15 junio 2006

Avance: muere un loro en Londres*


La televisión es maestra en prospectiva, en profecías auto-cumplidas. Bajo su influencia cambiamos los hechos consumados por el placer de la anticipación: constantemente nos anuncia posibilidades, hechos que prometen grandeza, aunque luego no sucedan. Algo que también ocurre al informar sobre la gripe aviar, epidemia posmoderna por excelencia: ni siquiera el Sida, mucho más eficaz en su labor de arcángel mortífero, gozó de tanta anticipación noticiosa. La epidemia ocurre y no ocurre, se nos insinúa pero no llega; es como una media naranja perfecta: sabemos que existe, la soñamos… pero no nos duele, no nos mortifica.

De igual modo, la gripe aviar se ha hecho un lugar en los medios al servicio de nuestro afán inocuo de emociones y miedos en una sociedad que vive cada vez con mayor confort y necesita terrores sofisticados que amenacen su bienestar para apreciarlo. Apocalípticos de toda condición hacen sus cábalas en los informativos para determinar cuándo comenzará la masacre, en una muestra fehaciente de cómo los medios han tomado el relevo a la religión en el relato del Fin del Mundo.

Y es que la religión catódica se ha demostrado capaz de improvisar una narración escatológica más objetiva y cientifista que la cristiana, cuya lectura del signo de los tiempos ha fracasado sucesivamente en manos de San Juan, los Adventistas o los Testigos de Jehová.

Frente a los agoreros tradicionales, el relato aséptico non-stop de la CNN resulta imbatible, pues “la gran mayoría de interpretaciones del Apocalipsis presuponen que el fin está bastante próximo” y, en consecuencia, la información minuto a minuto es una gran ventaja, pues “es necesario revisar constantemente la alegoría histórica, por cuanto el tiempo le resta credibilidad” (Frank Kermode). Necesitamos un desenlace: somos seres narrativos.

Vivimos bajo el influjo de la religión cristiana, que “es la más ansiosa, la que ha colocado un mayor énfasis en el miedo a la muerte”. Y el relato televisado de la gripe aviar es una excelente catarsis. Las imágenes de entierros masivos de gallinas nos hacen presagiar el momento en que las aves serán sustituídas por hombres.

DAVID BARBA
, Culturas, La Vanguardia, 15/6/2006
* El 24 de octubre de 2005 el Reino Unido confirma la muerte de un loro infectado por virus HC51, episodio que desata la alarma por la gripe aviar.

09 junio 2006

Los 10.000 mandamientos

VIKTOR FRANKL

Es bien conocida la distinción que ha establecido Maslow entre las necesidades inferiores y superiores. Según él, la satisfacción de las necesidades inferiores es ‘conditione sine quan non’ para poder satisfacer las superiores. Entre estas necesidades superiores enumera también la voluntad de sentido y llega tan lejos que la califica de “motivación primaria del hombre”. Maslow cree que las cosas ocurren de modo que el hombre sólo da a conocer su exigencia de su sentido de la vida cuando todo le va bien (“primero la comida, después la moral”, o, según el adagio latino, “primum vivere, deinde philosophare”).
Pero contra esta opinión, ocurre que nosotros (y no en último lugar nosotros los psiquiatras) tenemos ocasión de observar una y otra vez que la necesidad y la pregunta de un sentido de la vida llamea precisamente cuando todo va de mal en peor. Y así lo confirman tanto nuestros pacientes en su lecho de muerte como los supervivientes de los campos de concentración y de prisioneros de guerra.

En todo momento el ser humano apunta, por encima de sí mismo, hacia algo que no es él mismo, hacia algo o hacia un sentido que hay que cumplir, o hacia otro ser humano, a cuyo encuentro vamos con amor. Así pues, propiamente hablando, sólo puede realizarse a sí mismo en la medida que se pasa por alto a sí mismo.
¿No ocurre lo mismo con el ojo, cuya capacidad visiva depende de que no se ve a sí mismo? ¿Cuándo ve el ojo algo de sí? Sólo cuando está enfermo. Cuando padezco glaucoma veo una nube y entonces es cuando advierto la opacidad del cristalino. Cuando tengo un glaucoma veo un halo de colores del arco iris en torno a las fuentes luminosas. Pero en esta misma medida disminuye la capacidad de mi ojo para percibir el entorno.

Odio y amor son fenómenos humanos porque son intencionales, porque el hombre tiene siempre motivos para odiar algo y par amar a alguien. Mientras la investigación de la paz se limite a interpretar la agresividad como fenómeno subhumano y no extienda su análisis al fenómeno humano del “odio”, estará condenada a la esterilidad. El hombre no dejará de odiar sólo porque se le explique y se le convenza de que está dominado por impulsos y mecanismos. Este fatalismo ignora por completo que, cuando soy agresivo, no cuentan los mecanismos y los impulsos que hay en mí, que pueda haber en mi “ello”, sino que soy yo el que odio y que para esto no hay disculpas, sino responsabilidad.

