04 julio 2014
Sobre eruditos e intempestivos
26 enero 2007
Nietzsche traicionado por la esvástica
Una raza de señores incultos balbuceando la voluntad de poder ha asumido al fin la “deformidad antisemita” a la que Nietzsche no cesó de despreciar (…). Defensor del gusto clásico, de la ironía, de la frugal impertincencia, aristócrata que supo decir que la aristocracia consiste en practicar la virtud sin preguntarse por qué, y que hay que dudar de un hombre que necesitaría razones para seguir siendo honrado (…), su propio país, a los treinta años de su muerte, lo erigió en maestro de mentira y de violencia e hizo odiosas nociones y virtudes que su sacrificio había hecho admirables (…).
Se conocen sin duda filosofías que han sido traducidas y traicionadas en la historia. Pero hasta Nietzsche y el nacionalsocialismo no existía ejemplo de que un pensamiento enteramente iluminado por la nobleza y los desgarramientos de un alma excepcional fuera ilustrado a los ojos del mundo por un desfile de mentiras, y por el espantoso amontonamiento de los cadáveres concentracionarios. La fabricación metódica de infrahombres resultante de la predicación del superhombre, he aquí el hecho que debe denunciarse sin la menor duda.
ALBERT CAMUS, ‘EL HOMBRE REBELDE’ (1951)
"El arco más tenso que existe"
ALBERT CAMUS, ‘EL HOMBRE REBELDE’ (1951)
Nietzsche al menos no se esquiva. Contesta y su contestación está en el riesgo: Damocles nunca danza mejor que bajo la espada. Hay que aceptar lo inaceptable y sostenerse en lo insostenible (…). Así, de la desesperación absoluta brotará la alegría infinita; de la servidumbre ciega, la libertad sin condición. Ser libre es precisamente abolir los fines (…).
La adhesión total a una necesidad total, tal es su definición paradójica de la libertad. La pregunta “¿libre de qué?” es sustituída entonces por “¿libre para qué?”. La libertad coincide con el heroísmo. Es el ascetismo del gran hombre, “el arco más tenso que existe” (…).
ALBERT CAMUS, ‘EL HOMBRE REBELDE’ (1951)
Condenados a la libertad
En este mundo desembarazado de Dios y de las ideas morales, el hombre vive ahora solitario y sin dueño. Nadie menos que Nietzsche, y en este sentido se distingue de los románticos, ha dejado creer que tal libertad podía resultar fácil (…). A partir del momento en que el hombre ya no cree en Dios, ni en la vida inmortal, se hace “responsable de todo lo que vive, de todo lo que, nacido del dolor, está condenado a sufrir de la vida”.
Es a él, a él sólo, a quien toca encontrar el orden y la ley. Entonces comienza el tiempo de los réprobos, la búsqueda extenuante de las justificaciones, la nostalgia sin objetivo, “la cuestión más dolorosa, la más desgarradora, la del corazón que se pregunta: ¿dónde podría sentirme en mi casa?” (…).
Dicho de otro modo, con Nietzsche la rebeldía conduce a la ascesis. Una lógica más profunda sustituye entonces el “Si nada es verdad, todo está permitido” de Karamazov por un “Si nada es verdad, nada está permitido” (…). Donde nadie puede decir ya qué es negro y qué es blanco, la luz se apaga y la libertad se convierte en prisión voluntaria.
A este callejón sin salida al que empuja metódicamente su nihilismo cabe decir que se precipita Nietzsche con una especie de júbilo horrible (…). Si entonces el hombre no quiere perecer entre los nudos que lo ahogan, tendrá que cortarlos de un solo golpe, y crear sus propios valores (…). “Cuando no se encuentra la grandeza en Dios –dice Nietzsche- no se la encuentra en parte alguna; hay que negarla o crearla”. Negarla era la tarea del mundo que lo rodeaba y al que veía correr al suicido. Crearla fue la tarea sobrehumana por la que quiso morir.
