24 febrero 2007

'Jesús y Yahvé. Los nombres divinos' (2006)

JOAN PAU INAREJOS, 2007

Nítido en su tesis, el crítico Harold Bloom (Nueva York, 1930) defiende que hay una incompatibilidad literaria radical entre la figura de Yahvé del Antiguo Testamento y el Jesús del Nuevo Testamento. Solamente el Jesús del Evangelio de Marcos -solitario, imprevisible, iracundo- guardaría todavía un cierto parentesco con el Dios judío, de rasgos antropomórficos ("Yahvé es un guerrero" y "es humano, demasiado humano") y a la vez un Dios inasible, que se permite decir en el Sinaí: "Yo soy el que soy".

En cambio, el "suavizado" Jesús de Lucas y Mateo, y especialmente el “cósmico” y “antisemita” Jesús de Juan y el 'Jesucristo' de Pablo (constructo teológico que prescinde totalmente del Jeshua de Nazaret histórico) se alejan definitivamente del patrón judío y se enmarcan en una mentalidad helenística, donde, en un relato de resonancias mitológicas, Dios se autoinmola, algo completamente ajeno al orgullo de Yahvé (que a lo sumo "se eclipsa" o se "autoexilia", pero "nunca se suicida"), y en este cánon griego se asentará la posterior tradición cristiana

Los escritores cristianos pretenden dar cumplimiento a la profecía judía: los Evangelios y las Cartas serían un colosal "esfuerzo textual" por convertir la Biblia hebrea en el 'Antiguo' Testamento. Usurpando la fórmula yahvística, Juan hace decir a Jesús: "Antes de que Abraham existiera, yo soy". Sin embargo, Bloom sostiene que "nunca un texto da cumplimiento a otro texto" y califica la operación cristiana como "una poderosa lectura errónea" de las escrituras hebreas, coronada, eso sí, con la aceptación masiva de los fieles.

Los teólogos cristianos sustituyen el monoteísmo radical y el carácter hermético del judaísmo por un "politeísmo populista" (Dios Padre, Jesucristo, el Espíritu Santo y la Virgen María), y Bloom concluye que no cabe hablar, en propiedad, de una "tradición judeocristiana", ya que Yahvé pervive más en el Alá musulmán que en el pasivo Dios Padre celestial de los cristianos.

El profesor de Yale manifiesta su preferencia estética por el ‘Escritor J’ (redactor del Antiguo Testamento) y Marcos frente a Lucas, Mateo, Juan y Pablo. Según él, Yahvé es el personaje más memorable de la historia de la literatura y sirve como modelo para el ‘Rey Lear’ de Shakespeare, mientras que el taciturno Jesús de Marcos prefigura a Hamlet.

Pese a todo, a Bloom no le duele reconocer que Yahvé ha perdido la batalla histórica y demográfica frente a Alá y la Trinidad. El futuro de la religión, dice el crítico neoyorquino, ya no se decide en Europa sino en el continente americano (donde se perfila un ‘pentecostalismo’ o religión del Espíritu Santo con el apoyo de hispanos, afroamericanos y blancos del Sur estadounidense) y en Asia, donde se abre paso un Islam cada vez más militante.

JOAN PAU INAREJOS, 2007

20 febrero 2007

El sublime personaje Yahvé

A Yahvé no se le puede domar. En términos shakespearianos, Yahvé fusiona aspectos de Lear, Falstaff y Hamlet: las impredecibles furias de Lear, el desbordante vitalismo de Falstaff y la inquieta conciencia de Hamlet (...).

"Yahvé es la única personalidad literaria más memorable que Halmet, Falstaff, Iago y Cleopatra"

Sabemos que, para muchos de nosotros, Yahvé sigue siendo la respuesta más precisa a la angustiada pregunta de "¿Quién es Dios?". Ni los budistas, ni los hindúes ni los taoístas estarían de acuerdo, ni tampoco muchos cristianos, musulmanes y judíos contemporáneos, pero la mía es una respuesta de crítico literario, y se basa en la fuerza y el poder de la única personalidad literaria que es más vital y memorable que Hamlet, Falstaff, Iago y Cleopatra.

