos son arrojados a la fosa común del cubo de la basura, mientras otros tantos se ahogan en las turbias pozas del fregadero. El extractor lo domina todo con su alto y orgulloso torreón.
Concluida la cruzada, paseamos a la víctima por el corredor triunfal del pasillo, e incluso adornamos nuestra victoria con hojas de laurel u otros aromatizantes. Una vez en el comedor, llega la hora del descanso del guerrero. Pero de eso ya hablaremos otro día.
Recorridos metafóricos por el hogar
08 marzo 2014
Pasta de dientes
Joan Pau Inarejos
Hay pocos sabores
tan hogareños como el de la pasta de dientes. Ungirse la boca con este aseo
mentolado es el ritual previo y necesario para salir al exterior. A veces cohabita
con la amargura de un café recién bebido, o con la sequedad de una noche de
insomnio. Pero su aroma, impregnado en la lengua, siempre es una especie de recordatorio de
nuestra casa.
El dentífrico, como
el chicle o el jengibre de los restaurantes japoneses, se ha ganado un estatuto propio
en el mundo organoléptico: debe ser saboreado, pero nunca ingerido. Esta sofisticación
es muy propia de nuestra especie. Según Desmond Morris (‘El mono desnudo’), la
pura degustación, el saboreamiento per se,
es una herencia de nuestros padres simios. Y va más allá: tal predisposición nos
ha impedido derivar en carnívoros salvajes. El depredador, sin el amortiguador del
placer gustativo, busca su recompensa en la persecución del alimento: mata por
matar. Nosotros, más que cazadores, somos catadores.
Por eso, hacer
burbujas de chicle o entretenerse puntillosamente con el cepillo en la boca, con su aliciente saporífero, deberían ser consideradas conductas altamente civilizadas: en ellas,
establecemos un hiato ilustrado entre boca y estómago, una separación entre placer y vida,
entre higiene y necesidad. La pasta de dientes es un refinamiento efímero que devolvemos con un escupitajo, igual que los sumilleres cuando han evaluado sus caldos. Sus delicados diseños cromáticos no resisten la alquimia de las fauces y regresan al exterior como una mezcolanza terrosa y deslavazada que nos apresuramos en hacer desaparecer.
Las hay espesas y untuosas como la pintura al óleo, o leves y transparentes como una ráfaga que sólo pretende refrescar. Hay cepillados que nos sacan del letargo insípido y otros que borran el regusto campestre de un fin de semana. Y su propiedad más metafísica: nunca se acaba del todo. Pareciera que uno siempre puede estrujar el tubo en busca de un último sorbo. El dentífrico es una llamada diaria a no darlo todo por perdido.
26 diciembre 2013
Sant Caneló
Joan Pau Inarejos
Deu ser per allò de marcar la
diferència, el cas és que els catalans tenim una certa tendència a anar tard en les
celebracions. El Nadal està bé, però la gran festa –i el gran tiberi– el fem
per Sant Esteve. El mateix per Pasqua: sembla que el Diumenge de Resurrecció
només sigui un preàmbul per menjar-se la mona del dilluns. Clarament, anem amb delay.
Els historiadors diuen que
aquesta curiosa pulsió del calendari té a veure amb l’antiga pertinença de Catalunya
a l’imperi carolingi. Corria el segle IX quan els emperadors centreeuropeus van dictaminar que “l’endemà
de cada pasqua seria festiu”. No està clar qui els ho va demanar, però a fe de Carlemany que es van avançar deu segles en el culte als ponts i les seves múltiples
advocacions turístiques.
Les festivitats en diferit
confirmen tots els estereotips sobre els nadius del nord-est peninsular: gent
perepunyetes, que s’ho pensa tot deu vegades, que s’arronsa amb les coses
grosses, a qui li agrada descentrar-se. Que gaudeix cultivant la ironia i la
sàtira barroca. Gent estalviadora i garrepa: els canelons neixen per donar
sortida als excedents de carn del Nadal. Si d’altres nacions tenen el caviar o el foie, les nostres delícies estan fetes d’escorrialles. I això no ho pot dir tothom.