ALBERT CAMUS, ‘EL HOMBRE REBELDE’ (1951)
15 agosto 2005
Nietzsche, tápate los oídos

Para Schopenhauer, el perdón es el secreto del universo que dormita bajo el mar de Galilea
Estas palabras que parecen tan fatalistas esconden una honda sabiduría. Nietzsche decía que "el cristianismo es rebaño" y se reía de todos los pensadores que, como Schopenhauer, ensalzaban la moral cristiana. Y es que Schopenhauer interpreta la compasión como el acto más heroico y solitario posible. Para él, el perdón no es un opio dulzón para cohesionar la comunidad, sino el secreto del universo que dormita bajo las aguas del lago de Galilea. Sin dejar de ser ateo, Schopenhauer queda impresionado por la figura del cristiano, porque es aquel que no se une al linchamiento, que, en palabras de René Girard, rompe el círculo de la violencia mimética. Es el verdadero rebelde, porque su enemigo, aquello a lo que se enfrenta, no es otro hombre, sino el hombre mismo, la condición humana.
¿Qué condición? La Biblia lo llama 'pecado original' y enseguida nosotros nos llevamos las manos a la cabeza y pensamos en una culpa primigenia. Pero este 'pecado' es mucho más: es aquello en lo que consistimos, de lo que estamos hechos. Lo necesitamos porque de él depende todo nuestro color, todo nuestro apetito. Es el mismo impulso que nos lleva a comer y a matar. Perdonar al verdugo, entonces, es romper con las tablas, detener la rueda, salir de la corriente. El perdón, por encima de la justicia, no es la decadencia sino la victoria. ¿El cristiano es el superhombre? Ya oigo a Nietzsche revolviéndose en la tumba.
foto: 'Jesús en el lago de Galilea', de TINTORETTO
14 agosto 2005
Crear y conservar: ¿dos morales?
Sin la energía creadora, los traqueteos de la moral cerrada oxidarían la sociedad
Y si Abraham ‘crea’ el valor de la fe en los mundos politeístas, Jesucristo, dice Bergson, desborda la antigua moral del judaísmo. ‘Habéis oído que se dijo: ojo por ojo, diente por diente. Pues yo os digo: amad a vuestros enemigos’. Esta frase de Jesús recoge la novedad celular del cristianismo, una moral abierta del amor y el perdón que supera el sentido judío de la justicia. El cristiano es libre porque está dispuesto a morir en el circo. La ‘obra de arte’, el Reino de los Cielos, está por encima de la propia conservación.
foto: Dios de Michelangelo en la Capilla Sixtina
El enigma Nietzsche

Nietzsche denuncia al cristianismo por su deriva banal y socialista, y al mismo tiempo por su gravedad platónica
Nietzsche no se hace entender. Por una parte, parece que defienda al ‘hombre’ (al gran hombre, por supuesto, al ‘superhombre’) frente al gregarismo cristiano, marxista y democrático, frente a la 'masa mediocre'. El superhombre no es un ser hecho a la medida de la audiencia (el electorado, el mercado, el panóptico social) sino una obra de arte curtida en el dolor y la interioridad, cuya belleza racial emerge de la madurez. Es todo lo contrario del hombre superficial, ‘vuelto afuera’, pendiente de la aprobación y esclavo de los afectos. Este hombre no se desvive por el consenso y el mayoritarismo, porque su verdad filosófica es profunda e innegociable. Este hombre tiene la cultura de la interioridad por la que claman Heidegger, Gadamer, Scheler y todos los ‘viejos europeos’.
Pero al mismo tiempo está el Nietzsche filólogo, deconstructor y enemigo acérrimo del ‘sujeto’ en tanto que recalcitrante mito burgués. Para el filósofo alemán la verdad no es más que una ‘metáfora sedimentada’, una obra de arte absolutizada. Lo que era juego versátil en la joven Grecia se ha convertido en dogma inamovible. Contra la mentira platónica va la sentencia: ‘no hay verdad sino lenguaje'.
