24 agosto 2009

'Mein Führer': desmontando al malo


Atención: este artículo contiene algunos detalles del argumento
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por JOAN PAU INAREJOS
Nota: 7
Lo mejor. ¿Y si el autor intelectual de la masacre judía, el mayor tirano y genocida de la Europa del siglo XX, fuera una hombrecillo caprichoso e infantil, banal y mediocre hasta la médula? Esta es la provocación de partida de 'Mein Führer', una parodia incorrecta, henchida de mala leche, donde un profesor de interpretación judío (Ulrich Mühe) se ve obligado a asesorar al mismísimo Hitler (Helge Schneider) si no quiere morir en el campo de concentración.
Vemos aquí un führer nada siniestro, sin ninguna aura mítica de crueldad o fanatismo: encerrado en su despacho de reyezuelo, en las horas bajas de 1945, se dedica a dar órdenes absurdas como pedir un pijama limpio a media noche y se muestra patéticamente candoroso al proteger a su perro -"¿Le ha pasado algo a Blondi?", pregunta alarmado- o al evocar a su padre maltratador, mientras sus hombres lo toman por loco y conspiran.
'Mein Führer' regala verdaderas perlas de humor ácido y arriesgado, como ver a Hitler acunado en la cama entre un matrimonio judío, o pronunciar discursos mudos con la ayuda de un doblador de la misma y vilipendiada raza inferior. Igualmente descacharrante es la parodia de los nazis circunspectos, siempre entregados a su robótico Heil Hitler y enfrentados mortalmente por desarreglos burocráticos -no se puede hacer nada sin la circular correspondiente-.
A este valiente ejercicio de deconstrucción del villano Hitler sólo cabe reprocharle su flirteo constante con el drama histórico: la familia judía está dibujada con trazos verosímiles, y el atribulado profesor realmente se debate entre la supervivencia y la lealtad a su pueblo. Sobre este fondo tan real, en más de una ocasión las bromas chirrían y algunos dirán -quizá con razón- que casi ofenden la memoria de las víctimas.
Pese a todo, aplaudimos la osadía y esperamos que por estos pagos también alguien se pueda reír sana y gamberramente del general Franco más allá de los manidos panfletos guerracivilistas tan apreciados por el cine español.

23 agosto 2009

'Enemigos públicos': tiros y bostezos


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por JOAN PAU INAREJOS
Nota: 4
He aquí otra lujosa producción de Hollywood que mitifica a un malo romántico perseguido por las fuerzas del orden. En este caso, Johnny Depp interpreta a John Dillinger, legendario atracador de bancos de la época de la Gran Depresión norteamericana (años 30) mientras que el papel de policía implacable recae en el siempre granítico Christian Bale.
Ni siquiera la acción, supuestamente trepidante, salva estos 140 minutos del aburrimiento más bochornoso, porque la historia nos la han contado mil veces y aquí se escenifica sin el más mínimo carisma personal: sencillamente, Johnny Depp no cuela como enemigo público número 1, y quizá el problema lo tengo yo, pero no puedo evitar ver a ese chico guapo estampado en una carpeta adolescente o en una fantasía de Tim Burton antes que en un duro largometraje de tiros y persecuciones.
A ello hay que añadirle una chica de turno -Marion Cotillard- completamente insustancial y cómplice de un enésimo relato machista de mujer tonta y deslumbrada que lo deja todo por un galán persuasivo que la saca de la inopia. Todo esto ya lo creíamos superado, pero el Hollywood dorado sigue homenajeándose a sí mismo y no deja de reincidir con su presunta fórmula de éxito: maestría en las formas de narrar y escenificar, pero absoluto encefalograma plano en la historia y la escala de valores.
Si esto es resurrección del cine clásico, como dicen algunos, pues mejor dejemos a los muertos en paz.

16 agosto 2009

'Antichrist': depresión barroca


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por JOAN PAU INAREJOS

Nota: 7

Con un título tan inconfundiblemente demoníaco, 'Antichrist' predispone las taquillas y las plateas para gozar de un exótico pasatiempo infernal. Lo que quizá no imaginan muchos espectadores es que más bien sufrirán con un infierno psicológico de premisas inquietantemente modernas.

El vocablo anticristo es a la vez un gancho comercial y una terrible metáfora, porque, desde buen comienzo, la película de Lars Von Trier nos habla de aquello que realmente nos da miedo: no las niñas poseídas ni los fenómenos paranormales, sino la certeza de los remordimientos, el egoísmo incivilizado, la depresión, el odio desbocado entre amantes, la imposibilidad de trascender al otro, las pesadillas sexuales, y así hasta completar un escalofriante panteón de demonios contemporáneos.

Lo mejor. Lars Von Trier acierta al encabezar la película con una cronología hiperrealista de la depresión: el danés plantifica una cámara claustrofóbica para que asistamos al progresivo hundimiento del personaje interpretado por Charlotte Gainsbourg, que pasa de la apatía al llanto y de los sordos reproches a la desesperación, ante la fachada de serenidad racional de su marido a la par que psicoanalista, interpretado por Willem Dafoe.