Para traducirlo en términos religiosos, diría que el Yahvé de J ['El escritor J', redactor de la Biblia hebrea] es la representación más convincente de esa 'otredad' trascendente que me he encontrado nunca. Y no obstante, Yahvé no es sólo "antropomórfico" (¡qué palabra tan absurda!), sino totalmente humano, y no es un tipo nada agradable, ¿por qué iba a serlo? No se presenta a ningún cargo, ni busca la fama, ni pretende que los medios de comunicación lo traten bien. Si el cristianismo insiste en que Jesucristo es la buena nueva (un aserto que la brutalidad de los cristianos a lo largo de la historia ha invalidado), entonces Yahvé es la mala nueva encarnada, y la Cábala nos dice que sin duda tiene un cuerpo, y que es enorme. Es algo terrible caer en manos del Yahvé vivo.

No pretendo blasfemar ni ironizar, sino ofrecer tan sólo nuevas perspectivas. Amar a Jesús es una moda americana, pero amar a Yahvé es una empresa quijotesca, y mal dirigida, pues se niega a conocer todos los hechos. Puedes respetar a Próspero, y obedecerle, como aprenden a hacer todos los personajes de 'La tempestad', pero sólo Miranda le ama, pues para ella ha sido padre y madre. En los Evangelios (excluyendo el de Juan), Yahvé es el padre de Jesús sólo en la medida en que Abraham lo fue de Isaac, en la sencilla analogía de la Aqedah ["átame"], el casi sacrificio del niño como ofrenda a Dios.

El anciano Jesús en la India

Tal como yo entiendo la Transfiguración, en la que Jesús aparece en compañía de Moisés y Eliías, esta visión justifica la idea gnóstica y sufí de que Jesús se convirtió primero en "el Cristo Ángel" y que sólo después de 'esa' resurrección el Nazareno regresó a la condición humana y, probablemente, murió en la Cruz. Aventuro ese "probablemente" por lo mucho que los gnósticos y los musulmanes insisten en que Simón el Cireneo, que llevó la Cruz, es quien fue crucificado en lugar de Jesús.

"Los soldados romanos habrían sido sobornados y Jesús bajado de la cruz aún con vida"

Existen otras tradiciones, aún más esotéricas, según las cuales los soldados romanos fueron sobornados y Jesús bajado de la Cruz estando aún con vida. Según la Ley Judía, que él aceptaba, Jesús había quedado contaminado, y, tras haberse aparecido a sus discípulos y a su hermano Santiago el Justo, consiguió, recuperarse y luego eligió el exilio, cruzando el Jordán hacia la tierra de Nod, según la tradición de Caín. Otras leyendas dicen que Jesús anduvo errante siguiendo las huellas de las legiones de Alejandro Magno, hasta que por fin llegó al helenístico norte de la India.

Allí, como precursor de los musulmanes, que todavía le aclaman como un profeta sólo superado por Mahoma, el sabio nazareno vivió tranquilamente como un pacífico anciano judío gnóstico, reflexionando quizá sobre las ironías de su divinización por parte del cristianismo, que él no había pretendido.

15 febrero 2007

El Lutero español

JOSÉ LUIS LÓPEZ ARANGUREN, ‘CATOLICISMO Y PROTESTANTISMO COMO FORMAS DE EXISTENCIA’ (1952)

Según él [Miguel de Unamuno], el hombre español es un desesperado, “la desesperación es algo genuinamente español” (…). Unamuno cree estar caracterizando al hombre español, cuando en realidad está haciendo el retrato del luterano, visto a través de Kierkegaard. Y para que no falle ninguno de los ingredientes, en ‘La agonía del cristianismo’, esa obra tardía que tiene tras de si no sólo a aquél, sino también al ruso Chestov, ha llegado a hablar del ‘nadismo’ español, que llama así para diferenciarlo del ‘nihilismo’ ruso.

“El hombre español” es opuesto a “el ideal del hombre moderno” que es “el hombre libre de la suprema congoja, libre de la angustia eterna, libre de la mirada de la Esfinge, es decir, al hombre que no es hombre” (…).