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18 octubre 2013
Coberts
Joan Pau Inarejos
Als coberts els hem de demanar, per damunt de tot, coherència i fiabilitat en el seu caràcter. Per això un ganivet arrodonit sempre m'ha semblat una traïció cultural en tota regla, i el mateix aquestes culleres planes, tan tristes i indecises. I que no m'expliquin que si el peix, que si el tipus de plat. Qui ha de tallar, que talli indefectiblement. Qui té el mandat de recollir, que ho faci sense reserves. La perfecció de l'eina humana rau en la seva especialització decidida.
En absència d'urpes i ullals, els coberts formen part del nostre exèrcit de forcejament contra la tosca matèria nutrícia. Avui sabem que els neandertals patien mals de queixal terribles per posar-se directament a la boca tot allò que engrapaven. Els homo sàpiens entronitzem els ordinadors i potser descuidem el carisma elemental que s'amaga en aquest hardware tan antic i domèstic. Que té els seus propis rituals: passar del plàstic al metall és una fita humanitzadora que tots conquerim en la més tendra infantesa. El repicar de les culleretes entre la fumera del cafè és la banda sonora més propícia per a la conversa relaxada i confident. I no citarem la percussió sobre els gots per prendre la paraula en un banquet nupcial, perquè aquest és un abús evident de la cultura del cobert. Punible, fins i tot.
05 octubre 2013
Papel de plata
Joan Pau Inarejos
Hay objetos
cotidianos que sorprenden por su nombre aristocrático. Por ejemplo, el papel de
plata. A oídos de un extraterrestre, eso de envolver los bocadillos con un
mineral precioso debe de ser como atar a los perros con longanizas: un
delirante despilfarro. Sin embargo, ahí está el hijo doméstico del aluminio,
llenando de brillos efímeros nuestras vidas, abrazando tortillas y embutidos a
pesar de las admoniciones de los ecologistas.
El papel de
plata es toda una condensación poética: lo sublime y lo pedestre se amalgaman en su
piel reluciente. Su voz de tempestad al ser desenrollado anuncia un carácter
rudo y jupiterino, pero se torna lo más manso cuando lo doblegamos. Es una plata
hogareña y maleable, vecina del estropajo de níquel y dócilmente resignada a su
destino como lecho del horno. Ahí y solamente ahí, en las ardientes entrañas de la cocina, se encuentra su
nicho y su eterno purgatorio. Nunca hay que olvidar la prohibición ritual de
sepultarlo en el microondas, so pena de maldiciones eléctricas.
De niño me
fascinaba la vulnerabilidad de este material, oculta bajo una apariencia noble.
Hacer una bola de papel de aluminio es envejecerlo para siempre, puesto que
jamás se recupera de sus arrugas. Y al revés: contemplar su virgen tersura es
como tener entre los dedos una rosa perenne, que nunca va a marchitarse si no
es por ti.
Sólo tiene una
vida y la entrega generosamente. Puede proteger las esquinas para que no se
salpiquen con la pintura, puede rodear unos cabellos recién teñidos, puede
incluso simular el cauce del río en los belenes navideños. Pero será su último
servicio. Como mucho, la humilde kryptonita abrillanta un tiempo las papeleras o siembra los patios de los colegios de pequeños asteroides.
17 julio 2013
La ducha
![]() |
| http://e-sinsol.blogspot.com.es/ |
Joan Pau Inarejos
La ducha es el indiscutible
templo de la intimidad. Una intimidad rápida e impresionista: no reflexiona
como el váter, no se regodea como el baño, no retiene como la cama. Es un
encuentro con nosotros mismos a la vez ligero y purgador.
Algo especial debe
de tener ese doméstico chorro de agua para que las almas estresadas de este
mundo lo aguarden con tanto anhelo como la comida o la bebida. En cierto modo,
llegar a casa y ducharse es como despojarse del traje social y sus muchas
poluciones. Puede incluir o no el jabón, pero garantiza una limpieza cotidiana
del espíritu.