En unos tiempos en que los diez mandamientos han perdido, al parecer, su vigencia para tantas personas, el hombre tiene que estar capacitado para percibir los 10.000 mandamientos encerrados en 10.000 situaciones con las que le confronta su vida. Y esto no sólo hace que la vida le parezca de nuevo plena de sentido, sino que él mismo se inmuniza contra el conformismo y el totalitarismo, estas dos secuelas del vacío existencial. Y es que sólo una conciencia despierta da al hombre capacidad de resistencia.

Sentido es, por tanto, el sentido concreto en una situación determinada. Es siempre “el requerimiento del momento”.

VIKTOR FRANKL, Ante el vacío existencial. Hacia una humanización de la psicoterapia, 1977

08 junio 2006

La voluntad de sentido


“Un hombre consciente de su responsabilidad conoce el ‘porqué’ de su existencia y será capaz de soportar casi cualquier ‘cómo’”

En Auschwitz, dos prisioneros habían manifestado sus intenciones de suicidarse. Ambos aducían el típico argumento del campo: ya no esperaban nada de la vida. La terapia consistía en hacerles comprender que la vida sí esperaba algo de ellos. A uno de ellos le esperaba en el extranjero su hijo, un hijo al que adoraba. En el otro caso no se trataba de una persona sino de una cosa: ¡su obra! Era un científico que había iniciado la publicación de una colección de libros aún por concluir. Nadie más que él podía acabar ese trabajo, igual que nadie podía reemplazar al padre en el cariño a su hijo.


Esta unicidad y singularidad que diferencian a cada individuo y confieren un sentido a su existencia, se fundamenta en su trabajo creador y en su capacidad de amar. Cuando se acepta la persona como un ser irrepetible, insustituible, entonces surge en toda su trascendencia la responsabilidad que el hombre asume ante el sentido de su existencia. Un hombre consciente de su responsabilidad ante otro ser humano que lo aguarda con todo su corazón, o ante una obra inconclusa, jamás podrá tirar su vida por la borda. Conoce el ‘porqué’ de su existencia y será capaz de soportar casi cualquier ‘cómo’.


La frontera que separa el bien del mal, y que imaginariamente atraviesa a todo ser humano, fondea en las honduras del alma y hasta allí penetró el bisel de los sufrimientos soportados. La Historia nos brindó la oportunidad de conocer al hombre quizá mejor que ninguna otra generación. ¿Quién es, en realidad, el hombre? Es el ser que siempre ‘decide’ lo que es. Es el ser que inventó las cámaras de gas, pero también es el ser que entró en ellas con paso firme y musitando una oración.


Recuerdo a un colega norteamericano que un día me preguntó en mi consulta de Viena: “¿Dígame, doctor, es usted psicoanalista?”, a lo que yo respondí: “No exactamente; más bien soy psicoterapeuta”. Entonces siguió preguntándome: “¿A qué escuela pertenece?”. “Sigo mi propia teoría; se llama ‘psicoterapia’”. “¿Puede describirme, en pocas palabras, qué quiere decir con este término?”. “Sí”, le dije, “pero antes de contestarle, ¿podría usted definirme en una frase la esencia del psicoanálisis?”. Ésta fue su respuesta: “En el psicoanálisis, los pacientes deben recostarse en un diván y contar cosas que, a veces, resultan muy desagradables de decir”. Le respondí con una rápida improvisación: “Pues bien, en la logoterapia, el paciente permanece sentado, bien derecho, pero tiene que oír cosas que, a veces, son muy desagradables de escuchar”.

“Considero una concepción errónea y peligrosa dar por supuesto que el hombre precisa ante todo equilibrio interior; lo que necesita es esforzarse y luchar por una meta que le merezca la pena”


Los principios morales no impulsan al hombre, no le ‘empujan’: más bien ‘tiran de él’. Diré, en un tono coloquial, que esa diferencia la recordaba continuamente al traspasar las puertas de los hoteles de Norteamérica: hay que tirar de una y empujar otra. Conviene aclarar con rotundidad que en el hombre no cabe hablar de eso que se acostumbra a denominar ‘impulso moral’ o ‘impulso religioso’, interpretándolo igual a cuando se afirma que el hombre se encuentra determinado por sus instintos básicos.


Nunca el hombre se siente impulsado a responder con una preestablecida conducta moral: en cada situación concreta decide actuar de una forma determinada. Y además el hombre no actúa para satisfacer su impulso moral, y silenciar así los reproches de la conciencia: lo hace por conquistar un objetivo o una meta con la que se identifica. Si obrara con el fin de acallar su conciencia se convertiría en un fariseo, y, en ese instante, ya no sería una persona verdaderamente moral. Cierto es que, como reza el dicho alemán, “la mejor almohada es una buena conciencia”, pero la moralidad es mucho más que un somnífero.