Véase la paradoja: el Nietzsche humanista reprocha al cristianismo socialista ser demasiado banal, gallináceo, carecer de fe y arrojo, ser tristemente “superficial”. En cambio, el Nietzsche filólogo carga las tintas contra el cristianismo platónico por la razón contraria: su ridícula “profundidad”, la grave creencia en el ser y en la verdad. El superhombre parece un titán de la naturaleza, una superrealidad, pero, ¡ay! Nietzsche nos confunde diciendo que ‘nada es’, que ‘todo fluye’, al más puro estilo de Heráclito. En el mundo y en el hombre no hay alma ni personalidad, sino el crepitar constante de muchos fuegos: ‘el mundo es un monstruo de muchas cabezas'.
¿Qué reivindica pues 'el filósofo del martillo'? ¿La liberación del hombre o bien la disolución del sujeto y el olvido de todo humanismo? ¿Es un romántico tremendo o un siniestro intelectual?
JOAN PAU INAREJOS, julio 2004
foto: 'Nietzsche', de Edvard MUNCH
19 marzo 2005
Nietzsche y el Holocausto
De todos los desastres de los dos últimos siglos, el más significativo es la destrucción sistemática del pueblo judío por el nacionalsocialismo alemán. Nada más corriente, sin duda, en la historia humana, que las matanzas. Pero el genocidio hitleriano es algo distinto. Y aunque se remita sin duda a la larga historia de las persecuciones antisemitas en el Occidente cristiano, esa nefasta tradición no lo explica todo. Los nazis se apoyaban en el pensador que descubre la vocación victimaria del cristianismo en el plano antropológico: Friedrich Nietzsche.
Nietzsche fue el primer filósofo que comprendió que la violencia colectiva de los mitos y los ritos (todo lo que él llamaba 'Dioniso') es del mismo tipo que la violencia de la Pasión. La diferencia, según él, no estriba en los 'hechos', sino en su interpretación: "Dioniso y el Crucificado: ésta es realmente la oposición".
Para desacreditar a lo judeocristiano, Nietzsche se esfuerza en demostrar que su toma de posición en favor de las víctimas tiene sus raíces en un mezquino resentimiento. Señala que los primeros cristianos pertenecían, sobre todo, a las clases inferiores, y los acusa de simpatizar con las víctimas para satisfacer su resentimiento contra el paganismo aristocrático. La famosa 'moral de los esclavos'.
Ciego ante el mimetismo y sus contagios, Nietzsche no puede comprender que, lejos de proceder de un prejuicio de los débiles frente a los fuertes, la toma de posición evangélica constituye la resistencia heroica al contagio de la violencia, representa la clarividencia de una pequeña minoría que osa oponerse al monstruoso gregarismo del linchamiento dionisíaco.
Creo que no es casual que el descubrimiento explícto por Nietzsche de lo que Dioniso y la crucifixión tienen en común, y de lo que los separa, preceda en tan poco tiempo a su definitivo hundimiento.Para librarse de las consecuencias de su propio descubrimiento, el filósofo se refugió en la locura.
Enterrar la moderna preocupación por las víctimas bajo innumerables cadáveres es la manera nacionalsocialista de ser nietzscheano. Una interpretación, se dirá, que habría horrorizado al infortunado Nietzsche. Es probable. Compartía con muchos intelectuales de su tiempo y del nuestro la pasión por las exageraciones irresponsables. Para su desgracia, los filósofos no están solos en el mundo. Los rodean auténticos orates que a vecen les juegan la peor de todas las pasadas: los creen a pies juntillas.