Hay otra virtud de
la ducha y es su potencia escapista, su don evasivo. En invierno, uno puede
imaginarse a los pies de una cascada sulfurosa o resguardado en una cueva
frente al manto vaporoso de las aguas. En verano, la ducha fría invita a
surfear por paisajes mentales de luz y libertad playera. Balneario volcánico o
chapuzón pop: todo está permitido en el reino de los ojos cerrados.
Se entiende, pues,
que cualquier visitante externo deba ser considerado un intruso o un villano. Tan
subjetiva es la jurisdicción de esos cinco minutos que ni siquiera permite
observadores, pues allí está desnudo mucho más que nuestro cuerpo. Los topos de
la cortina marcan la frontera tácita con el mundo hostil de los demás, y por eso las puñaladas de ‘Psicosis’ representan el crimen por antonomasia. Al
cerrar el grifo, una voz interior dice ¡corten!, y volvemos a ser figurantes de
la vida real.
Recorridos metafóricos por el hogar
11 abril 2013
Oda a los auriculares
Joan Pau Inarejos
Nuestros objetos más próximos apenas valen nada por sí mismos.
Unas gafas, por muy lujosas que sean, no tienen más misión que ver a través de ellas.
Las llaves son meros residuos metálicos si no sirven para abrir puertas
(debemos embellecerlas con un repertorio de llaveros que, esos sí, concentran
experiencias afectivas y viajeras). Lo mismo las humildes tarjetas del
transporte público: como mariposas efímeras, pierden todo su colorido al
terminar la jornada.
Nuestra vida está plagada de estas cosas discretas y poco
pretenciosas. Menudeces instrumentales a las que apenas atendemos, aunque es un hecho que nos
acompañan más que nadie. Personalmente, si tuviera que elegir entre toda esta
ristra de objetos proletarios, sin duda me quedaría con los auriculares. Con
ellos creo entender lo que dicen algunos abuelos al confesar que la televisión
les hace compañía. También a mí me conforta saber que tengo a mano este cable
tripartito con el que podré fugarme en cualquier momento de la banda sonora de la
realidad.
Mis auriculares y yo nos reímos de los fastuosos cascos,
novísimos y brillantes, que adornan ciertas cabezas modernas del suburbano. Nos
abochornan esos yelmos espartanos del siglo XXI, ya que nosotros preferimos
llevar lo nuestro con más intimidad. Con las hebras de cobre agazapadas entre
la camisa y el pecho, los tímidos con auriculares somos como un embrión ligado
a su cordón umbilical. Temerosos del mundo de afuera, vacilantes en los
andares, la música interna nos da una cierta armadura. Cuántas heroicidades
haríamos si nos acompañase siempre una buena orquestación de fondo.
Confieso que tiendo a perderlos con frecuencia, y, al comprar otros, entonces para
mí es como el alumno que debe acostumbrarse a un nuevo profesor. Su aspecto, su
sonido, sus pequeños defectos. Su modernidad chirriante o sus gangosos modos
obsoletos. Sin excepción acabo habituándome a ellos, hasta que el azar y mi despiste los vuelven a extraviar, y separan para siempre lo que Samsung había unido.
12 marzo 2013
Les hores brillants
Joan Pau Inarejos
Els rellotges de sol tenen el seu
propi món poètic. Ho explica la companya periodista Helena Puigdueta, buscadora
infatigable de les perles de la cultura popular a les ones de La Xarxa ràdio.
Sota l’agulla o gnòmon del rellotge, que va pintant el temps segons el
clarobscur de la llum i l’ombra, sovint s’hi amaguen sentències o petites frases
relacionades amb la funció d’aquests objectes tan remots. Entre una àmplia gamma de tuits arcaics, inspirats i variats, n’hi
ha un que m’ha captivat especialment: “Sols marco les hores brillants”.