Considero una concepción errónea y peligrosa para la psicohigiene dar por supuesto que el hombre precisa ante todo equilibrio interior, o, como se denomina en biología, “homeostasis”: un estado sin tensiones, en equilibrio biológico interno. El hombre no necesita realmente vivir sin tensiones, sino esforzarse y luchar por una meta o una misión que le merezca la pena. Vivir sin tensiones a cualquier precio no resulta un procedimiento psicohigiénico. Es más beneficioso sentir la urgencia de una misión por cumplir o el apremio del cumplimiento del deber.


Releguemos la “homeostasis” y situemos en primer lugar la “noodinámica”: la dinámica espiritual dentro de un campo de tensión bipolar, en el cual un polo representa el sentido a consumar y el otro polo corresponde al hombre que debe cumplirlo. Y si la noodinámica significa un proceder válido para las condiciones normales del psiquismo, todavía se presenta más necesario en el caso de individuos neuróticos.

“El hombre no debería cuestionarse sobre el sentido de la vida, sino comprender que la vida le interroga a él”


Cuando los arquitectos pretenden apuntalar un arco con riesgo de hundirse, ‘aumentan’ la carga en la clave, para que así sus piezas se unan con mayor fuerza. De la misma forma, si los terapeutas procuran fortalecer la salud mental de sus pacientes, no deben tener miedo a aumentar la tensión interior, si con ello le conducen a reorientar o encontrar el sentido de sus vidas.

En última instancia, el hombre no debería cuestionarse sobre el sentido de la vida, sino comprender que la vida le interroga a él. En otras palabras, la vida pregunta por el hombre, cuestiona al hombre, y éste contesta de una única manera: ‘respondiendo’ de su propia vida y con su propia vida. Únicamente desde la responsabilidad personal se puede contestar a la vida.

De las múltiples posibilidades presentes en cada instante, es el hombre quien condena a algunas a no ser y rescata a otras para el ser. ¿De esas diversas posibilidades, cuál se convertirá, por la elección del hombre, en una acción imperecedera, en una “huella inmortal en la arena del tiempo”? En todo momento el hombre debe decidir, para bien o para mal, cuál será el monumento de su existencia.


La libertad es una parte de la historia y la mitad de la verdad. La libertad es la cara negativa de cualquier fenómeno humano, cuya cara positiva es la responsabilidad. De hecho la libertad se encuentra en peligro de degenerar en mera arbitrariedad salvo si se ejerce en términos de responsabilidad. Por eso yo aconsejo que la estatua de la Libertad en la costa este de los Estados Unidos se complemente con la estatua de la Responsabilidad en la costa oeste.

Al declarar al hombre un ser responsable y capaz de descubrir el sentido concreto de su existencia, quiero acentuar que el sentido de la vida ha de buscarse en el mundo y no dentro del ser humano o de su propia ‘psique’, como si se tratara de un sistema cerrado. La misma argumentación permite afirmar que la auténtica meta de la existencia humana no se cifra en la denominada ‘autorrealización’.

“La verdadera autorrealización sólo es el efecto profundo del cumplimiento acabado del sentido de la vida”


La autorrealización por sí misma no puede situarse como meta. No debe considerarse el mundo como simple expresión de uno mismo, ni tampoco como mero instrumento, o como un medio para conseguir la ansiada autorrealización. En ambos casos la visión del mundo o ‘Weltanschaung’, se convierte en ‘Weltentwertung’, es decir, menosprecio del mundo.


Cuanto más se olvida uno de sí mismo –al entregarse a una causa o a una persona amada- más humano se vuelve y más perfecciona sus capacidades. En efecto, cuanto más se afana el hombre por conseguir la autorrealización, más se le escapa de las manos, pues la verdadera autorrealización sólo es el efecto profundo del cumplimiento acabado del sentido de la vida.


El amor es el único camino para arribar a lo más profundo de la personalidad de un hombre. Nadie es conocedor de la esencia de otro ser humano si no lo ama. Por el acto espiritual del amor se es capaz de contemplar los rasgos y trazos esenciales de la persona amada. Hasta contemplar también lo que aún es potencialidad, lo que aún está por desvelarse y por mostrarse.


Todavía hay más: mediante el amor, la persona que ama posibilita al amado la actualización de sus potencialidades ocultas. El que ama ve más allá y le urge al otro a consumar sus inadvertidas capacidades personales. En logoterapia el amor no se interpreta como un mero epifenómeno de los impulsos e instintos sexuales, según el proceder del mecanismo llamado sublimación. El amor es un fenómeno tan primario como el sexo.