En este primer tramo se plasma brillantemente cómo el monstruo de la tristeza y el dolor humano, en su máximo apogeo, es indiferente a todas las terapias, a todos los voluntarismos científicos y a todos los modernos dispositivos de la felicidad.

Más arriesgado es el viaje figurativo que emprende Von Trier, ya en pleno meollo de la película, a las entrañas oníricas del terror psicológico. A partir de la huída al bosque de la pareja protagonista, el director hace gala de un talento visual fuera de duda, con imágenes llenas de tétrica belleza, como esa mujer crucificada en la hierba o esos puentes por donde vagan almas errantes. Jugando la carta del género de terror, el danés también tiñe la película de sensacionales atmósferas de miedo e intriga, como esas bellotas cayendo sobre la cabaña o ese algo que se mueve entre la espesura del bosque.

Lo peor. Sin embargo, 'Antichrist' va evolucionando hacia una sádica guerra de sexos, hiperviolenta y sanguinaria, donde a Von Trier definitivamente se le va la olla convocando explicaciones medievales y risibles mitologías sobre animales parlantes, muertos que piden venganza y mendigos que llaman a la puerta. El autor de Dogville parece olvidar las sobrias disecciones piscológicas y se entrega a un festín barroco y pretencioso, donde los géneros cinematográficos y las múltiples referencias personales, icónicas e intelectuales se entremezclan promiscuamente en un puré difícil de digerir.


15 agosto 2009

'Arrástrame al infierno': ¡Yuhu!


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por JOAN PAU INAREJOS

Nota: 7,5

Lo mejor. El terror en estado puro, el terror vibrante y divertido, las atmósferas insoportables, la sangre y las apariciones, las brujas y el diablo, los muertos, las cruces, los exorcismos y los males de ojo. Todo eso está en 'Arrástrame al infierno', un fantástico ejercicio de género sin complejos, políticamente incorrecto, nada apto para estómagos sensibles, y en definitiva un auténtico festín para pasarlo fantásticamente mal.

Tras un prólogo deslumbrante, de fogoso pavor demoníaco, la película de Sam Raimi arranca con un clásico planteamiento de fábula moral: una empleada de banco deniega un crédito a una mísera anciana, y sobre esta culpa primigenia se levanta una maldición de proporciones bíblicas. Sin rodeos ni farragosas introducciones, para gozo del espectador, la película va directa al grano y tiene el acierto de convocar dos arquetipos tan potentes como la bruja y el diablo -bajo la forma de macho cabrío- con una sensacional puesta en escena, barroca y sensorial, sin caer nunca en el tópico, el derroche o el cartón piedra.

'Arrástrame al infierno' quizá no ganará Óscars y con toda probabilidad no aporta un ápice de I+D+I -investigación, desarrollo e innovación- al poblado género del terror, pero pasa como un torbellino de diversión y tiene incluso la virtud de reírse de sí misma: las peleas cuerpo a cuerpo de la bruja y su joven víctima, el gore de ojos saltones y chorros de sangre o los cadáveres vomitantes convierten la función en una parodia brillante y casi en una reviviscencia de los dibujos animados gozosamente violentos de Tom y Jerry y compañía. Con su acerado humor gótico, Sam Reimi devuelve a la sala los buenos momentos de 'El secreto de los hermanos Grimm' (2005) del ex Monty Python Terry Gilliam.

Lo menos mejor. Vibrantemente divertida, cabe decir que por dentro, 'Arrástrame al infierno' es un auténtico fruto podrido: moralista, carca, racista, plagada de esterotipos y de referencias facilonas. Los paladares finos quizá se atraganten, pero nosotros se lo perdonamos porque el espectáculo es realmente descojonante.


Contra la utopía


JOAN PAU INAREJOS

Desde su púlpito de sosegado conservador británico, el politólogo John Gray (Misa negra. Religión apocalíptica y muerte de la utopía, 2007) lanza una durísima invectiva contra las utopías modernas. En un triple salto mortal, Gray emparenta a los neocons con los bolcheviques, y a éstos con los jacobinos y los milenaristas medievales; todos ellos, arguye el inglés, tienen la creencia común de que el mundo puede ser transformado y perfeccionado gracias a la acción humana de unas minorías movilizadas -y, si hace falta, violentas.

De este modo, la democracia universal justifica la masacre de Irak, la revolución republicana ampara el terror y las guillotinas, y la pureza evangélica de los reformadores inspira terribles matanzas en el Medievo. En todos ellos subyace un idealismo fogoso, una fe típicamente occidental, de hondas raíces cristianas, en el fin de la historia.

Según Gray, la última utopía, la de la democracia universal, se ha propagado a destajo sin pensar en sus terribles consecuencias civiles. Los Bush y Cheney, pero también los Clinton y los Blair, han dejado tremendas resacas en sus empresas occidentalizadoras: en el mundo árabe han desencadenado el islamismo radical, en los Balcanes han abierto la caja de los truenos del nacionalismo étnico, en la URSS primero han levantado la corruptocracia (Yeltsin) y luego el neonacionalismo de Estado (Putin).

Pero John Gray lleva más allá su provocación. La utopía occidental no sólo se ha colado en la corriente dominante de muchos gobiernos -Bush es un iluminado ascendido a presidente de superpotencia- sino que también se ha infiltrado en desconcertadas minorías del mundo musulmán hasta producir el terrorismo islamista.

Sostiene Gray que Al Qaeda no es un ningún subproducto histórico ni ningun retroceso arcaizante, sino todo lo contrario: una empresa netamente moderna, heredera del radicalismo occidental que cree en la posibilidad de cambiar el mundo por la fuerza. El propio concepto de umma o comunidad musulmana occidental no sería un legado de la tradición mahometana sino un concepto imaginado y reconstruído en el exilio de aquellos que emigran a Occidente.

Frente a todos los iluminados y los partidarios de la disolución ideológica del mundo -desde los terroristas islamistas hasta los agresivos ejecutivos globalizadores-, John Gray saca su vena insular y hace algo tan aparentemente rancio como reivindicar la vigencia del Estado-Nación: estos constructos decimonónicos, dice el escéptico inglés, son los únicos garantes reales de las libertades individuales.

JOHN GRAY, 'MISA NEGRA. RELIGIÓN APOCALÍPTICA Y MUERTE DE LA UTOPÍA' (2007)

"Los jacobinos fueron los primeros en concebir el terror como instrumento para el perfeccionamiento de la humanidad"

Las religiones políticas modernas tal vez rechacen el cristianismo, pero no pueden subsistir sin demonología [teoría de los espíritus]. Los jacobinos, los bolcheviques y los nazis creían enfrentarse a amplias conspiraciones organizadas contra ellos, al igual que lo creen los islamistas radicales de la actualidad. Nunca son los defectos de la naturaleza humana los que bloquean el camino hacia la utopía: la culpa siempre es imputable a las fuerzas del mal. Al final, estas fuerzas tenebrosas caerán, pero no sin antes haber tratado de frustrar el progreso humano con toda clase de artimañas nefandas. Se reproduce así el síndrome milenarista clásico: por la forma en que cada una de ellas ha determinado la política moderna, la mentalidad milenarista y la utópica son la misma cosa (...).

Los jacobinos fueron los primeros en concebir el terror como instrumento para el perfeccionamiento de la humanidad. La Europa medieval no era precisamente un oasis de paz: fue devastada por guerras casi continuas. Y aun así, nadie creía entonces que la violencia puedierse perfeccionar a la humanidad. La creencia en el pecado original se mantenía inamovible. Había milenaristas dispuestos a emplear la fuerza para derribar el poder de la Iglesia, pero ninguno de ellos se imaginaba que la violencia sirviera para provocar la llegada del Milenio: sólo Dios podía hacer algo así. No sería hasta siglos después, con el jacobinismo, cuando empezara a extenderse la creencia de que el terror de origen humano tenía la capacidad de crear un mundo nuevo (...).

"Los anarquistas, Mao, Pol Pot, las Brigadas Rojas, los radicales islámicos y hasta los grupos neoconservadores están unidos por su fe en la 'destrucción creativa' "

Influídos por la fe de Rousseau en la bondad innata del hombre, los jacobinos creían que la sociedad se había corrompido por culpa de la represión porque podía ser transformada a través del uso metódico de la fuerza. El Terror era necesario para defender la Revolución frente a enemigos internos y externos; pero también constituía una técnica de educación cívica y un instrumento de ingeniería social. Rechazar el terror por motivos morales era imperdonable. Como dijo Robespierre (...), "en la piedad está la traición". Habia una forma superior de vida humana al alcance (incluso un tipo superior de ser humano), pero sólo se llegaría a ella cuando la humanidad hubiese sido purificada a través de la violencia.

Esta fe en la violencia se extendió posteriormente en numerosas corrientes revolucionarias: anarquistas del siglo XIX como Necháiev y Bakunin, bolcheviques como Lenin y Trotsky, pensadores anticoloniales como Frantz Fanton, los regímenes de Mao y Pol Pot, la banda Baader-Meinhof, las Brigadas Rojas italianas de la década de 1980, los movimientos radicales islámicos y hasta los grupos neoconservadores cautivados por sueños fantásticos de destrucción creativa. Todos estos variopintos elementos están unidos por su fe en el poder liberador de la violencia, algo en lo que, sin excepción, son discípulos de los jacobinos (...)

"Los revolucionarios renuevan los mitos apocalípticos del cristianismo primitivo; el cristianismo fue rechazado, pero sus esperanzas escatológicas no se desvanecieron"

Mientras que en el cristianismo la salvación se prometía únicamente en la vida del más allá, las religiones políticas modernas ofrecían la posibilidad de salvación en el futuro terrenal (incluso, y con desastrosos efectos, en el futuro inmediato). De forma aparentemente paradójica, los movimientos revolucionarios modernos renuevan los mitos apocalípticos del cristianismo primitivo (...). El declive del cristianismo va asociado al auge del utopismo revolucionario. El cristianismo fue rechazado, pero sus esperanzas escatológicas no se desvanecieron. Fueron reprimidas, sí, pero regresaron en forma de proyectos de emancipación universal (...).

El utopismo estuvo siempre localizado en la extrema izquierda, pero hacia el final del siglo XX, "la búsqueda de la utopía se instaló en el discurso político mayoritario" y en una "derecha poseída por ideas fantasiosas"

Desde el pasado siglo, el utopismo estuvo localizado principalmente en la extrema izquierda (...). [Pero] hacia el final de este último siglo, la búsqueda de la utopía se instaló en el discurso político mayoritario. Así, pasó a decirse, que, en el futuro sólo habría un único tipo de régimen legítimo: el capitalismo democrático de estilo estadounidense (...). La derecha due poseída por ideas fantasiosas, y como ya sucediera con los sueños utópicos del siglo anterior (aunque en este caso con mucha mayor rapidez) sus grandiosos proyectos se han desmoronado y han acabado convertidos en polvo.

En el siglo XX, parecía que los movimientos utópicos sólo podían acceder al poder en regímenes dictatoriales. Pero tras el 11-S, el pensamiento utópico empezó también a dar forma a la política exterior de la democracia preeminente en el planeta. En muchos sentidos, la administración Bush se comportó como un régimen revolucionario. Demostró estar preparada para lanzar ataques preventivos contra Estados soberanos a fin de alcanzar sus objetivos, y, al mismo tiempo, dio muestras de su disposición a erosionar derechos largamente establecidos en el interior del país (...).

Actualmente, la consecuencia es una especie de democracia antiliberal en la que se celebran elecciones, pero se disminuyen las libertades. Como en anteriores estallidos de utopismo, se han menoscabado logros pasados en aras de un futuro imaginario (...).

"Es bien sabido el desprecio de los neocons por Europa, pero ellos han inyectado una tradición revolucionaria europea ya difunta en el corazón estadounidense"

La transformación emprendida por la derecha fue profunda. Ésta se había definido a sí misma desde la Revolución francesa por oposición a las ideologías utópicas. Su filosofía se resumía en unas palabras del más grande pintor británico del siglo XX, Francis Bacon (...), quien comentó que él votaba a la derecha porque ésta sólo pretendía conseguir de hacer el mal, el menos.

En el pasado, la derecha representaba una aceptación realista de la flaqueza humana y la consiguiente visión escéptica sobre la posibilidad del progreso. No se oponía por sistema al cambio, pero rechazaba rotundamente cualquier concepción de la historia entendida como una marcha tr¡unfal hacia las cumbres iluminadas por el sol. La política era vista como una manera de afrontar la imperfección humana. A menudo, esta visión de las cosas se fundamentaba sobre la doctrina cristiana del pecado original, pero también se puede encontrar una variante de esa misma idea entre pensadores conservadores no abonados a tales creencias (...).

Pero durante esta última generación, la derecha ha abandonado aquella filosofía de la imperfección y ha abrazado la búsqueda de la utopía. Con su adhesión a esta nueva fe militante en el progreso, la derecha aceptó una corriente radical del pensamiento ilustrado (...).

Como movimiento intelectual, los orígenes del neoconservadurismo han de buscarse en la izquierda y, en ciertos sentidos, se trata de una regresión a una variante radical del pensamiento ilustrado ya desaparecida en Europa (...). Incluso en Francia (patria de los jacobinos), la fe en la revolución acabó exterminada por la propia historia del siglo XX. Pero cuando murió en Europa, no desapareció del mundo por completo. En una huida que habría hecho las delicias de Hegel, emigró a Norteamérica, donde se asentó en las filas de la derecha neoconservadora. Es bien sabido el desprecio que sienten los neoconservadores por Europa, pero uno de sus mayores logros es el de haber inyectado una tradición revolucionaria europea ya difunta en el corazón mismo de la vida política estadounidense (...).

"Los gobiernos occidentales no estaban preparados para ver cómo la difusión de la democracia desencadenaba el nacionalismo étnico en la antigua Yugoslavia y el islamismo en la antigua Asia central soviética; la teoría decía que la democracia y la liberalización traerían la paz"

El pensamiento utópico es más peligroso cuando menos se lo reconoce. La aparición durante los años noventa de una versión centrista del utopismo ilustra bien este hecho. Empezando por las políticas económicas neoliberales aplicadas en Rusia y continuando por la intervención militar humanitaria en los Balcanes, los gobiernos occidentales se embarcaron en empresas que no tenían ninguna perspectiva de éxito. No estaban preparados para ver cómo la difusión de la democracia desencadenaba el nacionalismo étnico en la antigua Yugoslavia, el separatismo en Chechenia y el islamismo en la antigua Asia central soviética. La teoría decía que la democracia y la liberalización de los mercados traerían la paz, no el crimen y la violencia.