Amb la brevetat i precisió del millor publicitari, el lema diu una
veritat meridiana. El rellotge de sol no té pila ni bateria, així que només pot
donar fe del pas del temps diürn. És un notari de la llum natural inhabilitat per fer hores extres. Pura constatació
científica. Però la frase va més enllà i, sibil·linament, ens parla de la
particular psicologia d'aquests plafons de pedra. Mentre els nostres cronòmetres
hipermoderns ho marquen tot exhaustivament, segon a segon i sense atendre a les
vel·leitats meteorològiques, el rellotge de sol té un punt aristòcrata. Una
utopia estètica i vitalista que hauria entusiasmat Nietzsche. Només marco les
hores brillants.
No em busqueu quan estigui núvol,
quan el dia es panseixi o quan el cel s’encongeixi en una tristor de color de
cendra. Sóc un habitant de les grans ocasions, ens diria el rellotge solar si pogués
parlar. Un privilegi que també ostenten la novel·la o el cinema: s’estalvien els
grisos, se salten les hores mortes i van directament a les escenes més
significatives, als instants més emocionants. A les hores brillants. Qui ens
hauria dit que el rellotge de sol, amb el seu posat rústic i immòbil, dominaria
tan bé l’art de l’el·lipsi, el do de la síntesi que sap garbellar la terra
bruta per extreure’n les palletes d’or. A partir d’ara l’envejarem cada cop que
ens toqui viure llargues hores de mediocritat.
Foto: rellotge de sol a Gelida (Alt Penedès), Centre
Mediterrani del Rellotge de Sol
17 octubre 2012
El huevo
Joan Pau Inarejos
Con el huevo no soy dogmático: si cae bien, me hago un huevo frito; si no,
hago huevos revueltos. El ser humano no debería llegar al fogón con ideas
prefijadas, a no ser que domine a la perfección el arte de romper la cáscara y verter
sobre la sartén la perfecta coalición de la clara y la yema. No hay nada tan
falto de interés como un huevo frito aplastado, asimétrico o deshecho: es la
señal de un fracaso, la prueba incómoda de una obra no consumada. Esos pobres
huevos defectuosos son los mejores candidatos a patito feo en cualquier mesa
hogareña, más aún cuando sus vecinos pueden lucir yemas turgentes y jugosas,
convenientemente embellecidas con el perejil picado. Formas mamarias que
esperan a ser despachurradas con el impulsivo gesto del pedazo de pan… esa
destrucción lúdica y efímera, y no ningún placer gastronómico, debe de ser el secreto
aliciente de estos platillos volantes que gustan de aterrizar entre valles de
beicon o montañas de arroz a la cubana. Así que nunca los abandonéis a su
vitrocerámica suerte. Ellos nunca lo harían.
27 julio 2012
Sus cosas y las mías
Joan Pau Inarejos
Cada vez que me voy a afeitar debo enfrentarme a un enredo. Por extrañas
circustancias domésticas que no sabría dilucidar, el cable de mi maquinilla
siempre amanece embrollado entre sus pulseras y collares. El prosaico enchufe
negro se ve rodeado de un coro de anillos y la cuchilla se alza entre un mar de
perlas tanto más coloreadas y vistosas conforme llega el verano. Cables y
brazaletes se trenzan caprichosamente, cual secuencia improvisada de ADN, y uno
se las ve y se las desea para desfacer el entuerto y romper el renuente nudo
gordiano.
Lo sé. Por mucho que me esfuerce, la imagen tiene poco de literaria.
Podría hablar de la luz matutina que se cuela en nuestra habitación, o del
rumor de los pájaros que anidan en nuestra plaza y se encaraman a las farolas.
Pero hay algo muy verdadero en ese enredo de cosas mías y suyas. El conde de
Lautréamont decía que la belleza era el encuentro fortuito de una máquina de
coser y un paraguas en una mesa de disección. Y a buen seguro no habría nada
tan triste como un mundo concebido a imagen y semejanza de uno mismo, perfecto
pero sin alma: el sueño estético del ego produce monstruos.
Con su desorden irremediable, con su contraste patente, con sus usos y texturas tan dispares, el cable y las pulseras cohabitan promiscuamente, y se han encontrado en el camino sin diseño previo alguno. Si los objetos tuvieran horóscopo, de éstos se diría que son incompatibles, pero a ver quién los separa de su persistente abrazo mestizo.
