07 julio 2005

Tele-caridad


La era moralista era disyuntiva, la era posmoralista es conjuntiva, reconcilia el oropel y el corazón, los decibelios y el ideal, el placer y la buena intención. Ya no se trata de inspirar el sentido austero y exigente del deber, sino de sensibilizar, distraer, movilizar al público. Nada debe estropear la felicidad consumista del ciudadano-telespectador. Hasta el desamparo se ha convertido en ocasión de entertainment. A través de la reviviscencia caritativa, la que se afirma es la cultura hedonista de masas, la caridad-business no expresa la rehabilitación de la buena vieja moral sino su disolución posmoralista. Hemos ganado el derecho individualista a vivir sin sufrir el aburrimiento de los sermones, todos los focos sobre el espectáculo de las variedades y los desheredados, risas y lágrimas, hasta la moral debe ser una fiesta.

La tele-caridad es inseparable de la excitación que procura la grandeza de los buenos sentimientos y el suspense de los tanteos. 'Olimpiada de la beneficiencia', 'maratón del corazón': hay algo de competición en estos nuevos shows filantrópicos que vibran a la espera de los récords, de la curiosidad de las realizaciones humanitarias, de la efervescencia de las acciones continuadas.

El maximalismo del deber ha sido reemplazado por el hiperbolismo de las movilizaciones y récords en cifras. El público de los shows de caridad no está cautivado por la moralidad en sí misma sino por la espiral de gestos del corazón, el espectáculo del trofeo de las donaciones, la excepcional diversidad y condensación de las personalidades generosas de sí mismas, el atletismo del compromiso de todos.


Gilles Lipovetski, El crepúsculo del deber, 136

No hay comentarios: