01 febrero 2007

Los mundos cerrados del arte

La rebeldía (…) es fabricante de universos. Esto define también el arte. La exigencia de la rebeldía, a decir verdad, es también una exigencia estética.

“Las murallas en Lucrecio, los conventos de Sade, las cimas de Nietzsche, los castillos en los surrealistas…”

Todos los pensamientos en rebeldía, lo hemos visto, se ilustran en una retórica o un universo cerrado. La retórica de las murallas en Lucrecio, los conventos y los castillos herméticos de Sade, la isla o el peñasco romántico, las cimas solitarias de Nietzsche, el océano elemental de Lautréamont, los parapetos de Rimbaud, los castillos horrorosos que renacen, azotados por una tormenta de flores, en los surrealistas, la prisión, la nación parapetada, el campo de concentración, el imperio de los libres esclavos, ilustran a su manera la misma necesidad de coherencia y de unidad. Sobre estos mundos cerrados el hombre puede reinar y conocer por fin.

ALBERT CAMUS, ‘EL HOMBRE REBELDE’ (1951) / FOTO: LA 'CASA JUNTO AL RAÍL' (1925), DE EDWARD HOPPER INSPIRÓ A ALFRED HITCHCOCK PARA COMPONER LA SINIESTRA MANSIÓN VICTORIANA DE NORMAN BATES EN 'PSICOSIS' (1960)

"Quién miraba las manos del verdugo?"

Lo que busca [el arte] en sus grandes épocas es el gesto, la expresión o la mirada vacía que resumirán todos los gestos y todas las miradas del mundo. Su propósito no es imitar, sino estilizar y aprisionar en una expresión significativa el furor pasajero de los cuerpos o el torbellino infinito de las actitudes (…). ¿Quién miraba las manos del verdugo durante la flagelación, los olivos en el vía crucis? Pero helos aquí representados, arrebatados al movimiento incesante de la Pasión, y el dolor de Cristo, aprisionado en estas imágenes de violencia y belleza, grita de nuevo todos los días entre las salas frías de los museos.

ALBERT CAMUS, ‘EL HOMBRE REBELDE’ (1951)

26 enero 2007

El Eterno "con rostro de víbora"

ALBERT CAMUS, ‘EL HOMBRE REBELDE’ (1951)

Lautréamont [Conde de Lautréamont, poeta francés, 1846-1870] resucita, una vez más, la figura de Dios de Abraham y la imagen del rebelde luciferino. Sitúa a Dios “en un trono formado con excrementos humanos y oro”, donde preside “con un orgullo tonto, cubierto el cuerpo con una mortaja hecha de sábanas sin lavar, aquel que se titula a sí mismo Creador”. El horrible Eterno “con rostro de víbora”, el “astuto bandido” al que se ve “esparcir incendios en que perecen los ancianos y los niños” rueda, embriagado, por el arroyo, o busca en el burdel goces innobles. Dios no ha muerto, pero ha caído (…).

Trastornado ante la idea de tener a Dios por enemigo, ebrio de la soledad potente de los grandes criminales (“yo solo contra la humanidad”), Maldoror [personaje de Lautréamont] va a lanzarse contra la creación y su autor. Los ‘Cantos’ exaltan “la santidad del crimen”, anuncian una serie creciente de “crímenes gloriosos” (…).

Todas las criaturas de los ‘Cantos’ son anfibias, porque Maldoror rechaza la tierra y sus limitaciones. La flora está hecha de algas y de fucos. El castillo de Maldoror está sobre las aguas. Su patria es el viejo océano. El océano, símbolo doble, es a la vez el lugar de la aniquilación y de la reconciliación (…). Los ‘Cantos’ serían así nuestras ‘Metamorfosis’ en las que la sonrisa antigua es sustituida por la risa de una boca cortada con navaja, imagen de un furor frenético y agrio (…). El “embruteceos” pascaliano toma con él un sentido literal.

"Reduce la vida al nadar fulgurante de la sepia en medio de una nube de tinta"


Parece que Lautréamont no pudo soportar la claridad fría e implacable en la que hay que durar para vivir (…). Optó entonces por reducir la vida, y su obra, por el nadar fulgurante de la sepia en medio de una nube de tinta. El hermoso pasaje en que Maldoror se acopla en alta mar con la hembra del tiburón “en una cópula larga, casta y repelente", el relato significativo, sobre todo, en que Maldoror transformado en pulpo asalta al Creador, son expresiones claras de una evasión fuera de las fronteras del ser y de un atentado convulso contra las leyes de la naturaleza.

ALBERT CAMUS, ‘EL HOMBRE REBELDE’ (1951) / FOTO: 'ANGUS DEI', DE JOAN PAU INAREJOS (2003)

Nietzsche traicionado por la esvástica

ALBERT CAMUS, ‘EL HOMBRE REBELDE’ (1951)

Una raza de señores incultos balbuceando la voluntad de poder ha asumido al fin la “deformidad antisemita” a la que Nietzsche no cesó de despreciar (…). Defensor del gusto clásico, de la ironía, de la frugal impertincencia, aristócrata que supo decir que la aristocracia consiste en practicar la virtud sin preguntarse por qué, y que hay que dudar de un hombre que necesitaría razones para seguir siendo honrado (…), su propio país, a los treinta años de su muerte, lo erigió en maestro de mentira y de violencia e hizo odiosas nociones y virtudes que su sacrificio había hecho admirables (…).

“Debe denunciarse la fabricación de infrahombres resultante de la predicación del superhombre”

Se conocen sin duda filosofías que han sido traducidas y traicionadas en la historia. Pero hasta Nietzsche y el nacionalsocialismo no existía ejemplo de que un pensamiento enteramente iluminado por la nobleza y los desgarramientos de un alma excepcional fuera ilustrado a los ojos del mundo por un desfile de mentiras, y por el espantoso amontonamiento de los cadáveres concentracionarios. La fabricación metódica de infrahombres resultante de la predicación del superhombre, he aquí el hecho que debe denunciarse sin la menor duda.

ALBERT CAMUS, ‘EL HOMBRE REBELDE’ (1951)

"El arco más tenso que existe"


ALBERT CAMUS, ‘EL HOMBRE REBELDE’ (1951)

Nietzsche al menos no se esquiva. Contesta y su contestación está en el riesgo: Damocles nunca danza mejor que bajo la espada. Hay que aceptar lo inaceptable y sostenerse en lo insostenible (…). Así, de la desesperación absoluta brotará la alegría infinita; de la servidumbre ciega, la libertad sin condición. Ser libre es precisamente abolir los fines (…).

La adhesión total a una necesidad total, tal es su definición paradójica de la libertad. La pregunta “¿libre de qué?” es sustituída entonces por “¿libre para qué?”. La libertad coincide con el heroísmo. Es el ascetismo del gran hombre, “el arco más tenso que existe” (…).

“Dionisos aúlla eternamente en el desmembramiento”

Nietzsche nunca ha exaltado más que el egoísmo y la dureza propios de todo creador. La transmutación de los valores consiste tan sólo en sustituir el valor del juez por el del creador. Dionisos, dios de la tierra, aúlla eternamente en el desmembramiento. Pero representa al mismo tiempo esa belleza trastornada que coincide con el dolor (…). Aceptarlo todo, la suprema contradicción y el dolor al mismo tiempo, era reinar sobre todo. Nietzsche aceptaba pagar el coste por este reino. Sólo la tierra, “grave y doliente”, es verdadera.

ALBERT CAMUS, ‘EL HOMBRE REBELDE’ (1951)

Condenados a la libertad

ALBERT CAMUS, ‘EL HOMBRE REBELDE’ (1951)

En este mundo desembarazado de Dios y de las ideas morales, el hombre vive ahora solitario y sin dueño. Nadie menos que Nietzsche, y en este sentido se distingue de los románticos, ha dejado creer que tal libertad podía resultar fácil (…). A partir del momento en que el hombre ya no cree en Dios, ni en la vida inmortal, se hace “responsable de todo lo que vive, de todo lo que, nacido del dolor, está condenado a sufrir de la vida”.

Es a él, a él sólo, a quien toca encontrar el orden y la ley. Entonces comienza el tiempo de los réprobos, la búsqueda extenuante de las justificaciones, la nostalgia sin objetivo, “la cuestión más dolorosa, la más desgarradora, la del corazón que se pregunta: ¿dónde podría sentirme en mi casa?” (…).

“Sin Dios, el resultado es la espantosa libertad del ciego”

Sin ley no hay libertad. Si el destino no está orientado por un valor superior, si el azar es rey, el resultado es la marcha entre las tinieblas, la espantosa libertad del ciego. Al término de la mayor liberación Nietzsche opta, pues, por la mayor dependencia. “Si no hacemos de la muerte de Dios una gran renuncia y una perpetua victoria sobre nosotros mismos, tendremos que pagar por esa pérdida”.

Dicho de otro modo, con Nietzsche la rebeldía conduce a la ascesis. Una lógica más profunda sustituye entonces el “Si nada es verdad, todo está permitido” de Karamazov por un “Si nada es verdad, nada está permitido” (…). Donde nadie puede decir ya qué es negro y qué es blanco, la luz se apaga y la libertad se convierte en prisión voluntaria.

“A este callejón sin salida se precipita Nietzsche con un júbilo horrible”

A este callejón sin salida al que empuja metódicamente su nihilismo cabe decir que se precipita Nietzsche con una especie de júbilo horrible (…). Si entonces el hombre no quiere perecer entre los nudos que lo ahogan, tendrá que cortarlos de un solo golpe, y crear sus propios valores (…). “Cuando no se encuentra la grandeza en Dios –dice Nietzsche- no se la encuentra en parte alguna; hay que negarla o crearla”. Negarla era la tarea del mundo que lo rodeaba y al que veía correr al suicido. Crearla fue la tarea sobrehumana por la que quiso morir.

ALBERT CAMUS, ‘EL HOMBRE REBELDE’ (1951)

"Descubierto el desierto, hay que aprender a subsistir en él"

Con Stirner [Max Stirner, filósofo alemán, 1806-1856], el movimiento de negación que anima la rebeldía sumerge irresistiblemente todas las afirmaciones. Barre, al mismo tiempo, los sucedáneos de lo divino que abarrotan la conciencia moral (…). Hasta la revolución, sobre todo la revolución, repugna a este rebelde. Para ser revolucionario, hay que creer aún en algo, donde no hay nada que creer. “La Revolución (francesa) ha desembocado en una reacción y eso prueba lo que era en ‘realidad’ la Revolución”.

“Sólo hay una libertad: el espléndido egoísmo de las estrellas”

Someterse a la humanidad no es mejor que someterse a Dios. Por lo demás, la fraternidad no es sino la “manera de ver del domingo de los comunistas”. Los días laborables, los hermanos se vuelven esclavos. Así pues, sólo hay una libertad para Stirner, “mi poder” y una verdad, “el espléndido egoísmo de las estrellas”. En este desierto, todo vuelve a florecer. “La significación formidable de un grito de alegría sin pensamiento no podía comprenderse mientras duró la larga noche del pensamiento y de la fe”. Esta noche está tocando a su fin, un alba va a despertarse que no es la de las revoluciones, sino la de la insurección (…).

Así, sobre las ruinas del mundo, la risa desolada del individuo-rey ilustra la victoria final del espíritu de rebeldía. Pero en este extremo, nada es ya posible sino la muerte o la resurrección. Stirner, y con él todos los rebeldes nihilistas corren a los confines, ebrios de destrucción. Tras lo cual, descubierto el desierto, hay que aprender a subsistir en él. Empieza la búsqueda extenuadora de Nietzsche.

ALBERT CAMUS, ‘EL HOMBRE REBELDE’ (1951)

El joven Satanás


El héroe romántico se considera forzado a cometer el mal, por nostalgia de un bien imposible (…). El príncipe del mal sólo ha escogido su vía porque el bien es una noción definida y utilizada por Dios para los designios injustos. La misma inocencia irrita al Rebelde en la medida en que supone una ceguera de iluso (…).