Con su desorden irremediable, con su contraste patente, con sus usos y texturas tan dispares, el cable y las pulseras cohabitan promiscuamente, y se han encontrado en el camino sin diseño previo alguno. Si los objetos tuvieran horóscopo, de éstos se diría que son incompatibles, pero a ver quién los separa de su persistente abrazo mestizo.
26 junio 2012
La alcachofa en pie de guerra
Joan Pau Inarejos
Seis décadas antes de la movilización contra Eurovegas, Pablo Neruda ya
vio el potencial combativo de la alcachofa. En una de sus odas elementales, el Nobel chileno cantó a la verdura “de dulce
corazón” que “se vistió de guerrero” y emprendió su marcha militar hacia el
mercado. “Bruñida como una granada”, con su cabeza coriácea cual los adustos
guerreros de la Pedrera de Gaudí, la hortaliza hoy vuelve a resurgir orgullosa como
símbolo incontestable de los defensores del parque agrario del Llobregat.
Aquella verdura que, al decir de algunos locutores entusiastas, dio a Pau Gasol
su poderío internacional en las canchas, más que nunca se postula como variante
local de la poción mágica de los irreductibles galos.
Estresada en el mapa, amenazada por las multinacionales de la identidad, a
Catalunya nunca le han faltado emblemas telúricos. Insignas salidas de la
misma tierra. Como aquella espardenya
monumental, en blanco y negro, que aplastaba una esvástica nazi en el
formidable cartel antifascista de Pere Català i Pic. Ahí están los pies rotundos de Miró,
compendio del radicalismo payés del Camp de Tarragona. O la hoz de
los Segadors, remedo doméstico de la
guillotina francesa, desafiando a reyes y expoliadores fiscales desde el rumor
de los campos dorados. Hasta podríamos citar el ritual prosaico de los calçots, esporádico telón de fondo de
bravatas políticas de fin de semana. En Sant Boi lo tenemos claro: la alcachofa
los gana a todos, con su armadura vegetal a prueba de granizos y sequías. Dirán que es una flor inmadura, pero ¿qué revolución se ha hecho sentando la cabeza?
15 junio 2012
Gatos
Joan Pau Inarejos
Cada madrugada, al doblar la esquina de camino al trabajo, un gato me
observa. Ha salido de su refugio diurno, un gran descampado rodeado de vallas,
y acude puntualmente a la cita, erguido y monumental en medio de la acera. En
su Libro del desasosiego, Pessoa
quiere ver en la contemplación profunda de los gatos, concentrados ante la luna,
un posible indicio de la inteligencia abstracta de los animales. ¿Qué pensará
un gato cuando nos mira? No me digan que no es admirable cómo aguanta esos ojos
profundos, como mandalas o caleidoscopios, con la tiesura del reptil y la
suavidad del mamífero.
Rebuscador de basura pero también vigía de las estrellas, con razón ha sido tantas veces sospechoso de magia negra y siempre cotizado en las civilizaciones mistéricas. Hay algo de secreto, algún as en la manga de estas criaturas aterciopeladas, que mantienen su inalterable quietud aunque pases a su vera, en las antípodas de la vulgaridad asustadiza de las ovejas y las gallinas. Esa confianza en si mismos. Ese saber que siempre podrán salir corriendo más rápido que tú (música de western entre nosotros dos). Esa envidiable flexibilidad a prueba de alturas y agujeros, buceando por la ciudad, recomponiendo el cuerpo con felina resiliencia y tratando el suelo que pisan con la delicadeza de las bailarinas.
Si tiene razón José Antonio Marina cuando dice que el arte es esfuerzo convertido en gracia, entonces los gatos son genios, capaces de dominar el escenario sin hacer apenas ruido, consiguiendo el efecto sin que se note el cuidado. Y son lo más parecido al ojo avizor de Dios, porque, cuando te alejas, siempre te siguen mirando.