René Girard, Veo a Satán caer como el relámpago, 227
21 agosto 2004
La enfermedad de la fe
Los grandes espíritus son escépticos. Zaratustra es un escéptico. Las convicciones son prisiones. El estar libre de toda especie de convicciones, el 'poder mirar libremente', forma parte de la fortaleza... La gran pasión usa, consume convicciones, no se somete a ellas, se sabe soberana.
Y a la inversa: la necesidad de fe, la necesidad de alguna incodicionalidad, es una necesidad propia de la debilidad. El 'creyente' no se pertenece a sí mismo, sólo puede ser un medio, tiene que ser consumido, tiene necesidad de alguien que lo consuma.
El condicionamiento patológico de su óptica hace del convencido un fanático: Savonarola, Lutero, Rousseau, Robespierre, Saint-Simon. El tipo antitético del espíritu fuerte. Pero los gestos grandes y afectados de esos espíritus enfermos, de esos epilépticos del concepto, actúan sobre la gran masa. Los fanáticos son pintorescos, la humanidad prefiere ver gestos a oír razones.
Friedrich Nietzsche, El Anticristo, 104
Su santidad la bestia rubia
Yo veo ante mí una posibilidad cuyo encanto y cuyo colorido son completamente terrenales, tan lleno de sentido, tan prodigiosamente paradójico a la vez, que todas las divinidades del Olimpo habrían tenido pretexto para lanzar una carcajada mortal: César Borgia papa... ¿Se me entiende?
¿Pero qué ocurrió? Un monje alemán, Lutero, fue a Roma. Ese monje, que llevaba en su cuerpo todos los instintos vengativos de un sacerdote fracasado, se indignó en Roma contra el Renacimiento. En lugar de comprender, con la más profunda gratitud, el enorme acontecimiento que había tenido lugar, la superación del cristianismo en su propia sede, lo único que su odio pudo extraer de ese espectáculo fue su propio alimento.
¡En la silla del papa no estaban ya sentados la vieja corrupción, el pecado original, el cristianismo! ¡Sino la vida! ¡Sino el gran sí a todas las cosas elevadas, bellas, temerarias! Y Lutero restauró de nuevo la Iglesia. El Renacimiento: ¡un gran 'en vano'!
Friedrich Nietzsche, El Anticristo, 120
12 julio 2004
Nietzsche y la música
Ese hombre meridional, meridional no por ascendencia sino por 'fe', tiene que soñar, en el caso de que sueñe con el futuro de la música, también con que la música se redima del norte, y tiene que sentir en sus oídos el preludio de una música más honda, más poderosa, acaso más malvada y misteriosa, de una música sobrealemana que no se desvanezca, que no se vuelva amarillenta y pálida ante el espectáculo del mar azul y voluptuoso y de la claridad mediterránea del cielo, como le ocurre a toda la música alemana, sentir en sus oídos el preludio de una música sobreeuropea que se afirme incluso frente a las grises puestas del sol del desierto, cuya alma esté emparentada con la palmera y sepa vagar y sentirse como en su casa entre los grandes, hermosos, solitarios animales de presa...
Friedrich Nietzsche, Más allá del bien y del mal, p 214
09 julio 2004
La violencia sublimada según Nietzsche
Casi todo lo que nosotros denominamos 'cultura superior' se basa en la espiritualización y profundización de la crueldad: tal es mi tesis. Aquel 'animal salvaje' no ha sido matado en absoluto, vive, prospera. Únicamente se ha divinizado.
Lo que constituye la voluptuosidad dolorosa de la tragedia es la crueldad. Lo que produce un efecto agradable en la llamada compasión trágica y, en el fondo, en todo lo sublime, hasta llegar hasta los más altos y delicados estremecimientos de la metafísica, eso recibe su dulzura únicamente del ingrediente de crueldad que lleva mezclado.
