15 noviembre 2010

'Pa negre': posguerra con 'teatritis'

ATENCIÓN: La crítica contiene algún pequeño detalle de la trama
LA PELÍCULA EN LA MEJOR WEB DE CINE: LA BUTACA
por JOAN PAU INAREJOS 

Nota: 6,5 
Hay películas que valen la pena por la brillantez de su prólogo, aunque después traicionen las soberbias expectativas allí prometidas. Es el caso de 'Pa negre', de Agustí Villaronga, la adaptación de la novela homónima de Emili Teixidor que arranca con 5 minutos mudos y formidables, que muestran con toda su crudeza la violencia terrosa y despiadada de la Guerra Civil española y su terrible resaca en lugares como la Catalunya rural.

La cinta posee una potencia visual fuera de toda duda: desde el plano de un carruaje despeñándose y el rostro desencajado de un niño moribundo hasta el retrato de un hogar mísero y un campo pese a todo plagado de luz y lirismo, toda la historia se beneficia de una atmósfera detallista y francamente cuidada, donde no falta ni sobra nada. 

A ello hay que añadirle una pareja púber en estado de gracia: Francesc Colomer encarna perfectamente la inocencia e incluso cierta bondad primigenia asociada a la infancia (que hoy hemos olvidado ante la generación de niños hiperinformados y vacilones) mientras Marina Comas borda de igual forma su papel de catalizadora rebelde y resabiada, removiendo las aguas de este mundo candoroso con terribles heridas: la mano mutilada convertida en juguete y una sexualidad tristemente precoz, por culpa de unos adultos sin escrúpulos.

Descollante en los apartados visual, simbólico e interpretativo, sin embargo 'Pa negre' naufraga en su propósito de fresco realista, cayendo en la tentación del exceso de diálogos y la teatralización de la pobreza. La historia del padre mártir y de la familia humilde perseguida por un poder anónimo y sanguinario no consigue romper los moldes del estereotipo, y remite a demasiados quilómetros de celuloide de la ficción catalana y española moderna. Lo que Villaronga consigue con su bella fotografía, llena de sosiego y de matices, no lo logra con el guión, absorbido en su tramo final por un tubo de escape maniqueísta y emocionalmente tramposo.

Es una lástima, pero la verborrea acaba haciendo que aborrezcamos lo que podía haber sido una buena película, y obliga a evocar aquel proverbio árabe que los directores  deberían grabarse en sus mesas de montaje: "Si lo que vas a decir no es más bello que el silencio, mejor cállate".


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