Rebuscador de basura pero también vigía de las estrellas, con razón ha sido tantas veces sospechoso de magia negra y siempre cotizado en las civilizaciones mistéricas. Hay algo de secreto, algún as en la manga de estas criaturas aterciopeladas, que mantienen su inalterable quietud aunque pases a su vera, en las antípodas de la vulgaridad asustadiza de las ovejas y las gallinas. Esa confianza en si mismos. Ese saber que siempre podrán salir corriendo más rápido que tú (música de western entre nosotros dos). Esa envidiable flexibilidad a prueba de alturas y agujeros, buceando por la ciudad, recomponiendo el cuerpo con felina resiliencia y tratando el suelo que pisan con la delicadeza de las bailarinas.
Si tiene razón José Antonio Marina cuando dice que el arte es esfuerzo convertido en gracia, entonces los gatos son genios, capaces de dominar el escenario sin hacer apenas ruido, consiguiendo el efecto sin que se note el cuidado. Y son lo más parecido al ojo avizor de Dios, porque, cuando te alejas, siempre te siguen mirando.
05 mayo 2012
Nos hiciste llorar sin afligirnos
Joan Pau Inarejos
En una de sus breves y deliciosas pesquisas de detective cultural, como
gusta de presentarse José Antonio Marina (suplemento ‘Es’ de La Vanguardia,
5/5/2012), el autor lamenta la “mala reputación” que padecen las verduras en el
diccionario, una “campaña de denigración lingüística” que nos impele a dar calazabas, a ver como patatas las cosas que no funcionan o a importarnos
todo un comino o, en su defecto, un rábano. Dice el filósofo que “ha llegado
la hora de limpiar el honor” de las pobres verduras, víctimas de una asociación
clasista con la miseria y con la obscenidad, y sin embargo tan bellas y ricas en
vitaminas. Sin olvidar, añadiríamos nosotros, su gran cordialidad y discreción
en nuestras entrañas, frente al revanchismo de las carnes, frituras y salsas
que, con sus indigestiones camorristas, jamás nos perdonan haberlas comido.
Y para promover esta rehabilitación moral, qué mejor que acudir a la
poesía. Pablo Neruda, como recuerda Marina, fue el único que se acordó de las
humildes hortalizas. Como la alcachofa, con quien tengo algo personal por mi
doble condición de samboyano y de periodista (Sant Boi, tierra de confines
agrarios; la radio, sembrada de micrófonos que reciben este apodo verdulero). El
genio chileno quiere verles un deje castrense: “La alcachofa / de dulce
corazón,/ se vistió de guerrero (…) / y
un día / una con otra / en grandes cestos / de mimbre, caminó / por el mercado
/ a realizar su sueño: / la milicia. / En hileras / nunca fue tan marcial /
como en la feria".
Tampoco olvida Neruda a sus compañeras de huerto: “En el subsuelo / durmió la zanahoria / de bigotes rojos, / la col / se
dedicó / a probarse faldas, / el orégano a perfumar el mundo”. Y capítulo
aparte para la incomparable cebolla, con su piel redonda, intrincada y
cristalina. Para ella tiene el poeta una de las loas más hermosas que se pueden
dedicar: “Nos hiciste llorar sin afligirnos”.
27 diciembre 2009
Los ojos
Los ojos bellos son como las ventanas. En una mañana
cualquiera, uno puede sentirse en la soledad del muro y del ladrillo, hasta que
sube las persianas y el mundo entra en casa con su fragor de frescura y
libertad. Dónde estará ese gorrión que va gorgoriteando; por qué sollozará ese
niño en la lejanía; ya zumban las motos y los grandes éxitos de la radio
chispean en algún monovolumen pasajero. El día está ahí, el mundo existe, otra
vez.
Las ventanas hablan, igual que estos dos ojos abiertos.
Hablan de lo que está más allá de ellos, del mundo que existe y que arrulla, y
que vuelve a desperezarse a pesar de las lánguidas tristezas de medianoche.
Ocurre que la ventana no se ve a sí misma, como tampoco la pupila sabe nada de
su don confortante y multiplicador. Sin embargo, ambas son como las lámparas de
Tagore: Dios las ama más que a sus grandes estrellas.
Joan Pau Inarejos 27/12/2009
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