24 agosto 2009
La son i el camí
'Malditos bastardos': la historia en pop negro

LA PELÍCULA EN LA MEJOR WEB DE CINE: LA BUTACA
¿y tú qué opinas? ¿qué películas te han gustado últimamente?
por JOAN PAU INAREJOS
Nota: 8
Lo mejor. Un circo brutal, sangriento y socarrón, trepidante y libérrimo, es lo que monta Quentin Tarantino a propósito de la ocupación nazi de Francia durante la II Guerra Mundial. Tan lejos del drama de época como de la comedia facilona, el director de Pulp fiction propone una ficción histórica personalísima, donde la violencia y las conspiraciones de los años 40 se tiñen de western y de pop negro para compilar un alocado cómic underground.
Tarantino jalona el episodio de historia-ficción con una galería de personajes monumentales, empezando por la cuadrilla de canallas milicianos americanos hiperviolentos -Brad Pitt al frente- y terminando por los grotescos capitostes nazis, entre los que descuella un impresionante Cristoph Waltz encarnando a un relamido, patético y cruel oficial de las SS (las temibles Schutzstaffel o Escuadras de Protección); el coronel Hans Landa merece un urgente monumento en el museo de los villanos extravagantes, porque su sola sonrisa ya es pura perversidad condensada.
Entre tanto monstruo, los únicos personajes icontaminados de este vertedero humano son una muchacha judía y su amante negro. Los dos antihéroes solitarios emprenderán una épica venganza, entre bobinas de celuloide, contra los poderes viriles de este mundo. El resultado es un sensacional desenlace, una espectacular apoteosis posmoderna donde Quentin Tarantino hace lisa y llanamente lo que le da la mano, saldando las cuentas con toda convención histórica, narrativa y visual que se le ponga por delante.
Lo peor: que tan pocas veces se pueda respirar libertad en la butaca del cine.
'Mapa de los sonidos de Tokio': pijada insustancial

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por JOAN PAU INAREJOS
Nota: 3
Lo pésimo. Lo peor no es una película mala. Saw 5, pongamos por caso, sabe que es pura caspa, y gracias a este reconocimiento previo, podemos pasar un buen rato viendo a pobres diablos a quienes les succionan las tripas o les aplastan entre paredes. No. Lo peor nunca es una película mala, sino una película que se cree buena, un largometraje que aspira a refundar el séptimo arte y que acaba chapoteando en el ridículo.
Mapa de los sonidos de Tokio, de Isabel Coixet, pretende bucear en la complejidad real de la megalópolis japonesa, y ahí comete su primer pecado. No hay un atisbo de verdad social y urbana, de pálpito colectivo ni de fresco al aire libre, sino todo lo contrario: un submundo bellísimo, muy bien filmado y editado, de aires publicitarios y videocliperos, para el puro consumo de pijos conectados al Ipod. Este catálogo Viajar de mochis de fresa, hoteles guays y jardines coloridos tiene de "homenaje a Tokio" lo que yo de monja tibetana.
Pero resulta que, no contenta con cartografiar las fantasías pijas sobre Japón, la Coixet ambiciona también relatar un thriller amoroso, presuntamente desgarrado y salvaje, protagonizado por un vendedor de vinos catalán -Sergi López, qué te han hecho- y una intrigante pescadera -Rinko Kikuchi-. El problema es que este choque (sexual) de civilizaciones carece de cualquier emoción, de cualquier intensidad, y más aún: de cualquier credibilidad.
Los dos actores sudan la gota gorda para salvar los muebles de un guión absurdo y risible, 0% espontáneo, donde, ¡quién lo diría!, las tan cacareadas escenas de sexo -mira qué atrevimiento, mira qué rupturista, sí, sí-, por artificiales y ultra-subrayadas, acaban conduciendo a la somnolencia hormonal o directamente a la carcajada. Lo cual permite constatar que la sola imagen, la sola estética, por muy sofisticada y elaborada que sea, es incapaz de tocar las fibras sensibles si no hay algo parecido a un alma narrativa.