“Hay un Cristo triunfante, pero en esta vida, que no es sino trágica tauromaquia, aquí el otro, el lívido, el acardenalado, el sanguinolento y exangüe”

Con la idea de la “desesperación española” se enlaza, muy naturalmente, la del “sentimiento trágico de la vida” del pueblo español. Unamuno encuentra un testimonio de este carácter trágico, agónico, nuestro, en las imágenes españolas de Cristo. “El Cristo español” no es sereno, es trágico, del mismo modo que las Dolorosas son “tétricas”. NI tampoco propiamente moribundo, sino “agonizante”, es decir “agónico”, tal “ese Cristo de Velázquez que está siempre muriéndose, sin acabar nunca de morirse”, y que sólo se comprende bien después de haber visto una corrida de toros, fiesta nacional española, fiesta de un pueblo que tiene por religión un “cristianismo tangerino”.

Pues es verdad que “hay un Cristo triunfante, celestial, glorioso; el de la Transfiguración, el de la Ascensión, el que está a la diestra del Padre, pero es para cuando hayamos triunfado, para cuando nos hayamos transfigurado, para cuando hayamos ascendido. Pero aquí, en esta vida que no es sino trágica tauromaquia, aquí el otro, el lívido, el acardenalado, el sanguinolento y exangüe”.

"Es en Unamuno donde hay un proyecto de genunina ‘Reforma castiza’ ”

No puede negarse originalidad y fuerza sugestiva al ensayo unamuniano de protestantización de España, ni lo espléndido (…) de este “luteranismo españolizado”. Aquí, y no en los desmedrados intentos de la madrileña calle de la Beneficiencia y sus similares, es donde hay un proyecto de genunina “Reforma castiza”, de aquella “Reforma española, indígena y propia”, que, según la arbitraria opinión de Unamuno, preludiaron nuestros místicos del siglo XVI y “que fue ahogada en germen luego por la Inquisición”.

Genuina, claro es, hasta cierto punto, pues en primer lugar se basa en una interpretación sumamente parcial de la realidad hispánica: Unamuno tiene ante sus ojos exclusivamente la “España barroca” de la Contrarreforma vista, además, como pudieron verla un Barrès, un Verhaeren, un Larreta o un Zuloaga (…).

“El vicio del catolicismo romano es haber querido casar el Evangelio y el Derecho romano ”

Más luterana es la crítica del “catolicismo romano”. Su vicio inicial era para él [Unamuno] el de haber “querido casar las dos cosas más incompatibles: el Evangelio y el Derecho romano”, engendrando “esa cosa horrenda que se llama Derecho canónico” (…).

Se objetará tal vez que Unamuno ha combatido el protestantismo con no menos dureza que el catolicismo. Pero aquí hay un malentendido (…). Siempre que Unamuno combate el protestantismo, lo que combate es el protestantismo “edulcorado”, moralizado y racionalizado, nunca el auténticamente luterano, calvinista, puritano o jansenista.

JOSÉ LUIS LÓPEZ ARANGUREN, ‘CATOLICISMO Y PROTESTANTISMO COMO FORMAS DE EXISTENCIA’ (1952)

Gran angustia: se acabó la Edad Media

JOSÉ LUIS LÓPEZ ARANGUREN, ‘CATOLICISMO Y PROTESTANTISMO COMO FORMAS DE EXISTENCIA’ (1952)

Durante la plenitud de la Edad Media, el hombre había afrontado con tranquila seguridad la existencia, apoyado en una fe inconmovible y bien arropado por la Iglesia universal e indiscutida. Dios era el ‘firmamentum’, como tantas veces le llaman los Salmos, el pilar, la fortaleza del cristiano; un Dios clemente, luminoso, explicado por la Iglesia (…).

“Alemania estaba psíquicamente estremecida y verdaderamente enferma de terror a las brujas”

Pero en las postrimerías de la Edad Media, tan sólida y armoniosa edificación amenaza desmoronarse. La cultura se artificializa y pierde contacto con la vida. “El mundo está cansado de las sofísticas sutilezas de la “Teología”, escribía en 1520 el dominico Padre Faber. Y los hombres comienzan a desesperar de todo. Paul Joachimsen ha afirmado que “el miedo al pecado” era “el sentimiento más extendido de toda la época”. El P. Grisar escribe que el “mal de la época” consistía en la duda y la melancolía depresiva. Según Joseph Lortz, Alemania estaba, en este tiempo, psíquicamente estremecida y verdaderamente enferma de terror a las brujas, de terror a la vida; el miedo atroz a la sífilis y al peligro de su contagio, que desde 1495 venía padeciendo Europa, acreció estos graves estremecimientos interiores y se produjo un difuso y general estado de angustia, el “terror germánico”.