Los gobiernos occidentales han absorbido una actitud utópica sin ni siquiera darse cuenta de ello. Gobiernos tanto de izquierda como de derecha creyeron que el resurgir nacionalista y los conflictos étnicos y religiosos no eran más que dificultades locales pasajeras dentro del avance universal hacia un nuevo orden mundial. El pensamiento realista se vio así desactivado (...).

El caso de Rusia: tras la Revolución de Octubre no está el mesianismo ni el despotismo ruso, sino el afán de "sobreposar Occidente haciendo realidad los ideales más radicales de éste"

[Otro ejemplo de la pervivencia histórica de la utopía occidental]. Las teorías sobre el despotismo oriental han sido habitualmente empleadas por los autores marxistas durante años para justificar los desastrosos resultados de las ideas de Marx en Rusia y China (...). [Tal como dicen Nekrich y Heller:] "Los historiadores occidentales establecen una línea de relación directa entre Iván Vasílievich (Iván el Terrible) y Iósif Visariónovich (Stalin)" (...). Desde el instante mismo de la caída de Constantinopla en poder de los otomanos (en 1453), se due desarollando la idea de que Moscú estaba destinada a convertirse en una "tercera Roma" (...). Durante un tiempo, quizás dio la sensación de que el nuevo régimen soviético era la plasmación de una tradición mesiánica rusa (...). Pero el mesianismo antioccidental no fue el que accedió al poder en Rusia con la Revolución de Octubre.

Los bolcheviques querían sobrepasar Occidente haciendo realidad los ideales más radicales de éste. No pretendían emular a las sociedades occidentales existentes (como había intentado con cierto éxito en su etapa final). Lenin sólo quería trasplantar a Rusia las instituciones esenciales del capitalismo occidental: la disciplina de trabajo y el sistema fabril. Era un ferviente entusiasta de dos de las más avanzadas técnicas capitalistas: el "taylorismo" (la técnica estadounidense de la llamada "gestión científica") y el "fordismo" (el método estadounidense de producción masiva en las cadenas de montaje). El propio líder bolchevique describía así su programa: "La combinación del empuje revolucionario ruso con la eficiencia estadounidense es la esencia del leninismo". Entre las [metas] más destacadas estaba la realización de la utopía ilustrada que los jacobinos y la Comuna parisina no fueron capaces de lograr. El auténtico infortunio de Rusia no fue que el país no absorbiera la Ilustración, sino que estuviera expuesto a una de las formas más virulentas de ésta.

Los suicidas de Al Qaeda son modernos en busca de sentido: dedicándose al terrorismo dejan de ser vagabundos y se convierrten en guerreros"

Los objetivos originales de Al Qaeda eran claros (la retirada de las fuerzas estadounidenses de Arabia Saudí y la destrucción de la Casa de Saud), pero, en la actualidad, ha pasado a ser el vehículo de una ira incipiente (...). Ha dejado una serie de atentados terroristas en el Reino Unido, España y Holanda, a los que no cabe definir como un simple rechazo a unas políticas occidentales concretas, sino como una muestra de repulsa de las sociedades occidentales en general.

Al Qaeda es la única terrorista que tiene alcance global. En esto, como en otros aspectos, es un subproducto de la globalización. El islamismo radical suele ser interpretado como una reacción violenta contra la modernidad, pero no deja de ser sorprendente lo mucho que las vidas de los secuestradores aéreos del 11-S se correspondían con el estereotipo de la anomia moderna.

La mayoría de los secuestradores del 11-S eran "renacidos" al Islam; es la propia globalización la que crea la imagen utópica de una comunidad musulmana mundial

Instalados en una existencia seminómada, no se les podía considerar miembros de ninguna comunidad en concreto, por lo que es fácil deducir que recurrieron al terror más para dar un sentido a sus vidas que para promover un objetivo concreto. Dedicándose al terrorismo, dejaron de ser vagabundos para convertirse en guerreros. La mayoría de los secuestradores eran musulmanes practicantes desde hacía poco: habían "renacido" al islam en Europa. El islam que ellos representan no existe en las culturas tradicionales. Es una versión del fundamentalismo que sólo pudo desarrollarse al entrar en contacto con Occidente.

Es la propia globalización la que sirve de puntal a la imagen utópica de una comunidad mundial de creyentes. Oliver Roy, el estudioso francés que ha elaborado un riguroso análisis sociológico del islam global, ha señalado precisamente que es "la creciente desterritorialización del islam la que propicia la reformulación política de una umma imaginaria" [comunidad musulmana mundial].

JOHN GRAY, 'MISA NEGRA. RELIGIÓN APOCALÍPTICA Y MUERTE DE LA UTOPÍA' (2007)

SEGUIRÁ...


"El creacionismo es una blasfemia"


Francisco J. Ayala, darwinista; premio Nacional de Ciencias de Estados Unidos.


ENTREVISTADO POR LLUÍS AMIGUET - EN 'LA VANGUARDIA' 24/08/2009

Tengo 74 años, pero fui disléxico, así que ponga 47. Nací en Madrid, pero vivo en Orange County (California): tenemos hasta ópera. Mis creencias sólo me atañen a mí. La evolución explica mucho, pero no todo: la religión, la estética... Son otras ventanas abiertas a la verdad

¿Aún tiene que defender la evolución en EE.UU. de las religiones que la niegan?