El crimen, en efecto, se volverá amable. Basta comparar al Lucifer de los imagineros medievales con el Satán romántico. Un adolescente “joven, triste y encantador” (Vigny) sustituye a la bestia cornuda. “Bello, con una belleza que ignora la tierra” (Lermontov), solitario y poderoso, doloroso y despectivo, oprime con negligencia.

ALBERT CAMUS, ‘EL HOMBRE REBELDE’ (1951) FOTO: 'MUCHACHO CON PIPA', DE PICASSO (1905)

La noche del Gólgota

ALBERT CAMUS, EL HOMBRE REBELDE (1951)

El Nuevo Testamento puede considerarse como una tentativa para responder, de antemano, a todos los caínes del mundo, suavizando la figura de Dios, y suscitando un intercesor entre él y el hombre. Cristo ha venido a resolver dos problemas principales, el mal y la muerte, que son precisamente los problemas de los hombres en rebeldía. Su solución ha consistido primero en asumirlos. El dios hombre sufre también, con paciencia. Ni el mal ni la muerte le son en absoluto imputables, ya que es desgarrado y muere.

La noche del Gólgota no tiene tanta importancia en la historia de los hombres sino porque en aquellas tinieblas la divinidad, abandonando ostensiblemente sus privilegios tradicionales, vivió hasta el final, incluída la desesperación, la angustia de la muerte. Así se explica el ‘Lama sabactani’ y la duda horrenda de Cristo agonizante. La agonía sería leve si estuviera sostenida por la esperanza eterna. Para que el dios sea un hombre, es preciso que se desespere (…).

"Paradójicamente, los blasfemos hacen revivir al dios celoso que el cristianismo quería expulsar del teatro de la historia".

En la medida en que la raza de Caín ha triunfado cada vez más, a lo largo de los siglos, cabe decir así que el dios del Antiguo Testamento ha conocido una fortuna inesperada. Paradójicamente, los blasfemos hacen revivir al dios celoso que el cristianismo quería expulsar del teatro de la historia. Una de sus audacias más profundas ha consistido precisamente en anexionar al propio Cristo a su campo, deteniendo su historia en la cima de la cruz y en el grito amargo que precedió su agonía.

Así se hallaba entonces la figura implacable de un dios de odio, más acorde con la creación tal como la concebían los hombres en rebeldía. Hasta llegar a Dostoievsky y Nietzsche, la rebeldía no se enfrenta más que contra una divinidad cruel y caprichosa, la que prefiere, sin motivo convincente, el sacrificio de Abel al de Caín y que, con ello, provoca el primer crimen. Dostoievsky, en imaginación, y Nietzsche, de hecho, ampliarán desmesuradamente el campo del pensamiento en rebeldía y pedirán cuentas al mismo dios del amor.

ALBERT CAMUS, EL HOMBRE REBELDE (1951)

Yo, S.A.

RENATA SALECL, CULTURA/S, LA VANGUARDIA, 24/01/07

El dueño de una compañía de internet que prosperó en el momento de la burbuja informática me contó en cierta ocasión sus angustias frente al despido de empleados jóvenes y entusiastas cuando los negocios empezaron a ir mal. Un momento especialmente doloroso se produjo cuando tuvo que desprenderse de un joven muy trabajador y que se había volcado mucho en la compañía. El empresario se reunió con él y le comunicó que debía prescindir de sus servicios; el joven quedó muy afectado.

Por un momento, pareció como si fuera a estallar en lágrimas, pero enseguida se recompuso, agarró una libreta y le pidió al empresario que le dijera qué era lo que había hecho mal en su trabajo, de qué manera no se había esforzado lo suficiente y, sobre todo, cómo podría mejorar en su siguiente empleo. Conmovido ante semejante reacción, el empresario insistió en que su comportamiento no había tenido defecto alguno, que el despido se debía sólo a que la compañía se encontraba en una espiral descendente y que intentaba por todos los medios salvarla. Sin embargo, el joven insistió en que quería algún tipo de comentario crítico para poder tenerlo en cuenta y ser aun mejor empleado la siguiente vez.