Esta disposición anímica a la angustia, que “estaba” en la época, era congénita en Lutero, como lo demuestran sus infantiles terrores, las brujas y demonios que tempranamente poblaron su imaginación y el mismo acto de su profesión religiosa, legendariamente nacida del voto emitido a la vista del rayo en la amenazadora tempestad; pero ‘después’ fue atizada y fomentada por el occamismo [Guillermo de Occam, filósofo enfrentado a la Escolástica].

“Lutero temblaba desde niño al pensar en el Infierno o en Dios”

Efectivamente, si a la concepción occamista del Dios irracional, arbitrario y tremendo, responde Lutero con el terror, terror sacro, por ejemplo, del todavía fraile, ante la proximidad del Santísimo en una procesión, a la concepción también occamista, de la capacidad del hombre, por sí solo, para cumplir aquella arbitraria e imprevisible Voluntad, responderá –muy naturalmente en un hombre propenso a recaciones de tipo extremado- con la desesperación (…).

Lutero temblaba desde niño al pensar en el Infierno o en Dios. El miedo a condenarse le arrastró al claustro. Allí, falsamente guiado por la teología occamista, pretendió elevarse por sus propias fuerzas, por sus propias ‘obras’ –mortificaciones, ayunos, rezos, continencias- hasta la santidad. Naturalmente, fracasó. Y entonces desesperó. Ortega ha dicho alguna vez que el origen histórico del cristianismo fue la desesperación. Esta afirmación es enteramente cierta aplicada al cristianismo de Lutero.

JOSÉ LUIS LÓPEZ ARANGUREN, ‘CATOLICISMO Y PROTESTANTISMO COMO FORMAS DE EXISTENCIA’ (1952)

Mira cómo se divierten los impíos

JOSÉ LUIS LÓPEZ ARANGUREN, ‘CATOLICISMO Y PROTESTANTISMO COMO FORMAS DE EXISTENCIA’ (1952)

Pascal [Blaise Pascal, siglo XVII] es incapaz de sacudirse el peso de la culpa. Ni el arrepentimiento, ni la conversión, ni la penitencia misma pueden aliviar su inmensa pesadumbre, y por eso se indigna de que el alfligido por la desgracia se distraiga un momento jugando a la pelota, y de que haya gentes que esperen despreocupadamente la hora de la muerte.

“Les preguntó qué haría cada uno de ellos si se les anunciase la inminencia de la muerte”

Cuánto más católica aquella respuesta, atribuída a San Luis Gonzaga, cuando, justamente en ocasión de estar jugando a la pelota con sus jóvenes compañeros de religión, preguntara alguien qué haría cada uno de ellos si se les anunciase, de pronto, la inminencia de la muerte. Tal respondió que correría a la iglesia; otro, a pedir confesión; un tercero, que a postrarse de hinojos ante la imagen reverenciada, etc. San Luis Gonzaga dijo, sencillamente, que él proseguiría jugando a la pelota. Estupenda respuesta. Ni Pascal, ni mucho menos ningún jansenista o protestante, podrían comprender que el juego de la pelota, el ‘divertissement devant l’Arche’ de David y de Henri Brémond, sean, a su manera, fervorosa oración también.

JOSÉ LUIS LÓPEZ ARANGUREN, ‘CATOLICISMO Y PROTESTANTISMO COMO FORMAS DE EXISTENCIA’ (1952)

07 febrero 2007

El yugo protestante

JOSÉ LUIS LÓPEZ ARANGUREN, ‘CATOLICISMO Y PROTESTANTISMO COMO FORMAS DE EXISTENCIA’ (1952)

Que el protestante es un hombre ‘superstitiosus’, en el sentido profundo de la palabra, me parece evidente. Y no sólo por el “miedo a la religión”, tan a la vista en un Lutero, por ejemplo, sino en el ‘cuidado’ de Dios, por la preocupación religiosa que ha arrojado aquel primer reformador, y más todavía Calvino, sobre cada uno de los que le siguen, para que la lleven continuamente en su pecho. Este es también el sentido atrozmente gravoso que toma, dentro del protestantismo, la afirmación del ‘sacerdocio general’ de los fieles cristianos.