Jamás el ensimismamiento del neurótico por sí mismo, ya sea en forma de autocompasión o de desprecio, es capaz de romper el círculo vicioso. La clave de la curación se encuentra en la autotrascendencia, en la trascendencia de uno mismo.



VIKTOR FRANKL, “El hombre en busca de sentido”, 1946-1962

25 mayo 2006

No labran ni hilan


La alegría de Dios consiste en vestir a los lirios con mayor magnificencia que a Salomón, pero si pudiéramos hablar de comprensión, el lirio se encontraría en una penosa ilusión si, al contemplar sus nobles ropajes, pensara que las vestiduras son el motivo de ser amado. Ahora está contento en el prado jugueteando con el viento, tan despreocupado como su soplo. En cambio, conocer todo aquello lo ajaría y no tendría confianza para levantar la cabeza. Esa sería la pena de Dios, pues el brote del lirio es tierno y pronto se troncha.

Mira, ahí está él –Dios-. ¿Dónde? Allí, ¿no lo ves? Es Dios y no tiene donde apoyar su cabeza, y no se atreve a apoyarla en hombre alguno para que no se escandalice. Es Dios y su paso es más cauteloso que si lo llevaran los ángeles, no para que su pie no tropiece, sino para no hundir a los hombres en el polvo escandalizándose de él. Es Dios y sus ojos reposan inquietos sobre el género humano, porque el tierno brote del individuo puede troncharse tan rápidamente como la hierba.

¡Quién entiende esta contradicción del dolor: no revelarse es la muerte del amante, revelarse es la muerte del amado! ¡Oh!, la mente de los humanos suspira a menudo por el poder y la fuerza, y su pensamiento lo busca de continuo como si, alcanzándolos, lo aclarara todo, sin sospechar que en el cielo no sólo hay alegría, sino también pena: ¡qué duro es tener que rehusar al discípulo que se desea con todo el alma y tener que rehusarlo porque es el amado!

Cuando se planta una bellota en un tiesto de barro, éste se rompe; cuando se echa vino nuevo en odres viejos, éstos revientan, ¿qué sucederá cuando Dios se implante dentro de la debilidad del hombre, si éste no se hace hombre nuevo y nuevo vaso? ¡Qué difícil es ese devenir, qué penoso y parecido a un duro alumbramiento!

SÖREN KIERKEGAARD, Migajas filosóficas, 45 / foto: jardins de les esglésies de Terrassa, maig 2006

03 mayo 2006

Dues esglésies





A dalt, dues visions de Santa Maria del Mar. A baix, dues visions de la Basílica de la Mercè. Barcelona, primavera 2006.

Salm des del laberint


Tant de bo haguessis nascut en un estable entre el bou i la mula, i els angelots poblessin la fosca lila de la nit, i ens miressis i et complaguessis com un pare jove que mira un nou fill plorant desconsolat. Res no em faria més feliç: que tot es pogués treure fora i tot es pogués convertir en el més senzill i brillant ou de Pasqua. Tant de bo la veritat fos una, insondable i misteriosa, però una.
Però quan alço la mirada apareix tota una altra cosa. Un filòsof pèl-roig m’observa amb un rostre de cent ulls, i es mofa de la meva humanitat i la meva petitesa. Només hi ha ulls, i plecs, i trenes entortolligades. És el déu de l’angoixa: és un i són molts, l’eixam dels sofistes de mil llengües i mil agullons.
La febre m’assalta i m’enfonso en el remolí infinit. Per totes bandes volen posseir-me. No sé qui són, però sé que em despedaçaran, perquè ja noto els budells i els sucs del cos com fan guerra i es rebel·len. Vull creure que sóc innocent, que no tenen raó, però, podria allunyar-los? Tu ets omnipotent, jo només un home.
Jo un home que en el malson àcid, en la solitud d’aquest autobús, en els nervis a flor de ventre de bon matí, en el laberint monstruós dels textos i textos et pregunta: Senyor, on ets?
 
JOAN PAU INAREJOS, DESEMBRE 2003



27 abril 2006

Viena, drogada y mórbida


La verdadera capital del formalismo fue la Viena imperial, hasta 1918. Th. W. Adorno ha dicho que la juventud intelectual de entonces era formalista por falta de realidad disponible. Como los empleos estaban sólo en Alemania y las casas eran muy pequeñas, tenían que refugiarse en el café y jugar al ajedrez, intercambiar versos o cultivar la lógica. Pero de ahí saldrá la mejor escuela de historia del arte, basada en la capacidad de ver los sistemas de formas –incluso soñando con una “historia del arte sin nombres”, como pura evolución del sentido del espacio.