“El capitalismo posindustrial, con su énfasis en el riesgo, ha afectado de modo profundo el carácter de las personas”

Hace un tiempo, quien era despedido culpaba de su desgracia a las circunstancias externas; hoy, en cambio, la ideología capitalista dominante nos empuja a evaluarnos a nosotros mismos en primer lugar y a intentar discernir por qué no hemos conseguido conservar el trabajo. Evaluación es la palabra suprema en los tiempos que corren (…). En las compañías internacionales existentes por todo el planeta, los empleados no sólo son evaluados por sus jefes, también se les pide constantemente que se evalúen a sí mismos (…).

La ideología actual insiste en la idea de que los individuos disponen de posibilidades infinitas para convertirse en lo que deseen. Por ello, la subjetividad contemporánea es percibida como un flujo constante de autoinvención. El sujeto es un artista, un creador de su vida. Al tiempo que el individuo se encuentra bajo una presión constante para que se autoevalúe, también es alentado para que sea flexible, se arriesgue y se convierta en lo que de verdad desea ser.

Según el sociólogo estadounidense Richard Sennett, el capitalismo posindustrial, con su énfasis en el riesgo, ha afectado de modo profundo el carácter de las personas. Hoy las empresas no dejan de reestructurarse. La flexibilidad se ha convertido en el nuevo mantra no sólo de las compañías sino también de los individuos. El empleado despedido de un trabajo corporativo porque la compañía atraviesa un proceso de reestructuración se siente culpable por no haber sido flexible antes y no haber asumido riesgos en relación con su carrera (…).

Todo individuo debe actuar como si fuera su propia empresa. Por lo tanto, debemos considerar nuestra vida como Yo S. A.; se supone que debemos tener un plan de objetivos en la vida, pensar en inversiones a largo plazo, ser flexibles y reestructurar la empresa vital, así como correr los riesgos necesarios con el fin de incrementar los beneficios.

“También tiene uno que considerar la propia vida emocional como otra forma de inversión”

Se supone que una persona tiene que ser, ante todo, un inversor hábil. No se trata sólo de la necesidad de aprender la compleja lógica del mercado bursátil y convertirse en el propio asesor financiero, también tiene uno que considerar la propia vida emocional como otra forma de inversión. Se supone que debemos invertir tiempo y afecto en nuestros hijos para obtener un buen resultado en el producto que surgirá de su crianza.

Del mismo modo, se supone que tenemos que invertir en nuestras relaciones con cónyuges y amistades con objeto de poder sacar fondos de los bancos emocionales que crean semejantes relaciones (…). Incluso el amor y las emociones son percibidas como susceptibles de ser dominadas racionalmente (…).

“No recuerdo que la generación de mis padres hablara alguna vez de la necesidad de trabajar en uno mismo”

Al tiempo que se nos alienta a trabajar sin tregua en nuestro cuerpo por medio del ejercicio extenuante, la dieta y la cirugía plástica, también se supone que debemos actuar sobre nuestra vida interior, sobre las emociones, los afectos y las relaciones. No recuerdo que la generación de mis padres hablara alguna vez de la necesidad de trabajar en uno mismo. Nuestros progenitores vivieron una vida que no tuvo mucho que ver con la idea de realización personal y mucho más con la de seguir cierta senda que seguía todo el mundo (…). La típica vida de clase media parecía consistir en trabajar, educar a los hijos, ahorrar para que pudieran ir a la universidad, cuidar de padres mayores y, de vez en cuando, divertirse con viajes y vacaciones (…).

“El sujeto acaba por percibirse como culpable si le ocurre algo malo”

No es de extrañar que el estrés sea el culpable último de las enfermedades contemporáneas. El sujeto acaba por percibirse como culpable si le ocurre algo malo. Como el empleado que se siente culpable por perder su trabajo (ya que no ha sido lo bastante flexible para empezar a buscar uno nuevo antes del fin del anterior), una persona enferma se siente culpable por no haber impedido la enfermedad trabajando más sobre su cuerpo.

Decimos incluso de alguien que es un buen gestor de la ansiedad. Y, si una enfermedad no mejora, tenemos que sentirnos culpables de nuevo por haber fallado en otra tarea, la autocuración. Desde luego, el yo queda agotado con todas estas obligaciones. Y no es casual que la ideología de la autocuración arraigue justo en una época en que las políticas sanitarias oficiales se abren cada vez más a la privatización del sistema público de salud.