“En contraste con esta concepción, ¡qué ligera y casi alada nos parece la vida dentro del catolicismo!”

Cada hombre es su propio sacerdote. No puede acudir, como nosotros [católicos], cuando el peso del pecado nos doblega, a ningún ‘cura’, porque la ‘cura’, el cuidado de sí, sólo a él incumbe. Religión sin caridad, de hombres desolados, condenados a perpetuo aislamiento.

En contraste con esta concepción de la existencia religiosa como fardo que es menester transportar sobre los débiles hombros humanos, ¡qué ligera y casi alada nos parece la vida dentro del catolicismo! ¡Y cuán mitigada también la condición antigua! Es verdad que ni los griegos ni los romanos tenían que cuidar de su destino en el sentido que se les ha impuesto a los protestantes. Este les era inexorablemente trazado por los dioses o por aquellos hados –Moira, Ananke, Heimarmene- que aun sobre éstos últimos se alzaban, y les era revelado por oráculos o auspicios. La vida se convertía así en una trayectoria fatal, impuesta desde fuera, libre de ‘cuidado’, sí, pero sin más salida que la resignación o la desesperación (…).

“ ‘ Que dance la barquilla como pueda y como deba; en el más allá está firme el áncora’ ”

Los protestantes que llegan a conocer suficientemente un país católico advierten con sorpresa el amparo espiritual que procura esta religión. Así, Karl Vosser, en su biografía de Lope de Vega, aunque el empacho de moral que queda a los protestantes cuando ya casi han dejado de serlo, le condene a la deformación caricatural de los rasgos católicos (…):

“Lo monárquico, español, católico y nacional envuelve y protege de modo tan seguro, paciente, severo y bondadoso la vida sentimental e instintiva, agitada en exceso, del poeta, que la libera de una vez para siempre de las hondas crisis de conciencia, de la angustia psíquica, del temor de la muerte y de la propia responsabilidad; de manera que puede dejarse vivir alegremente, como si el reino de Dios fuese ya realidad en torno suyo. En un mundanal reino que, como la España de los Habsburgos, con tal poder y con tal éxito rechazó el asalto del individualismo religioso, podía, en efecto, prosperar muy bien la creencia de que, amparado en la verdad única, acolchado ya aquí abajo paradisíacamente, podía uno permitirse toda clase de desenvolturas, regocijos y barrabasadas”.

“Que dance la barquilla como pueda y como deba danzar: en el más allá está firme el áncora. Que la humana criatura, por el bien o por el mal, se descoyunte aquí abajo hasta perder el resuello, al cabo, por la soga de la muerte presa, es cosa venial y perdonable, en tanto se mantenga vinculada a la verdadera fe, aunque este vínculo sólo sea el rosario de una alcahueta”.

JOSÉ LUIS LÓPEZ ARANGUREN, ‘CATOLICISMO Y PROTESTANTISMO COMO FORMAS DE EXISTENCIA’ (1952)

01 febrero 2007

La "desesperación silenciosa" del obrero

ALBERT CAMUS, ‘EL HOMBRE REBELDE’ (1951)

Hay que leer los textos de Simone Weil [filósofa francesa, 1909-1943] sobre la condición del obrero fabril para saber hasta qué grado de agotamiento y desesperación silenciosa puede llevar la racionalización del trabajo. Simone Weil tiene razón cuando dice que la condición obrera es dos veces inhumana, privada de dinero, primero, y de dignidad después. Un trabajo por el que uno puede interesarse, un trabajo creador, aunque mal pagado, no degrada la vida.

“El socialismo propone una justificación histórica pero no toca la desdicha obrera”

El socialismo industrial no ha hecho nada esencial para la condición obrera porque no ha tocado el principio mismo de la producción y de la organización del trabajo, que, por el contrario, ha exaltado. Ha podido proponerle al trabajador una justificación histórica de igual valor que la que consiste en prometer los goces celestiales a quien se mata trabajando; no le dado nunca el goce del creador. La forma política de la sociedad ya no está en tela de juicio a este nivel, sino los credos de una civilización técnica de la que dependen igualmente capitalismo y socialismo. Todo pensamiento que no hace avanzar este problema no toca más que apenas la desdicha obrera.