SE HA TARDADO mucho en reconocer todo el valor que para la “historia del espíritu” –si cabe emplear aquí ese término alemán- tiene la Viena del cambio de siglo, “el fin del imperio”. Era inevitable que quedara en penumbra en comparación con París –“la capital del siglo XIX, como la llamó Walter Benjamin, aun cuando la aventajara ya en poder real Londres, poco dada a una política de difusión cultural como parte de la expansión imperialista-. Pero es que también ocurría algo de lo mismo respecto a Berlín, que, no sólo en lo militar, lo económico, lo industrial y lo técnico, sino en ciertos aspectos culturales, representó para Viena, quizá injustamente, el motivo de un “complejo de inferioridad” –término vienés, por cierto-.

Y es que los propios vieneses de entonces no sabían que eran tan importantes como ahora resultan ser en nuestra visión del pasado inmediato de la cultura. Todo ello con un elegante desánimo, en parte íntimo, pero en parte debido a la conciencia de que el país –el Imperio- no tenía por delante verdaderas posibilidades de grandeza a la moderna. Todo ese período fue un “alegre apocalipsis” como diría retrospectivamente uno de ellos, Hermann Broch, para caracterizar el estado de ánimo vienés desde el momento en que empieza nuestra rememoración más admirativa: el “vacío de valores” por el que Viena podía considerarse “centro del vacío de valores europeo”.

Cuando esa guerra que se empezó creyendo que los soldados austrohúngaros, tras dar un escarmiento a Servia, estarían de vuelta en casa para celebrar las Navidades de 1914, fue encaminándose a su fatal catástrofe como Primera Guerra Mundial, algunos incorregibles bromistas vieneses dijeron que, mientras el Estado Mayor alemán había afirmado “La situación es seria, pero no es desesperada”, el Estado Mayor austrohúngaro habría dicho en otra parte: “La situación es desesperada, pero no es seria”.

En efecto en esa “época de oro” vienesa era difícil tomar nada en serio, no sólo porque los valses y las polkas consolaran de los desastres, sino también porque los pensadores más rigurosos y los literatos más sugestivos eran los primeros en señalar que, al fin y al cabo, todo es cuestión de palabras.

José María VALVERDE, Viena, fin del imperio, en Historia de las mentalidades, Obras Completas / foto: Dánae, de Gustav KLIMT

24 marzo 2006

Las neuras de Amory

Mientras caía la llovizna, Amory pensaba fútilmente en la corriente de su vida: momentos resplandecientes y sucios estancamientos. Para empezar seguía teniendo miedo, no un miedo físico sino miedo a la gente, a los prejuicios, a la miseria y a la monotonía. Cuando a menudo se acusaba de ser un ególatra, algo replicaba ultrajado: “¡No, genio!”. Era otra manifestación de miedo, aquella voz que le susurraba que no podía ser al mismo tiempo bueno y grande, porque el genio era la exacta combinación de aquellos inexplicables surcos y pliegues de su cerebro que una disciplina cualquiera moldearía para la mediocridad.

Probablemente, más que cualquier otro vicio o fallo, Amory despreciaba su propia personalidad. Le repugnaba saber que mañana y los mil días siguientes se inclinaría pomposamente ante el primer halago y se enojaría ante la primera censura, como cualquier músico de tercera o cualquier actor de primera. Le avergonzaba el hecho de que casi toda la gente simple y honesta desconfiara habitualmente de él. Y el haber sido cruel, a menudo, con las personas que habían sacrificado su personalidad por la de él… varias mujeres y un compañero de colegio aquí y otro allá. Y haber sido una mala influencia para mucha gente que le había seguido en sus aventuras mentales, de las cuales sólo él había salido indemne.

De repente sintió un invencible deseo de irse al diablo. Y no violentamente, como se iría un caballero, sino desaparecer tranquila y sensualmente. Se imaginaba a sí mismo en una casa de adobes en México reclinado sobre una manta, sus dedos finos y artísticos sosteniendo un cigarrillo, mientras escuchaba las guitarras, que tañían melancólicamente una antigua endecha de Castilla, y una joven aceitunada, con labios de carmín, acariciaba su pelo. Allí podría vivir una extraña letanía, liberado del bien y del mal, a resguardo de todos los sabuesos del cielo y de todo dios (excepto de ese exótico dios mexicano ya de por sí bastante relajado y adicto a los aromas orientales), liberado de todo éxito y esperanza y pobreza para caer en esa indulgencia que, después de todo, conducía al lago artificial de la muerte.

Francis Scott FITZGERALD, A este lado del paraíso, p 280 / foto: Park Güell

05 marzo 2006

La voz de mi amado


¡La voz de mi amado! Miradlo aquí llega, saltando por montes, brincando por lomas.


Es mi amado una gacela, parecido a un cervatillo. Mirad cómo se para, oculto tras la cerca, mira por las ventanas, atisba por las rejas.