EE.UU. es una sociedad que fue fundada por colonos expulsados de Europa precisamente por sus creencias religiosas y ese sentimiento fue el fundamento de un populismo religioso que explica gran parte de la cultura estadounidense.


Ese populismo religioso ha llegado a negar la evidencia científica de la evolución.

Sí, allí se ha planteado a menudo un conflicto entre la religión y la evolución...

¿Y usted qué piensa?

Que ese conflicto es inexistente. En realidad, es al contrario: la teoría de la evolución es más compatible con un Dios personal que el creacionismo o el diseño inteligente.


¿Por qué?

El creacionismo o el diseño inteligente en realidad son creencias blasfemas...

¡...!

Porque si fueran ciertas y la evolución fuera una mera invención, Dios sería entonces el responsable definitivo de lo mal diseñados que estamos los humanos y de la crueldad, por ejemplo, de algunos predadores o parásitos entre otras muchísimas imperfecciones evidentes.


Imágenes gemelas en Italia


ROSETONES

rosetón de ventilación
ojo de tomás

Arriba, agujero de ventilación en Roma / abajo, rosetón en Ascoli Piceno

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GUERRA DE SEXOS

guerra de sexos
cortesía

Arriba, Spoleto, Umbria / abajo, Roma

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LOBAS

alta natalidad
loba posmoderna

Roma
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Superproducciones intelectuales


JOAN PAU INAREJOS
¿Por qué se arma tanto revuelo cuando un autor americano hace una profecía política? ¿Qué ha pasado en los últimos años para que los neocons y los liberales triunfantes hayan propagado su visión del mundo y su estilo intelectual? ¿No habíamos convenido que los estadounidenses eran los realistas, los militares, y la filosofía se dejaba para la venusiana Europa?

La realidad desmiente el tópico: tras 1989, Fukuyama causó furor en todo Occidente con su proclamación del "fin de la historia" -con fervientes adhesiones a favor o en contra-, y tras el traumático 2001 la nueva superproducción ha ido a cargo de Huntington y su "choque de civilizaciones" (hasta el punto, cabría añadir, que Zapatero y compañía han caído en su trampa conceptual con la tan manida "alianza de civilizaciones").

Según Mercedes Odina, lo que ha ocurrido los últimos 20 años no es nuevo; de hecho, sólo es la culminación de lo que ya había empezado decenios antes con el cine y la música. Los americanos no han hecho sino trasladar su talento distribuidor, su potente manejo de las industrias culturales, al mundo del pensamiento y la teoría. Como en tantas otras cosas, los cowboys han dejado de sentir complejos hacia el Viejo Continente. Mientras tanto, los europeos, cada vez más fragmentados, renuncian al concepto de Occidente y se revelan incapaces de hacer sentir su voz en el oleaje global
.

MERCEDES ODINA, 'EUROPA VERSUS USA' (2005)

Los doce años que transcurren entre la caída del Muro de Berlín y el derrumbe de las Torres Gemelas de Nueva York destacan por resultar bastante opacos para la intelectualidad europea y por el constante avance de las tesis llegadas desde el Nuevo Mundo. Coincidiendo con este estado de cosas, un extraño vendaval de muerte se abate sobre el mundo intelectual parisiense. Nikos Poulantzas, Gilles Deleuze y Guy Debord se quitan de en medio saltando al vacío desde las ventanas de sus pisos. A Roland Barthes lo atropella un coche tras salir ensimismado de una reunión con Mitterrand, Foucault muere de sida y Althusser fallece en un frenopático tras haber estrangulado a su mujer.

¿Qué es lo que ha llevado a todo ese grupo de brillantes intelectuales europeos a caer en la locura, la desesperación, la autodestrucción y el suicidio? Uno de sus alumnos, el escritor Jesús Ferrero, responde a esa pregunta con esta amarga sentencia: "Seguro que existen muchas razones, pero ya no importan. Lo único que importa es que el drama vivido por la Escuela de París pertenece en realidad al porvenir de nuestra cultura claustrofóbica y sin ventanas" (...).

"Desde Norteamérica se intenta que los 'criterios de éxito' del mundo del cine puedan tener continuidad en el campo del pensamiento"

Por supuesto, a nadie se le escapa que a ese opaco escenario intelectual europeo, marcado por una profunda pérdida de confianza en sí mismo, se le había unido el desarrollo de una nueva cultura audiovisual que había ido facilitando de manera imparable la penetración de potentes elementos mediáticos destinados al entretenimiento masivo difundido desde Estados Unidos, hasta el punto de conquistar un monopolio casi exclusivo en la producción y difusión de la cultura de masas.