ALBERT CAMUS, ‘EL HOMBRE REBELDE’ (1951)

Marx hundido por el E=mc²

ALBERT CAMUS, ‘EL HOMBRE REBELDE’ (1951)


El progreso de la ciencia, a partir de Marx, ha consistido, en líneas generales, en sustituir el determinismo y el mecanicismo bastante tosco de su siglo por un probabilismo provisional. Marx escribía a Engels que la teoría de Darwin constituía la base misma de la de ellos.

“El marxismo hoy sólo es científico a condición de serlo contra Heisenberg, Einstein…”

Para que el marxismo permaneciera infalible hubo, pues, que negar los descubrimientos biológicos posteriores a Darwin. Como se dio el caso de que tales descubrimientos, desde las mutaciones bruscas constatadas por De Vries, consistieron en introducir, contra el determinismo, la noción de azar en biología, hubo que encargar a Lyssenko [Trofim Lyssenko, biólogo soviético] que disciplinara los cromosomas, y demostrara de nuevo el determinismo más elemental. Lo cual es ridículo.

Pero que se le dé una policía a monsieur Homais y dejará de ser ridículo, y ahí está el siglo XX. Para ello, el siglo XX tendrá que negar también el principio de indeterminación en física, la relatividad restringida, la teoría de los quanta y, por último, la tendencia general de la ciencia contemporánea. El marxismo, hoy día, sólo es científico a condición de serlo contra Heisenberg, Bohr, Einstein y los mayores sabios de este tiempo.

ALBERT CAMUS, ‘EL HOMBRE REBELDE’ (1951)

"El san Pablo del positivismo"

ALBERT CAMUS, ‘EL HOMBRE REBELDE’ (1951)

Comte [Auguste Comte, creador del positivismo, 1798-1857] veía en el culto jacobino de la Razón una anticipación del positivismo y se consideraba, con razón, como el verdadero sucesor de los revolucionarios de 1789. Continuaba y ampliaba aquella revolución suprimiendo la trascendencia de los principios y fundando, sistemáticamente, la religión de la especie. Su fórmula: “Apartar a Dios en nombre de la religión”, no significaba otra cosa.

“Esperaba ver, en las catedrales, ‘la estatua de la humanidad divinizada’”

Inaugurando una manía que, posteriormente, ha hecho fortuna, quiso ser el san Pablo de aquella nueva religión y sustituir el catolicismo de Roma por el catolicismo de París. Sabido es que esperaba ver, en las catedrales, “la estatua de la humanidad divinizada en el antiguo altar de Dios”. Calculaba que tendría que predicar el positivismo en Notre-Dame antes del año 1860 (…).

“Comte sabía que su religión era una sociolatría”

Comte lo sabía, por lo demás, o al menos comprendía que su religión era en primer lugar una sociolatría y que suponía el realismo político, la negación del derecho individual y el establecimiento del despotismo.

Una sociedad cuyos sabios serían los sacerdotes, dos mil banqueros y técnicos reinando en una Europa de ciento veinte millones de habitantes en la que la vida privada sería absolutamente identificada a la vida pública, en la que una obediencia absoluta “de acción, de pensamiento y de corazón” sería tributada al sumo sacerdote que reinaría sobre la totalidad, tal era la utopía de Comte que anunciaba lo que puede llamarse las religiones horizontales de nuestro tiempo.

ALBERT CAMUS, ‘EL HOMBRE REBELDE’ (1951)

La dictadura del bien

ALBERT CAMUS, ‘EL HOMBRE REBELDE’ (1951)

“Fuera de las leyes- dice Saint-Just [Louis Antoine Léon de Saint-Just, líder revolucionario francés aliado con Robespierre, 1767-1794]- todo es estéril y está muerto”. Es la república romana, formal y legalista. Sabida es la pasión de Saint-Just y de sus contemporáneos por la antigüedad romana. El joven decadente que, en Reims, se pasaba horas con los postigos cerrados, en un cuarto con colgaduras negras, adornadas con lágrimas blancas, soñaba con la república espartana.

“Saint Just soñaba con una nación vegetariana”

El autor de ‘Organt’, largo y licencioso poema, experimentaba tanto más la necesidad de frugalidad y virtud. En sus instituciones, Saint-Just negaba la carne al niño hasta la edad de dieciséis años y soñaba con una nación vegetariana y revolucionaria.