Y esta en definitiva es la miopía del Mapa de las pijadas de Tokio: creer que la estética lo podrá todo, que caeremos rendidos a los pies de una infrahistoria sobreescenificada, sólo porque nos deslumbren con pirotécnicas posmodernidades.
Lo salvable. Afortunadamente, Rinko Kikuchi hace un gran trabajo y consigue salvar de la quema a su personaje de mujer fatal nipona. Tampoco este Mapa carece de sus lugares aisladamente bellos y poéticos, empezando por el malogrado título y pasando por la extraña visita a ese cementerio diurno y colorido, cuyo sonido de chicharras aparece luego como banda sonora de la megalópolis, el gran solar de los muertos de espíritu.
Pero, como una flor no fa estiu, el Mapa de Coixet se queda en el museo de las frialdades pretenciosas.
'District 9': de la sátira al videojuego

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por JOAN PAU INAREJOS
Nota: 8
Lo mejor. District 9 tiene uno de los arranques más brillantes y originales que se han visto en la ciencia ficción de los últimos años: fabulan con una enorme nave extraterrestre que queda averiada sobre la ciudad de Johannesburgo y, con un trepidante prólogo en estilo documental, nos cuentan la reclusión de los alienígenas en un gueto masificado e insalubre.
Por una vez, los seres venidos del más allá no son malvados invasores -Alien- ni tampoco entrañables peluches -E.T-. sino simples criaturas salvajes, Otros radicales e indomables, a los que convendrá encerrar, deportar y asesinar en masa, si es preciso, en una deslumbrante metáfora del Apartheid surafricano y de todos los racismos en general.
El experimento de cruzar la ciencia ficción con el realismo social produce estampas sensacionales, como la sórdida convivencia entre parias humanos y alienígenas -los negros traficando partidas de comida de gato con los lumpen-marcianos- o la genialidad irónica de filmar a un patético funcionario del estado llamando a las puertas de los extraterrestres para que se avengan a firmar órdenes de desahucio.
En su primera mitad, District 9 nos mantiene sencillamente boquiabiertos con una constante generación de sorpresas narrativas e iconográficas. A la descripción del racismo interplanetario le sucede un contagio fatal (no revelemos más detalles) que desencadena un nuevo relato: la caza del hombre por el hombre, brutal y contundente, una cruel persecución en que los poderes fácticos -blancos y anglosajones- no dudan en destripar y liquidar a sus congéneres sin más objetivo que el abastecimiento armamentístico.
Lo peor. Sin embargo, a medida que avanza el metraje, la corrosiva fábula de marcianos de Neill Blomkamp se traiciona a sí misma cayendo en la trampa de una inverosímil Alianza de Civilizaciones entre un humano y un alienígena. Blomkamp desface los nudos de la complejidad y cierra en falso el macro-conflicto social al sugerirnos que En el fondo, los alienígenas son buenos; sólo hay que intentar entenderlos y trabajar con ellos para combatir a los únicos malos malísimos: los militares fanáticos y destructores.
Será para recuperar las millonadas invertidas en los efectos especiales, -realmente impresionantes- pero Blomkamp culmina el patinazo con un trillado videojuego, henchido de tiros y explosiones, donde cualquier mordacidad ética y social queda ahogada en el mar de la espectacularidad y la violencia banal directa a la Wii o la PlayStation. El dinero manda.
Bravo por el orgasmo de originalidad, aunque sea con gatillazo.
'Mein Führer': desmontando al malo

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23 agosto 2009
'Enemigos públicos': tiros y bostezos

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16 agosto 2009
'Antichrist': depresión barroca

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por JOAN PAU INAREJOS
Nota: 7
Con un título tan inconfundiblemente demoníaco, 'Antichrist' predispone las taquillas y las plateas para gozar de un exótico pasatiempo infernal. Lo que quizá no imaginan muchos espectadores es que más bien sufrirán con un infierno psicológico de premisas inquietantemente modernas.