Habla mi amado y me dice: «Levántate, amor mío, hermosa mía, y vente.

Mira, ha pasado el invierno, las lluvias cesaron, se han ido.

La tierra se cubre de flores, llega la estación de las canciones, ya se oye el arrullo de la tórtola por toda nuestra tierra.

Despuntan yemas en la higuera, las viñas en cierne perfumean. ¡Anímate, amor mío, hermosa mía, y ven!

Paloma mía, escondida en las grietas de la roca, en los huecos escarpados, déjame ver tu figura, deja que escuche tu voz; porque es muy dulce tu voz y atractiva tu figura».

Cazadnos las raposas, las pequeñas raposas que devastan las viñas, porque nuestras viñas están en flor.
Mi amado es mío y yo de mi amado,que pasta entre azucenas.

Antes que sople la brisa,antes de que huyan las sombras, vuelve, amado mío, imita a una gacela o a un joven cervatillo por los montes de Béter.

Cantar de los Cantares 2, 8-17

16 enero 2006

La maleta marinera

Pere CALDERS
La sorra de la platja era ben roent. Per complaure a Julieta, em col·locava al mig de la zona calenta i aguantava la cremor amb un somrís alls lavis. Julieta estimava que els seus galantejadors cultivessin el perill. En el transcurs del meu enamorament, més d’una vegada havia estat a punt de trencar-me l’ànima saltant una cadira de passeig, o acoronant el cap d’un gos vagabund, o discutint amb els empleats dels serveis públics coses que afectaven llur dignitat professional.

La platja es presentava singularment propícia a l’abandonament i a la insolació. Tot ajudant Julieta a cenyir-se les carabasses al voltant del seu cos meravellós vaig convidar-la a ficar-nos a l’aigua fent bracet.

Mentre em remullava el cap agafant grapats de mar amb el palmell de la mà, vaig descobrir que Julieta s’ensopia. Indubtablement, calia fer quelcom i, tractant d’extreure de l’element que ens voltava totes les possibilitats, vaig decidir fer un capbussó ben profund i ben prolongat i, per tant, ben perillós.

La meva enamorada m’agraí la idea amb un cop d’ulls. Abans de submergir-me, em va fer amb la mà un gest d’adhesió que encoratjava l’exercici de qualsevol temeritat.

Colgat d’aigua, la vida submarina s’oferia al meu esguard amb tota la seva riquesa i varietat: conquilles de marisc, peixos de vora costa, meduses, fragments de mosaic i terrissa de països exòtics, cames de banyistes perdudes de contorns i desmaiades com una imatge de la mort.

Una cosa molt estranya en aquell medi va sorprendre’m profundament: a le mava esquerra, entre unes plantes de mar i unes petxines, vaig descobrir una maleta. Però no pas una maleta malmesa per la sal iles tempestes marines, sinó que presentava un perfil net i una superfície llisa com si fos feta per estar-se en aquell lloc, precisament.


LA TROBALLA va abreujar el meu esforç d’enamorat. Vaig agafar la maleta per la nansa i vaig remuntar-me per sortir a flor d’aigua, sacsejant tot el cos a grans batzegades. Julieta saludà joiosament la descoberta. En contacte amb l’aire, la pell de la maleta repel·lí l’aigua i s’assecà instantàniament. Aquella singularitat va agradar molt a tothom. Havíem tret la maleta cap a la platja i un grup de gent ens voltava, comentant les propietats de l’objecte. Un guardià de banys, amb aire d’emetre amb judici molt precís, digué:

-Jo sé què és, això. És una maleta marinera. Heu estat de sort, jove, perquè ja no se’n troben gaires.

Però no volgué donar-nos més detalls. Una noia prima em preguntà si la maleta contenia quelcom. En realitat pesava força i no pas perquè estigués plena d’aigua puix que, a dins, un objecte balder sorollava repicant les parets. Una mà va allargar-me una eina especial, una mica suspecta, i obrírem la maleta.

Estava folrada de seda blanca i contenia un petit elefant de metall bo, damunt del qual una figura femenina aguantava un corn marí. En un racó, la noia prima va descobrir-hi una targeta amb la següent inscripció: “Azaya Lendhi. A Barcelona, carrer de les Claus, 24”.

L’endemà cercava el número 24 del carrer de les Claus, molt emmurriat. Havíem tingut una escena desagradable amb Julieta perquè ella, pretextant que el seu instint li advertia que Azaya Lendhi era el nom d’una dona aventurera, volia que li fes retornar l’elefant per mità d’un ordinari. No obstant, àdhuc sense entendre-hi gaire, vaig adonar-me de seguida que l’elefant i la figureta del corn marí tenien un gran valor i no podien confiar-se a qualsevol desconegut.