Lo que disfrutaba el romano en el cico, el cristiano en los éxtasis de la cruz, el español en las hogueras o ante las corridas de toros, el japponés de hoy que se aglomera para ver la tragedia, el obrero del suburbio de París que tiene nostalgia de revoluciones sangrientas, la wagneriana que aguanta con la voluntad en vilo de Tristán e Isolda, lo que todos estos disfrutan y aspiran a beber con un ardor misterioso, son los brebajes aromáticos de la gran Circe crueldad.
Fiedrich Nietzsche, Más allá del bien y del mal
Nietzsche contra los ingleses
En los moralistas se ha introducido furtivamente aquel viejo vicio inglés que se llama 'cant' (guardar las apariencias) y que es tartufería moral, oculta esta vez bajo la nueva forma del cientifismo.
En última instancia, todos ellos quieren que se dé la razón a la moralidad inglesa: en la medida en que justamente de ese modo es como mejor se sirve a la humanidad, o al 'provecho general', o a la 'felicidad de la mayoría', ¡no! A la felicidad de Inglaterra.
Querrían demostrarse a sí mismos con todas sus fuerzas que el aspirar a la felicidad inglesa, quiero decir al 'comfort' (comodidad) y a la 'fashion' (elegancia) y, en supremo lugar, a un puesto en el Parlamento, es a la vez también el justo sendero de la virtud.
El ser humano no tiende a la felicidad: sólo los ingleses lo hacen.
Más allá del bien y del mal, p 175 / Crepúsculo de los ídolos
29 junio 2004
Nietzsche y Dios cara a cara
Dios: Sí, sí. Pase, por favor.
Nietzsche: No lo puedo creer… ¡yo lo daba por muerto!
Dios: Pues ya me ve. Ahora escúcheme.
Nietzsche: En fin. No sé qué decir.
Dios: Si no le importa, ahí fuera hay una cola de personas esperando para entrar. ¿Puedo hablar o no?
Nietzsche: Qué mal genio.
Dios: Habló la Madre Teresa.
Nietzsche: Bah.
Dios: Mire: le voy a ser sincero. Nos ha costado meses de negociaciones traerle aquí. Incluso tuvimos que alargar esa enfermedad degenerativa más de lo normal…
Nietzsche: Sí. Muchas gracias.
Dios: La cuestión es que si usted nos lo pone difícil, la competencia tendrá vía libre…
Nietzsche: ¿La competencia?
Dios: Sí, los de abajo. El infierno. Hacen muy buen marketing en la Tierra, pero en fin… tienen peores instalaciones, etcétera.
Nietzsche: ¿Y para qué me quieren aquí? Yo creía que esto se hacía con un juicio, las buenas y las malas obras, ya sabe…
Dios se empieza a reír escandalosamente.
Dios: (se seca las lágrimas de la risa) ¿Obras buenas y malas? ¿Pero qué cree que es esto, un observatorio ético?
Nietzsche: Pues vaya decepción.
Dios: Permítame: según sé usted no creía en nada de esto hasta hace bien poco.
Nietzsche: Veo que lo sabe todo.
Dios: Por supuesto. Tengo un gran equipo de documentalistas.
Nietzsche: ¿Volvemos al tema?
Dios: Sí, sí, claro. ¿Fuma?
Nietzsche: No, gracias. Una vez lo probé y se me chamuscaron los bigotes.
Dios: ¿Verdad que no le molesta el humo?
Nietzsche: Descuide.
Dios: Estamos muy interesados en usted. Verá, esa idea suya… el supermacho, ¿verdad?
Nietzsche: Superhombre.
Dios: Eso, eso. No me ponga esa cara: ¿usted no se equivoca nunca?
Nietzsche: Adelante.
Dios: Nos interesa mucho el proyecto superhombre para relanzar nuestra empresa. Verá, ¿para qué nos vamos a engañar? Los de abajo tienen una oferta mucho más jugosa: números de striptease, drogas de diseño, camas redondas… Y aquí los consumidores se aburren.
Nietzsche: ¿Se aburren?
Dios: Nubes y cielo toda la eternidad… ¡Comprenda!