El vocablo anticristo es a la vez un gancho comercial y una terrible metáfora, porque, desde buen comienzo, la película de Lars Von Trier nos habla de aquello que realmente nos da miedo: no las niñas poseídas ni los fenómenos paranormales, sino la certeza de los remordimientos, el egoísmo incivilizado, la depresión, el odio desbocado entre amantes, la imposibilidad de trascender al otro, las pesadillas sexuales, y así hasta completar un escalofriante panteón de demonios contemporáneos.
Lo mejor. Lars Von Trier acierta al encabezar la película con una cronología hiperrealista de la depresión: el danés plantifica una cámara claustrofóbica para que asistamos al progresivo hundimiento del personaje interpretado por Charlotte Gainsbourg, que pasa de la apatía al llanto y de los sordos reproches a la desesperación, ante la fachada de serenidad racional de su marido a la par que psicoanalista, interpretado por Willem Dafoe.
En este primer tramo se plasma brillantemente cómo el monstruo de la tristeza y el dolor humano, en su máximo apogeo, es indiferente a todas las terapias, a todos los voluntarismos científicos y a todos los modernos dispositivos de la felicidad.
Más arriesgado es el viaje figurativo que emprende Von Trier, ya en pleno meollo de la película, a las entrañas oníricas del terror psicológico. A partir de la huída al bosque de la pareja protagonista, el director hace gala de un talento visual fuera de duda, con imágenes llenas de tétrica belleza, como esa mujer crucificada en la hierba o esos puentes por donde vagan almas errantes. Jugando la carta del género de terror, el danés también tiñe la película de sensacionales atmósferas de miedo e intriga, como esas bellotas cayendo sobre la cabaña o ese algo que se mueve entre la espesura del bosque.
Lo peor. Sin embargo, 'Antichrist' va evolucionando hacia una sádica guerra de sexos, hiperviolenta y sanguinaria, donde a Von Trier definitivamente se le va la olla convocando explicaciones medievales y risibles mitologías sobre animales parlantes, muertos que piden venganza y mendigos que llaman a la puerta. El autor de Dogville parece olvidar las sobrias disecciones piscológicas y se entrega a un festín barroco y pretencioso, donde los géneros cinematográficos y las múltiples referencias personales, icónicas e intelectuales se entremezclan promiscuamente en un puré difícil de digerir.
15 agosto 2009
'Arrástrame al infierno': ¡Yuhu!

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por JOAN PAU INAREJOS
Nota: 7,5
Lo mejor. El terror en estado puro, el terror vibrante y divertido, las atmósferas insoportables, la sangre y las apariciones, las brujas y el diablo, los muertos, las cruces, los exorcismos y los males de ojo. Todo eso está en 'Arrástrame al infierno', un fantástico ejercicio de género sin complejos, políticamente incorrecto, nada apto para estómagos sensibles, y en definitiva un auténtico festín para pasarlo fantásticamente mal.
Tras un prólogo deslumbrante, de fogoso pavor demoníaco, la película de Sam Raimi arranca con un clásico planteamiento de fábula moral: una empleada de banco deniega un crédito a una mísera anciana, y sobre esta culpa primigenia se levanta una maldición de proporciones bíblicas. Sin rodeos ni farragosas introducciones, para gozo del espectador, la película va directa al grano y tiene el acierto de convocar dos arquetipos tan potentes como la bruja y el diablo -bajo la forma de macho cabrío- con una sensacional puesta en escena, barroca y sensorial, sin caer nunca en el tópico, el derroche o el cartón piedra.
'Arrástrame al infierno' quizá no ganará Óscars y con toda probabilidad no aporta un ápice de I+D+I -investigación, desarrollo e innovación- al poblado género del terror, pero pasa como un torbellino de diversión y tiene incluso la virtud de reírse de sí misma: las peleas cuerpo a cuerpo de la bruja y su joven víctima, el gore de ojos saltones y chorros de sangre o los cadáveres vomitantes convierten la función en una parodia brillante y casi en una reviviscencia de los dibujos animados gozosamente violentos de Tom y Jerry y compañía. Con su acerado humor gótico, Sam Reimi devuelve a la sala los buenos momentos de 'El secreto de los hermanos Grimm' (2005) del ex Monty Python Terry Gilliam.