“El mundo está vacío desde los romanos”, exclamaba. Pero se anunciaban tiempos heroicos; Catón, Bruto, Mucio Escévola volvían a ser posibles. De nuevo florecía la retórica de los moralistas latinos. “Vicio, virtud, corrupción”, estos términos se repiten constantemente (…). La razón era simple. Aquel bello edificio, Montesquieu lo había visto, no podía prescindir de la virtud. La Revolución francesa, pretendiendo construir la historia en un principio de pureza absoluta, abre los tiempos modernos al mismo tiempo que la era de la moral formal.

ALBERT CAMUS, ‘EL HOMBRE REBELDE’ (1951)

El fracaso de la línea recta

ALBERT CAMUS, ‘EL HOMBRE REBELDE’ (1951)


Hegel ponía soberbiamente fin a la historia en 1807, los saintsimonianos consideraban que las convulsiones revolucionarias de 1830 y 1848 eran las últimas. Comte murió en 1857, disponiéndose a subir al púlpito para predicar el positivismo a una humanidad de vuelta por fin de sus errores. A su vez, con el mismo romanticismo ciego, Marx profetizó la sociedad sin clases y la solución del misterio histórico. Más sagaz, con todo, no fijó la fecha (…).

“El movimiento revolucionario vivió, como los primeros cristianos, en la espera del fin del mundo”

El movimiento revolucionario, a fines del siglo XIX y a comienzos del XX, vivió como los primeros cristianos, en la espera del fin del mundo y de la parusía [retorno] del Cristo proletario. Es conocida la persistencia de este sentimiento en el seno de las primitivas comunidades cristianas. Todavía a finales del siglo IV, un obispo del África proconsular calculaba que le quedaban ciento un años de vida al mundo (…).

Este sentimiento fue general en el siglo primero de nuestra era y explica la indiferencia que mostraban los cristianos por las cuestiones puramente teológicas. Si la parusía estaba próxima, era a la fe ardiente más que a las obras o a los dogmas a la que había que consagrarlo todo. Pero (…) la parusía evangélica se alejó; vino san Pablo a construir el dogma. La Iglesia dio un cuerpo a aquella fe que no era más que una pura tensión hacia el reino venidero (…).

“La parusía evangélica se alejó y vino san Pablo a construir el dogma; un movimiento similar nació del fracaso de la parusía revolucionaria”

Un movimiento similar nació del fracaso de la parusía revolucionaria. Los textos de Marx ya citados dan una idea justa de la esperanza ardiente que era entonces la del espíritu revolucionario. A pesar de los fracasos parciales, aquella fe no dejó de crecer hasta el momento en que se halló, en 1917, ante sus sueños casi realizados. “Luchamos por las puertas del cielo”, había gritado Liebknecht [Karl Liebknecht, dirigente socialista alemán, 1871-1919]. En 1917, el mundo revolucionario creyó haber llegado realmente ante aquellas puertas (…).

Pero Spartakus [movimiento socialista alemán] fue aplastado, fracasó la huelga general francesa de 1920, el movimiento revolucionario italiano fue yugulado. Liebknecht reconoció entonces que la revolución no estaba madura (…).

Pero también, y comprendemos ahora cómo la derrota puede sobreexcitar la fe vencida hasta el éxtasis religioso: “Con el estruendo del derrumbamiento económico cuyo fragor suena ya próximo, las tropas dormidas de proletarios despertarán como con las trompetas del juicio final, y los cadáveres de los luchadores asesinados se pondrán en pie y pedirán cuentas a los que están cargados de maldiciones”.

“La nueva Iglesia se hallaba de nuevo ante Galileo: para conservar la fe, negaría el sol y humillaría al hombre libre”

Entre tanto, él mismo y Rosa Luxemburg fueron asesinados; Alemania se precipitaría a la servidumbre. La revolución rusa quedó sola, viva contra su propio sistema, lejos aún de las puertas celestiales, con un Apocalipsis por organizar (…). La nueva Iglesia se hallaba de nuevo ante Galileo: para conservar la fe, negaría el sol y humillaría al hombre libre.

ALBERT CAMUS, ‘EL HOMBRE REBELDE’ (1951)