“El capitalismo fomenta por un lado la libertad de elección y por otro la identificación con todo tipo de nuevos líderes”

La paradoja radica también en que la creencia en la idea de que uno tiene capacidad de elección total sobre la vida suele ir acompañada de la búsqueda de poderes externos que nos guíen en la vida (…). Incluso en las relaciones amorosas, las personas perciben hoy que tienen libertad total para elegir una compañía más perfecta, pero a la vez se fijan en el signo del zodíaco bajo el que ha nacido una posible pareja.

Esta búsqueda de un poder superior que es el que decide cuando al mismo tiempo nos enfrentamos a la libertad de elección no constituye ninguna sorpresa. Cuando sentimos ansiedad (no por lo que podríamos ganar, sino perder), a menudo buscamos a alguien que decida por nosotros. Una figura religiosa, un curandero o incluso alguien que lea horóscopos pueden ser percibidos como una autoridad capaz de aplacar nuestro desasosiego. El capitalismo fomenta por un lado la libertad de elección y por otro promueve la identificación con todo tipo de nuevos líderes (…).

En una época en que las personas pueden imaginar todo tipo de catástrofes sociales, económicas y personales, la ansiedad está al orden del día. La ideología que promueve la idea de que la vida debe abordarse como si fuera una empresa sobre cuyos aspectos decide uno corre pareja con la pérdida individual de la posibilidad de incidir en el desarrollo social y político de la sociedad en la que se vive. Cuando una ideología nueva aparece con fuerza (como es el caso de la relativa a la autocuración), aparece también la urgente necesidad de hacer una pausa y pensar por quién doblan las campanas.

RENATA SALECL, FILÓSOFA Y SOCIÓLOGA, ES PROFESORA DE LA LONDON SCHOOL OF ECONOMICS. ESTÁ VINCULADA AL INSTITUTO DE CRIMINOLOGÍA DE LA UNIVERSIDAD DE LIUBLIANA.

http://www.lacoctelera.com/reggio/post/2007/01/24/lo-nos-preocupa-carles-guerra-la-vanguardia

23 enero 2007

La Iglesia contra los actores


¿Cómo no iba la Iglesia a condenar semejante ejercicio en el actor? Repudiaba ella en este arte la multiplicación herética de las almas, la orgía de emociones, la escandalosa pretensión de una mente que se niega a vivir un solo destino y se precipita a todas las intemperancias. Proscribía en ellos esa afición al presente y ese triunfo de Proteo que son la negación de todo cuanto ella enseña.

La eternidad no es un juego. Una mente lo bastante insensata para preferir a ella una comedia ha perdido su salvación. Entre "en todas partes" y "siempre" no hay compromiso. De ahí que ese oficio tan menospreciado pueda dar lugar a un conflicto espiritual desmesurado. "Lo que importa -dice Nietzsche- no es la vida eterna, es la vivacidad eterna". Todo el drama está, en efecto, en esa elección.

ALBERT CAMUS, 'EL MITO DE SÍSIFO', 1942

Amarga constatación:


"Todo está permitido",
exclama Iván Karamazov ['Los hermanos Karamazov', Fiodor Dostoievsky, 1880]. También eso huele a absurdo. Aunque a condición de no entenderlo de manera vulgar. No sé si se ha observado bien: no se trata de un grito de liberación o de gozo, sino de una amarga constatación. La certidumbre de un Dios que diera su sentido a la vida sobrepasa con mucho el atractivo al poder impune de hacer el mal. La elección no sería difícil. Pero no hay elección y entonces comienza la amargura.

Lo absurdo no libera, ata. No autoriza todas las elecciones. Todo está permitido no significa que nada esté prohibido. Lo absurdo devuelve solamente su equivalencia a las consecuencias de los actos. No recomienda el crimen, sería pueril, mas devuelve su inutilidad al remordimiento. Y asimismo, si todas las experiencias son indiferentes, la del deber es tan legítima como cualquier otra. Uno puede ser virtuoso por capricho.

ALBERT CAMUS,
'EL MITO DE SÍSIFO', 1942