Lo menos mejor. Vibrantemente divertida, cabe decir que por dentro, 'Arrástrame al infierno' es un auténtico fruto podrido: moralista, carca, racista, plagada de esterotipos y de referencias facilonas. Los paladares finos quizá se atraganten, pero nosotros se lo perdonamos porque el espectáculo es realmente descojonante.
Contra la utopía
De este modo, la democracia universal justifica la masacre de Irak, la revolución republicana ampara el terror y las guillotinas, y la pureza evangélica de los reformadores inspira terribles matanzas en el Medievo. En todos ellos subyace un idealismo fogoso, una fe típicamente occidental, de hondas raíces cristianas, en el fin de la historia.
Según Gray, la última utopía, la de la democracia universal, se ha propagado a destajo sin pensar en sus terribles consecuencias civiles. Los Bush y Cheney, pero también los Clinton y los Blair, han dejado tremendas resacas en sus empresas occidentalizadoras: en el mundo árabe han desencadenado el islamismo radical, en los Balcanes han abierto la caja de los truenos del nacionalismo étnico, en la URSS primero han levantado la corruptocracia (Yeltsin) y luego el neonacionalismo de Estado (Putin).
Pero John Gray lleva más allá su provocación. La utopía occidental no sólo se ha colado en la corriente dominante de muchos gobiernos -Bush es un iluminado ascendido a presidente de superpotencia- sino que también se ha infiltrado en desconcertadas minorías del mundo musulmán hasta producir el terrorismo islamista.
Sostiene Gray que Al Qaeda no es un ningún subproducto histórico ni ningun retroceso arcaizante, sino todo lo contrario: una empresa netamente moderna, heredera del radicalismo occidental que cree en la posibilidad de cambiar el mundo por la fuerza. El propio concepto de umma o comunidad musulmana occidental no sería un legado de la tradición mahometana sino un concepto imaginado y reconstruído en el exilio de aquellos que emigran a Occidente.
Frente a todos los iluminados y los partidarios de la disolución ideológica del mundo -desde los terroristas islamistas hasta los agresivos ejecutivos globalizadores-, John Gray saca su vena insular y hace algo tan aparentemente rancio como reivindicar la vigencia del Estado-Nación: estos constructos decimonónicos, dice el escéptico inglés, son los únicos garantes reales de las libertades individuales.
JOHN GRAY, 'MISA NEGRA. RELIGIÓN APOCALÍPTICA Y MUERTE DE LA UTOPÍA' (2007)
"Los jacobinos fueron los primeros en concebir el terror como instrumento para el perfeccionamiento de la humanidad"
Las religiones políticas modernas tal vez rechacen el cristianismo, pero no pueden subsistir sin demonología [teoría de los espíritus]. Los jacobinos, los bolcheviques y los nazis creían enfrentarse a amplias conspiraciones organizadas contra ellos, al igual que lo creen los islamistas radicales de la actualidad. Nunca son los defectos de la naturaleza humana los que bloquean el camino hacia la utopía: la culpa siempre es imputable a las fuerzas del mal. Al final, estas fuerzas tenebrosas caerán, pero no sin antes haber tratado de frustrar el progreso humano con toda clase de artimañas nefandas. Se reproduce así el síndrome milenarista clásico: por la forma en que cada una de ellas ha determinado la política moderna, la mentalidad milenarista y la utópica son la misma cosa (...).
Los jacobinos fueron los primeros en concebir el terror como instrumento para el perfeccionamiento de la humanidad. La Europa medieval no era precisamente un oasis de paz: fue devastada por guerras casi continuas. Y aun así, nadie creía entonces que la violencia puedierse perfeccionar a la humanidad. La creencia en el pecado original se mantenía inamovible. Había milenaristas dispuestos a emplear la fuerza para derribar el poder de la Iglesia, pero ninguno de ellos se imaginaba que la violencia sirviera para provocar la llegada del Milenio: sólo Dios podía hacer algo así. No sería hasta siglos después, con el jacobinismo, cuando empezara a extenderse la creencia de que el terror de origen humano tenía la capacidad de crear un mundo nuevo (...).