Nietzsche: Ya.
Dios: ¡Por eso tenemos que apostar por la publicidad! La gente está harta de esos anuncios horteras. ¡Pero imagine! ¡Imagine lo que podríamos conseguir con otra campaña, totalmente distinta!
Nietzsche: ¿Quiere que le haga una campaña?
Dios: Usted sabe de qué le hablo: “Entre al paraíso y le daremos voluntad de poder con garantía indefinida”, “Sienta el impulso vital del Reino de los Cielos”, “Venga al cielo y le convertiremos en superhombre”. En fin, usted es el artista, pero me va siguiendo, ¿no?
Nietzsche: Más o menos.
Dios: Creáme: usted es un diamante en bruto y nosotros lo podemos pulir si nos deja.
Nietzsche: Menos poesía. Aún no hemos hablado del sueldo.
Dios: ¿El sueldo? ¿Va a trabajar con Dios y se me pone sindicalista?
Nietzsche: ¡Pero iría contra mis principios!
Dios: Escuche, señor Feliciano…
Nietzsche: Federico.
Dios: Como se llame. Usted ha dejado los principios en la puerta, ¿entiende lo que le digo? ¡Esto es una multinacional, por mi amor!
Nietzsche: No lo veo claro. Me niego.
Dios: ¿Se niega? Qué interesante. Le recuerdo que con un chasquido de dedos lo puedo enviar al trullo.
Nietzsche: ¿Cómo?
Dios: Veamos: antecedentes de ateo radical, nihilista, alemán…
Nietzsche: ¡Alemán! ¿Desde cuando es un crimen ser alemán?
Dios: Amigo, por si no lo sabía aquí somos judíos. A ver, ¿de dónde eran Abraham y Jesucristo?
Nietzsche: No me tome por imbécil. He ido a la universidad.
Dios: No era mi intención. Usted difundió que yo había muerto, dijo que los cristianos eran esclavos resentidos, e incluso, lo tengo por aquí apuntado..., ahá: aseguró que "la fe es una enfermedad". ¿Quiere que siga?
Nietzsche: No hace falta.
Dios: Mire: a mí toda esta mierda me da igual. Pero si se enteran los de arriba, ya sabe…
Nietzsche: ¿Los de arriba? ¿Usted no es todopoderoso?
Dios: Vaya, veo que tengo buena reputación… Bueno, no quiero perder más tiempo. O firma o cadena perpetua. Y le advierto: aquí es perpetua de verdad.
Nietzsche: Comprendo.
Dios: ¿Entonces? Aprisa, por favor, necesito ir al lavabo.
Nietzsche: ¿Cadena perpetua? ¿Y por qué no pena de muerte?
Dios: Muy gracioso. ¿Se decide?
Nietzsche: En fin. Por lo visto no tengo más remedio.
Dios: ¡Sabía que lo entendería! Ese es el superhombre que yo quiero. Entre usted y yo, me encantan los alemanes. De joven fui a Munich, maravillosa. Tome, firme aquí y abajo, por favor.
Nietzsche: Esto me duele mucho… Si no firmo condeno mi libertad, pero si firmo me aboco a una vida inauténtica.
Dios: Filósofos.
Nietzsche: Ahí tiene la firma. ¿Cuándo empiezo?
Dios: Ah, sí. Venga usted el lunes y pregunte por María.
Nietzsche: ¿María?
Dios: Mi madre. La he colocado de jefa de personal porque se aburría en casa. La menopausia y esas cosas. Si no hay nada más… Encantado de haber hablado con usted.
Nietzsche: Sólo una curiosidad. ¿Y los otros dos? ¿Qué hay de la trinidad?
Dios: De vacaciones en Cuba. ¿Qué le parece? Y yo aquí haciendo horas. ¡Uf! Me voy pitando al lavabo…
JOAN PAU INAREJOS, 2004