L’adreça indicada corresponia a una vella casa d’aquestes que semblen construïdes de cara al turisme primari i poc entès. Damunt la porta del cap de l’escala hi havia una targeta com la que havíem trobat a la maleta. Va obrir-me un noi vestit amb una absurda granota de seda groga, i em féu passar a un saló recarregat de draperies i ple de perfums, que semblava la tenda d’un fals milionari oriental.

S’obri un joc de cortines, en una mutació una mica complicada, i es presentà davant meu una d’aquestes dones que, de tant boniques, us maten les il·lusions. Tota ella anava vestida amb una roba densa, pesada, que li fixava les actituds en volums estatutaris d’una gran dignitat. Duia enfilalls de perles pertot arreu, obtenint efectes d’un mal gust superior als meus coneixements.

Vaig allargar-li el paquet, murmurant tot de declaracions d’amor a primera vista, i vaig quedar-me contemplant la seva joia i escoltant les seves oracions de gràcies, obrint la boca de pura admiració.


Deixà l’elefant damunt d’una tauleta baixa i va mirar-me. No era pas una mirada de cortesia o de regraciament: era una d’aquestes mirades que hom s’imagina en èpoques d’eufòria i que només de pensar-hi engresquen la marxa del cor. M’agafà una mà i va dir-me:

-Ets tu, potser, l’objecte de la promesa?

Anava a respondre-li que era gairebé segur que no, car jo no sabia res d’aquella promesa, però no va pas interessar-se per la meva opinió. M’empenyé fins a prop de l’elefant i va fer que amb el meu índex toqués suaument el cap de la figura. Aleshores s’esdevingué un fenomen sense importància: del corn marí que aguantava la figura, va sortir-ne una petita bengala lluminosa, de colors vius que tenyien de llum irisada totes les coses que tocaven.

Va semblar que allò era el senyal que donava sentit a la vida d’ella. M’abraçà posant-hi tota l’atenció i em féu uns petons absorbents, als quals jo m’abandonava amb els ulls closos. En ple èxtasi, el record de Julieta em donà consciència d’una mena de dignitat que exigia el cultiu de l’heroisme. Vaig apartar aquella dona, tot dient-li:

-Senyora, deixeu-me anar, estic compromès i em reteniu il·legalment!

Em contestà que tot l’assumpte de la maleta, l’elefant i la bengala de colors era un sortilegi oriental molt obligador i que no hi havia res a fer.

-Però, senyora –vaig insistir-, Julieta no es creurà res de tot això del sortilegi oriental.

En esmentar el nom de Julieta, la cara d’ella es trasmudava. Va preguntar-me si jo creia que Julieta es mereixia gaire les meves atencions i, en respondre-li que sí, em féu passar a una petita cambra, l’únic mobiliari de la qual era una taula que sostenia una gran bola de vidre fosforescent. Sense dir res, començà a passar i a repassar les mans damunt la taula i finalment m’anuncià:

-Vet aquí la teva Julieta.

A dintre la bola es perfilà la imatge d’una caseta de banys, a l’interior de la qual Julieta dedicava a un home de raça negra sol·licituds que sempre m’havia negat a mi.

Des d’aleshores visc amb la dama de les perles, la qual, ultra estimar-me molt, em distreu amb el joc d’unes prestidigitacions orientals que farien la felicitat de qualsevol.
Pere CALDERS, Cròniques de la veritat oculta

07 enero 2006

Tres visiones femeninas

UNA: LA JOVEN Y LA SERPIENTE

El licor me llevó a un paisaje marítimo, amaneciendo en un pueblo de pescadores. En la playa, créanme, había una chica prisionera de si misma. Su cuerpo era una especie de malla, un capullo de seda en el que la pobrecita se agitaba y se revolvía. No tenía brazos, o bien los tenía cruelmente tejidos y ocultos dentro de aquel cuerpo de red. Debo aclarar que no era un monstruo ni un gusano gigante. Al contrario. Pese a todo, era una joven hermosa y, desde donde yo podía ver, lucía unos ojos azules enormes y arrebatadores. La chica prisionera de si misma miraba hacia el mar y el viento le dibujaba trenzas crepitantes. Escondido tras las rocas, me atormentaba pensar que quizá era una sirena a medio hacer, desechada por un Neptuno apresurado o vaya usted a saber por quién. Deseaba irme, pero no pude reprimir una última mirada. La joven sin brazos abrió dos ojos como dos ventanas e intentó con desespero huir a rastras por la arena: una serpiente, larga y escamosa, se paseaba a su vera y la rodeaba sigilosamente. Lancé un grito de horror. La serpiente levantó su cuello. Se volvió hacia mí. Su cabeza era un cráneo desnudo, coronado con cuernos de macho cabrío.