"Los anarquistas, Mao, Pol Pot, las Brigadas Rojas, los radicales islámicos y hasta los grupos neoconservadores están unidos por su fe en la 'destrucción creativa' "
Influídos por la fe de Rousseau en la bondad innata del hombre, los jacobinos creían que la sociedad se había corrompido por culpa de la represión porque podía ser transformada a través del uso metódico de la fuerza. El Terror era necesario para defender la Revolución frente a enemigos internos y externos; pero también constituía una técnica de educación cívica y un instrumento de ingeniería social. Rechazar el terror por motivos morales era imperdonable. Como dijo Robespierre (...), "en la piedad está la traición". Habia una forma superior de vida humana al alcance (incluso un tipo superior de ser humano), pero sólo se llegaría a ella cuando la humanidad hubiese sido purificada a través de la violencia.
Esta fe en la violencia se extendió posteriormente en numerosas corrientes revolucionarias: anarquistas del siglo XIX como Necháiev y Bakunin, bolcheviques como Lenin y Trotsky, pensadores anticoloniales como Frantz Fanton, los regímenes de Mao y Pol Pot, la banda Baader-Meinhof, las Brigadas Rojas italianas de la década de 1980, los movimientos radicales islámicos y hasta los grupos neoconservadores cautivados por sueños fantásticos de destrucción creativa. Todos estos variopintos elementos están unidos por su fe en el poder liberador de la violencia, algo en lo que, sin excepción, son discípulos de los jacobinos (...)
"Los revolucionarios renuevan los mitos apocalípticos del cristianismo primitivo; el cristianismo fue rechazado, pero sus esperanzas escatológicas no se desvanecieron"
Mientras que en el cristianismo la salvación se prometía únicamente en la vida del más allá, las religiones políticas modernas ofrecían la posibilidad de salvación en el futuro terrenal (incluso, y con desastrosos efectos, en el futuro inmediato). De forma aparentemente paradójica, los movimientos revolucionarios modernos renuevan los mitos apocalípticos del cristianismo primitivo (...). El declive del cristianismo va asociado al auge del utopismo revolucionario. El cristianismo fue rechazado, pero sus esperanzas escatológicas no se desvanecieron. Fueron reprimidas, sí, pero regresaron en forma de proyectos de emancipación universal (...).
El utopismo estuvo siempre localizado en la extrema izquierda, pero hacia el final del siglo XX, "la búsqueda de la utopía se instaló en el discurso político mayoritario" y en una "derecha poseída por ideas fantasiosas"
Desde el pasado siglo, el utopismo estuvo localizado principalmente en la extrema izquierda (...). [Pero] hacia el final de este último siglo, la búsqueda de la utopía se instaló en el discurso político mayoritario. Así, pasó a decirse, que, en el futuro sólo habría un único tipo de régimen legítimo: el capitalismo democrático de estilo estadounidense (...). La derecha due poseída por ideas fantasiosas, y como ya sucediera con los sueños utópicos del siglo anterior (aunque en este caso con mucha mayor rapidez) sus grandiosos proyectos se han desmoronado y han acabado convertidos en polvo.
En el siglo XX, parecía que los movimientos utópicos sólo podían acceder al poder en regímenes dictatoriales. Pero tras el 11-S, el pensamiento utópico empezó también a dar forma a la política exterior de la democracia preeminente en el planeta. En muchos sentidos, la administración Bush se comportó como un régimen revolucionario. Demostró estar preparada para lanzar ataques preventivos contra Estados soberanos a fin de alcanzar sus objetivos, y, al mismo tiempo, dio muestras de su disposición a erosionar derechos largamente establecidos en el interior del país (...).