Sin embargo, hasta ese momento los europeos no parecen ser excesivamente conscientes de que a esa trivial punta de lanza del entretenimiento cultural norteamericano, clavada ya en pleno cuerpo europeo, pueda llegar a seguirle la penetración del palo hegemónico del pensamiento neoconservador estadounidense. Un auténtico imperio mental cuyas características y dimensiones alcanzan tal punto que muy pronto llegan a quedar resumidas bajo la totalizadora etiqueta de pensamiento único. Aunque en realidad, más que de un pensamiento único, de lo que se trata es de un pensamiento hegemónico, guiado por los mismos criterios anteriormente aplicados por Estados Unidos, con un éxito comprobado, en la industria del entretenimiento.

Desde Norteamérica se intenta que los denominados "criterios de eficacia" o, dicho de otro modo, "criterios de éxito", aplicados al mundo del cine y la televisión, puedan tener una posibilidad de continuidad, siguiendo la más pura lógica de expansión y diversificación del mercado, en el campo aún por explotar de la importación del mundo del pensamiento. Una vez acostumbrada a la audiencia mundial a un formato donde las carteleras y los programas sólo se podían mantener según su mayor o menor éxito de público, mensurable y contable a través del taquillaje, nada impedía que ese modelo también pudiera funcionar a la perfección en el mundo del pensamiento.

La cuestión se reducía a tomar determinadas producciones intelectuales (las que más le interesaban al mundo del poder y el dinero estadounidense) y reconvertirlas en superproducciones intelectuales de éxito masivo y mundial. En definitiva, sólo se trataba de aplicarles el mismo modelo de publicidad, promoción y distribución con el que Hollywood llevaba ya años sosteniendo su potente industria planetaria del entretenimiento. Por supuesto, para ello era imprescindible dejar de lado pequeños matices no económicos -como las cuestiones de originalidad, ingenio crítico, brillantez en el análisis, coherencia o seriedad- y pasar a sustituirlos por cuestiones económicas contantes y sonantes como "penetración en el mercado", "repercusión en los medios de comunicación", "influencia en la opinión pública", "éxito" y "número de ejemplares vendidos" (...).

Esto queda claramente expresado en el último Diccionario publicado por la Real Academia Española en el año 2001, al confirmar como hecho asumido, aceptado y consensuado que el concepto de Occidente debe quedar reducido a una única acepción, según la cual Occidente pasa a ser el conjunto formado por Estados Unidos y diversos países que comparten básicamente un mismo sistema social, económico y cultural.

En tan sólo veinte años, Occidente ha pasado a ser un concepto definido por el poderío de la civilización europea para convertirse en un concepto definido por Estados Unidos, donde el vocablo Europa ha llegado a desaparecer. En este sentido, nadie puede negarles a los estadounidenses su capacidad a la hora de hacer negocios, porque, en estrictos términos económicos, una práctica operativa de este tipo es lo que se considera una operación teóricamente redonda (...).

"Parece como si tuviéramos que aceptar el aluvión del cartel de moda de 'El choque de civilizaciones' como los adolescentes aceptan el aluvión del cartel de 'Parque Jurásico'"

Huelga aclarar que la centralizadora referencia universal al choque de civilizaciones fue difundida y redifundida por todos los medios de comunicación europeos, sin que ningún tipo de organismo oculto así se lo impusiera a ninguno de ellos. Entonces, si nadie se lo impuso, ¿por qué se escogió darle tanto pábulo a esa teoría y no a otras?; y ¿cómo es posible que en un campo con distintas frutas y donde se puede escoger libremente todos coincidan a la hora de elegir el mismo fruto teórico? Porque de lo que no cabe duda es de que se escogió. Tan solo es necesario hacer un repaso a unos cuantos diarios europeos para observar con detalle hasta qué punto llegó este extraño fenómeno de uniformidad en la opción escogida [Frankfurter Allgemeine, Le Monde, El País, tras el 11-S citaron masivamente a Huntington, frente a otras teorías como la de Benjamin Barber y su tesis de la "Jihad contra el McWorld"].

Este resultado tan abultado sólo puede explicarse desde la inquietante posibilidad de que esté sucediendo en el mundo del pensamiento lo que ya ocurre en el mundo del entretenimiento. Es decir, que la exportación ideológica se produzca bajo los mismos parámetros que la cinematográfica (...).

De pronto, parece como su, atacados por un extraño contagio de regresión adolescente, los escritores y lectores de diarios tuviéramos que aceptar el aluvión del cartel de moda de "El choque de civilizaciones" con la misma naturalidad y despreocupación con la que los adolescentes aceptan entusiasmados el aluvión del cartel de Parque Jurásico.

Contra los neocons, dice Todorov: "Pensar que estamos ante una guerra entre el islam y el cristianismo, o entre el islam y la democracia liberal, es caer en la trampa de los terroristas"

[Pero hay discursos alternativos al pensamiento hegemónico estadounidense]. Dice Tzvetan Todorov [en una entrevista realizada por José María Ridao]:

"Desconfío de Huntington por dos razones: primero, porque complica en análisis cultural con la geopolítica; segundo, porque su montaje invita a indagar explicaciones causales donde éstas, por definición, son inoperantes. Seré... más explícito. Durante mucho tiempo se ha acusado a Occidente de su ceguera ante el resto del mundo, como si lo que no fuera Occidente fuera invisible para los ojos occidentales.