DOS: LA GIGANTA

Jadeando aún por el sobresalto, corriendo a toda prisa, el paisaje se me volvió a transformar y aparecí, diminuto como un insecto, en la habitación de una mujer. Mi anfitriona salía del baño. Se secó el cabello con una toalla y se tumbó desnuda en la cama. Me asusté al verla, pero enseguida pensé en todas las fábulas sobre los hombres invisibles y eso me dio un gozo tranquilo, como el que se siente ante un gran acuario. Trepé por su pierna, seguí por el brazo y vi que estaba tomando una copa. El licor era denso y dorado. Bajé de su mano de un salto, anduve por la mesita de noche, aparté esforzadamente un despertador y entonces vi una botella esbelta que guardaba algo dentro del líquido. Me pareció ver una mitra y, en efecto, medio tapado por la etiqueta había un obispo, algo más grande que yo, perfectamente embotellado y algo arrugado por la humedad.


Y TRES: EL VUELO DE LOS OJOS

Miré a la giganta y pensé en lo irreverente de sus gustos. Me sonrojé, lo recozco. Puede que el burbujeo del licor me hubiera llegado a la nariz, o quizá la pequeñez súbita hacía estragos en mi cerebro, pero al mirar hacia arriba, hacia el rostro de la joven impúdica, vi que sus ojos se multiplicaban, se borraban de la cara y volaban hacia el cabello, y ella se agitaba graciosamente como si le hicieran cosquillas. Me fui brincando hacia su vientre y le pisé el ombligo, pero no pareció molestarle. Quién sabe si ya me había descubierto, y me observaba como un nuevo juguete.



Joan Pau INAREJOS, 2006 / dibujos: Joan Pau Inarejos, 2004




01 enero 2006

Vida del abuelo

Martita corría con sus dos patas inseguras y regordetas entre los cacharros de la casa. Todas las ventanas abiertas y por abrir le iban trenzando flores de luz en la cara. La puerta de la habitación estaba ajustada. La empujó un poco con las manos y se fue dibujando la cama.

El abuelo se incorporó. Se colocó las gafas con el semblante oscurecido y cuando vio a Martita entre las rendijas de sus cataratas, en el rostro se le trazó una hinchazón de ternura.

-¡Ven aquí, mala cosa!

Martita se hacía de rogar, con sus cuchicheos secretos de pajarillo. Corrió al regazo del abuelo. Éste la abrazó por detrás y le besó la mejilla.

Ese día el abuelo comió sin apetito, con las brazos caídos y la mirada ondulante y desorientada. Jaime le observaba de reojo. Martita, con la cabeza por encima del mantel y el babero rosa atándole los cabellos por detrás, hablaba idiomas incomprensibles con Rigoberta, su muñeca de trapo sin ojo izquierdo.

-Papá, Martita y yo nos vamos a pasear. ¿Se viene usted?

-No, hijo, me quedaré arreglando todo esto.

Se fueron y el abuelo, en vez de arreglar nada, se puso a fabular y se imaginó a sí mismo siendo niño como Martita. Con zapatos brillantes y chalecos. Paseando por los callejones estrechos del puebo, que olían a piedra y a mar, a sal y a ropa, chupando regaliz y llamando a todas las puertas. Las vecinas pellizcándole la mejilla y diciendo qué rico.

Afinó la memoria y se vio a si mismo. Iba con su reloj de bolsillo roto, las canicas de cristal que la hacían los muchachos de los hornos, y siempre con Antolín, el chucho piltrafoso que había recogido en algún surburbio y que no le dejaban subir a casa porque meaba los muebles.

Tuvo una novia. Tenía la piel cobriza, palpitante y curva, como de aceituna morada o de rara berenjena. Cada día corrían a verse medio de noche y de escondidas, y se metían en los portales a besarse y a buscar a tientas, con mozo desespero, botones y cremalleras.

Por aquellos tiempos Antolín se quedó solo. El muchacho ya no se acordaba de echarle pan y queso. Se fue muriendo con el bezo caído por el pueblo, arrastrando las latas y cordeles que el amo había olvidado quitarle.

A la niña sin nombre siempre se la tragaba la noche, hasta que un puntito andante era lo que más se parecía a ella. Él volvía a casa por la subida de la iglesia, en la otra dirección. Pasando entre el grueso campanario, grisáceo en las tinieblas, iba espantando palomas con el alma blanda y viuda.

Jaime y Martita llegaron al caer la noche. Él venía con los cabellos amoldados por el viento, cargando algunas bolsas. La niña traía un reír débil, bañado en sueño.

-¿Qué tal, padre?

Dijo que estaba cansado y se iba a acostar. “¡Usted es el único abuelo del mundo que se cansa de estar sentado!”, bromeó Jaime. El abuelo miró a Martita. Se había dormido en el sofá con Rigoberta.

JOAN PAU INAREJOS, 2000