Actualmente, la consecuencia es una especie de democracia antiliberal en la que se celebran elecciones, pero se disminuyen las libertades. Como en anteriores estallidos de utopismo, se han menoscabado logros pasados en aras de un futuro imaginario (...).
"Es bien sabido el desprecio de los neocons por Europa, pero ellos han inyectado una tradición revolucionaria europea ya difunta en el corazón estadounidense"
La transformación emprendida por la derecha fue profunda. Ésta se había definido a sí misma desde la Revolución francesa por oposición a las ideologías utópicas. Su filosofía se resumía en unas palabras del más grande pintor británico del siglo XX, Francis Bacon (...), quien comentó que él votaba a la derecha porque ésta sólo pretendía conseguir de hacer el mal, el menos.
En el pasado, la derecha representaba una aceptación realista de la flaqueza humana y la consiguiente visión escéptica sobre la posibilidad del progreso. No se oponía por sistema al cambio, pero rechazaba rotundamente cualquier concepción de la historia entendida como una marcha tr¡unfal hacia las cumbres iluminadas por el sol. La política era vista como una manera de afrontar la imperfección humana. A menudo, esta visión de las cosas se fundamentaba sobre la doctrina cristiana del pecado original, pero también se puede encontrar una variante de esa misma idea entre pensadores conservadores no abonados a tales creencias (...).
Pero durante esta última generación, la derecha ha abandonado aquella filosofía de la imperfección y ha abrazado la búsqueda de la utopía. Con su adhesión a esta nueva fe militante en el progreso, la derecha aceptó una corriente radical del pensamiento ilustrado (...).
Como movimiento intelectual, los orígenes del neoconservadurismo han de buscarse en la izquierda y, en ciertos sentidos, se trata de una regresión a una variante radical del pensamiento ilustrado ya desaparecida en Europa (...). Incluso en Francia (patria de los jacobinos), la fe en la revolución acabó exterminada por la propia historia del siglo XX. Pero cuando murió en Europa, no desapareció del mundo por completo. En una huida que habría hecho las delicias de Hegel, emigró a Norteamérica, donde se asentó en las filas de la derecha neoconservadora. Es bien sabido el desprecio que sienten los neoconservadores por Europa, pero uno de sus mayores logros es el de haber inyectado una tradición revolucionaria europea ya difunta en el corazón mismo de la vida política estadounidense (...).
"Los gobiernos occidentales no estaban preparados para ver cómo la difusión de la democracia desencadenaba el nacionalismo étnico en la antigua Yugoslavia y el islamismo en la antigua Asia central soviética; la teoría decía que la democracia y la liberalización traerían la paz"
El pensamiento utópico es más peligroso cuando menos se lo reconoce. La aparición durante los años noventa de una versión centrista del utopismo ilustra bien este hecho. Empezando por las políticas económicas neoliberales aplicadas en Rusia y continuando por la intervención militar humanitaria en los Balcanes, los gobiernos occidentales se embarcaron en empresas que no tenían ninguna perspectiva de éxito. No estaban preparados para ver cómo la difusión de la democracia desencadenaba el nacionalismo étnico en la antigua Yugoslavia, el separatismo en Chechenia y el islamismo en la antigua Asia central soviética. La teoría decía que la democracia y la liberalización de los mercados traerían la paz, no el crimen y la violencia.
Los gobiernos occidentales han absorbido una actitud utópica sin ni siquiera darse cuenta de ello. Gobiernos tanto de izquierda como de derecha creyeron que el resurgir nacionalista y los conflictos étnicos y religiosos no eran más que dificultades locales pasajeras dentro del avance universal hacia un nuevo orden mundial. El pensamiento realista se vio así desactivado (...).