No comprendo bien la tesis de Huntington. ¿A qué llama él civilización? Si se refiere a la religión, Occidente no es una religión, sino un mundo esencialmente laico. Por otra parte, no creo que estemos ante una guerra entre el islam y el cristianismo, o entre el islam y la democracia liberal. Interpretar de esa manera lo que está sucediendo equivaldría a caer en la trampa de los terroristas. Se trata de una lucha de poder, que tiene razones económicas, políticas, militares, y que algunos tratan de disfrazarla de choque de civilizaciones con el objetivo de someter más fácilmente a la población de sus países. Es así como interpreto la retórica de Bin Laden, pero no creo que haya que confundir la retórica con las causas verdaderas.

La civilización no es algo homogéneo, único, cerrado, una especie de bloque que coexiste al lado de otros bloques. En la tesis de Huntington se distingue un bloque ortodoxo. Yo soy búlgaro, y aunque no fui educado en la religión, tendria que pertenecer a ese mundo, que incluye a Grecia, Bulgaria, Rumanía y Rusia. Pienso que es una visión extraña, que no explica nada. Mi opinión, por el contrario, es que todos estamos constituidos por un conjunto de pertenencias múltiples. No existe una identidad como tal, sino una multiplicidad de pertenencias.

Según las circunstancias, yo debo actuar como hombre y no como mujer; en otros casos, como alguien con el pelo blanco y no como un joven; o como alguien que ha vivido en Europa del Este bajo el totalitarismo, o como intelectual francés, o como miembro de la clase media. Y todo esto no forja una identidad única, que además debe ser común a muchos individuos y que, finalmente, lanza a la guerra a unos grupos contra otros" [cita de Tzvetan Todorov].


MERCEDES ODINA, 'EUROPA VERSUS USA' (2005)

01 agosto 2009

DIVAS

Arriba, imagen promocional del disco 'Celebration' de Madonna (otoño 2009)
Abajo, imagen en Sant Boi de Llobregat, mayo 2009

mi desorden es mío

desorden

Ikea no me lo compres que te veo


31 julio 2009

Hazañas

estira!

¿Adiós a la Cool Britannia?













Los
felices 90 han tenido en el Reino Unido dos enseñas rutilantes: la Tercera Vía, producto de ingeniería política de Tony Blair, y el Brit Pop, producto nacional-musical que encumbró a los Blur y Oasis frente a la oscura generación grunge.

Hoy, el brillante premier lleva la letra escarlata de la guerra de Irak, y la economía social que pretendía afianzar se le desvanece en las manos a su martirizado delfín Gordon Brown. Aún más efímera, dicen los críticos musicales (ver abajo), ha sido la otrora espumosa moda del Brit Pop, cuyos representantes han perdido presuntamente el nervio creativo y navegan por mares estupefacientes.

Nobles propósitos de la Cool Britannia, que intentó redimir al mundo uniendo la calidad y la comercialidad, el liberalismo y la socialdemocracia, el americanismo y el europeísmo. Pero tras el 11-S y el Crash del 2008 parece que el mundo, por decirlo en pop hispánico, ya no está para ostias. Joan Pau Inarejos

PABLO GIL

El brit pop no se formó en base a unas convicciones, sino como una reacción. En concreto, contra el grunge. La idea de recuperar la grandeza y el ingenio del pop británico y la estética glamourosa del Swinging London provino de un pequeño círculo londinense en el que estaban Damon Albarn (Blur), Justine Frischmann (Elastica) y Brett Anderson (Suede), ex novio de ésta; a su misión se apuntaron rápidamente Jarvis Cocker (Pulp) y los hermanos Gallagher (Oasis), en declaraciones y fotos con la bandera británica, que hasta entonces había tenido una marcada connotación rancia.

Todos eran músicos indies que ansiaban la trascedencia de los grupos de EEUU. Y ocurrió que, en unos pocos meses de 1994, Kurt Cobain se suicidó y triunfaron Definitley Maybe (Oasis), Parklife (Blur), Dog Man Star (Suede) y His'n' Hers (Pulp).

El brit pop se convertía en el sonido de la nueva Inglaterra (y en moda internacional), impulsando a su vez el fenómeno social de la nacionalista noción de una Cool Britannia. Pero como una supernova, la estrella del brit pop brilló intensamente y desapareció de inmediato. En 1998, muchos de los músicos de aquella generación eran cocainómanos, heroinómanos o alcohólicos, hacían música aburrida y se preguntaban, desencantados, por qué su país prefería a Spice Girls y cómo Tony Blair, su presidente, les decepcionaba tanto.


PABLO GIL, ARTÍCULO EN EL SUPLEMENTO "LA LUNA DE METRÓPOLI" DE 'EL MUNDO', 31/7/2009 / fotos: izquierda, Liam Gallagher (Oasis); derecha, Tony Blair.