El caso de Rusia: tras la Revolución de Octubre no está el mesianismo ni el despotismo ruso, sino el afán de "sobreposar Occidente haciendo realidad los ideales más radicales de éste"
[Otro ejemplo de la pervivencia histórica de la utopía occidental]. Las teorías sobre el despotismo oriental han sido habitualmente empleadas por los autores marxistas durante años para justificar los desastrosos resultados de las ideas de Marx en Rusia y China (...). [Tal como dicen Nekrich y Heller:] "Los historiadores occidentales establecen una línea de relación directa entre Iván Vasílievich (Iván el Terrible) y Iósif Visariónovich (Stalin)" (...). Desde el instante mismo de la caída de Constantinopla en poder de los otomanos (en 1453), se due desarollando la idea de que Moscú estaba destinada a convertirse en una "tercera Roma" (...). Durante un tiempo, quizás dio la sensación de que el nuevo régimen soviético era la plasmación de una tradición mesiánica rusa (...). Pero el mesianismo antioccidental no fue el que accedió al poder en Rusia con la Revolución de Octubre.
Los bolcheviques querían sobrepasar Occidente haciendo realidad los ideales más radicales de éste. No pretendían emular a las sociedades occidentales existentes (como había intentado con cierto éxito en su etapa final). Lenin sólo quería trasplantar a Rusia las instituciones esenciales del capitalismo occidental: la disciplina de trabajo y el sistema fabril. Era un ferviente entusiasta de dos de las más avanzadas técnicas capitalistas: el "taylorismo" (la técnica estadounidense de la llamada "gestión científica") y el "fordismo" (el método estadounidense de producción masiva en las cadenas de montaje). El propio líder bolchevique describía así su programa: "La combinación del empuje revolucionario ruso con la eficiencia estadounidense es la esencia del leninismo". Entre las [metas] más destacadas estaba la realización de la utopía ilustrada que los jacobinos y la Comuna parisina no fueron capaces de lograr. El auténtico infortunio de Rusia no fue que el país no absorbiera la Ilustración, sino que estuviera expuesto a una de las formas más virulentas de ésta.
Los suicidas de Al Qaeda son modernos en busca de sentido: dedicándose al terrorismo dejan de ser vagabundos y se convierrten en guerreros"
Los objetivos originales de Al Qaeda eran claros (la retirada de las fuerzas estadounidenses de Arabia Saudí y la destrucción de la Casa de Saud), pero, en la actualidad, ha pasado a ser el vehículo de una ira incipiente (...). Ha dejado una serie de atentados terroristas en el Reino Unido, España y Holanda, a los que no cabe definir como un simple rechazo a unas políticas occidentales concretas, sino como una muestra de repulsa de las sociedades occidentales en general.
Al Qaeda es la única terrorista que tiene alcance global. En esto, como en otros aspectos, es un subproducto de la globalización. El islamismo radical suele ser interpretado como una reacción violenta contra la modernidad, pero no deja de ser sorprendente lo mucho que las vidas de los secuestradores aéreos del 11-S se correspondían con el estereotipo de la anomia moderna.
La mayoría de los secuestradores del 11-S eran "renacidos" al Islam; es la propia globalización la que crea la imagen utópica de una comunidad musulmana mundial
Instalados en una existencia seminómada, no se les podía considerar miembros de ninguna comunidad en concreto, por lo que es fácil deducir que recurrieron al terror más para dar un sentido a sus vidas que para promover un objetivo concreto. Dedicándose al terrorismo, dejaron de ser vagabundos para convertirse en guerreros. La mayoría de los secuestradores eran musulmanes practicantes desde hacía poco: habían "renacido" al islam en Europa. El islam que ellos representan no existe en las culturas tradicionales. Es una versión del fundamentalismo que sólo pudo desarrollarse al entrar en contacto con Occidente.
Es la propia globalización la que sirve de puntal a la imagen utópica de una comunidad mundial de creyentes. Oliver Roy, el estudioso francés que ha elaborado un riguroso análisis sociológico del islam global, ha señalado precisamente que es "la creciente desterritorialización del islam la que propicia la reformulación política de una umma imaginaria" [comunidad musulmana mundial].
JOHN GRAY, 'MISA NEGRA. RELIGIÓN APOCALÍPTICA Y MUERTE DE LA UTOPÍA' (2007)
SEGUIRÁ...
