02 abril 2015

La tregua

Mario Benedetti
La tregua (1960)

el jubilado
A veces pienso qué haré cuando toda mi vida sea domingo. (…) Se acabó la oficina. Desde mañana y hasta el día de mi muerte, el tiempo estará a mis órdenes.

el viudo
Sé que tenía ojos verdes, pero no puedo sentirme frente a su mirada. (…) si bien soy incapaz de reconstruir (con mis propias imágenes, no con fotografías o recuerdos de recuerdos) el rostro de Isabel, puedo en cambio volver a sentir en mis manos, todas las veces que lo necesite, el tacto particular de su cintura, de su vientre, de sus pantorrillas, de sus senos. ¿Por qué las palmas de mis manos tienen una memoria más fiel que mi memoria?

¿el padre coraje?
Salir adelante con mis hijos era una obligación, el único escape para que la sociedad no se encarara conmigo y me dedicara la mirada inexorable que se reserva a los padres desalmados. No cabía otra solución y salí adelante. Pero todo fue siempre demasiado obligatorio como para que pudiera sentirme feliz. (…) además está el deber, el deber de padre y madre. Tendría que ser ambos a la vez y creo que no soy nada.

triste con vocación de de alegre
Blanca tiene por lo menos algo de común conmigo: también es una triste con vocación de alegre.

vida en pareja
El plan trazado es la absoluta libertad.

el viejo y la joven
Usted tiene todas las condiciones para concurrir a mi felicidad, pero yo tengo muy pocas para concurrir a la suya. (…) «Pero si usted todavía es un hombre joven». Todavía. ¿Cuántos años me quedan de «todavía»? Tenía veinte años y era joven; tenía treinta y era joven; tenía cuarenta y era joven. Ahora tengo cincuenta años y soy «todavía joven». Todavía quiere decir: se termina. (…) Tenemos que apurarnos hacia el encuentro, porque en nuestro caso el futuro es un inevitable desencuentro. (…) Todos sus Más se corresponden con mis Menos. Todos sus Menos se corresponden con mis Más. (…) su única enemiga puede ser la muerte (…) mi único enemigo es el Hombre, el Hombre que está en todas las esquinas del mundo.

la respuesta es otra pregunta
«Por favor, no me acribille con esas miradas de expectativa». «No tengo otras», contesté, como un idiota. «Usted quiere saber mi respuesta», agregó, «y mi respuesta es otra pregunta».

beso con personalidad
sus dos brazos emergieron en lo oscuro y se apoyaron en mis hombros. Debe haber visto ese preparativo en alguna película argentina. Pero el beso que siguió no lo vio en ninguna película, estoy seguro.

el desconocido
Se empecinó en reconstruirme pormenores, en convencerme de que había participado en mi vida.

la perrita
Vino a recibirme una perrita desteñida, con cara de solterona. Me miró sin olfatearme, luego se despatarró y cometió el clásico delito de lesa alfombra.

el novio ausente
Yo creo que después de haberme confesado que tenía novio, se sintió más defendida e interpretó mis preguntas como un interés casi paternal.

eternamente joven
Siempre tuve la secreta impresión de que él iba a ser joven hasta la eternidad. Pero parece que la eternidad llegó, porque ya no lo encuentro joven.

tipos de rubor
creo que estoy enamorado de usted». Esperé unos instantes. Ni una palabra. Miraba fijamente la cartera. Creo que se ruborizó un poco. No traté de identificar si el rubor era radiante o vergonzoso. Entonces seguí: «A mi edad y a su edad, lo más lógico hubiera sido que me callase la boca; pero creo que, de todos modos, era un homenaje que le debía. (…) Estaba allí, indefensa, es decir, defendida por mí contra mí mismo.

discutir para admirar
En realidad, le llevaba la contra por el puro placer de oírlo afirmarse.

orgullo femenino
Me miraba con una ironía tan segura, que parecía la depositaria de toda la dignidad femenina de este mundo.

el nombre de la amada
ella estaba conmigo, podía sentirla, palparla, besarla. Podía decir simplemente: «Avellaneda». «Avellaneda» es, además, un mundo de palabras. Estoy aprendiendo a inyectarle cientos de significados y ella también aprende a conocerlos. Es un juego. De mañana digo: «Avellaneda», y significa: «Buenos días». (Hay un «Avellaneda» que es reproche, otro que es aviso, otro más que es disculpa.) Pero ella me malentiende a propósito para hacerme rabiar. Cuando pronuncio el «Avellaneda» que significa: «Hagamos el amor», ella muy ufana contesta: «¿Te parece que me vaya ahora? ¡Es tan temprano!». Oh, los viejos tiempos en que Avellaneda era sólo un apellido, el apellido de la nueva auxiliar (…) Entonces mi mirada la envolvió, mucho mejor que la frazada; en realidad, no era independiente de mi voz, que ya había empezado a decir: «Avellaneda». Y esta vez me entendió perfectamente.

la playa vacía. el mar
Nos sentamos en la arena. Así con la playa vacía, las olas se vuelven imponentes, son ellas solas las que gobiernan el paisaje. (…) Una presencia móvil pero sin vida. Una presencia de olas oscuras, insensibles. Testigo de la historia, testigo inútil porque no sabe nada de la historia. ¿Y si el mar fuera Dios? También un testigo insensible.

economía de los abrazos
me dio un abrazo, uno de esos abrazos que ella no derrocha y que por eso mismo son más memorables.

la hija y la novia
Está entusiasmada con Blanca. «Nunca imaginé que fueras capaz de tener una hija tan encantadora.» Me lo dice más o menos cada media hora. Esta frase y la de Blanca («Nunca creí que supieras elegir tan bien») no hablan muy amablemente de mí, de la confianza retroactiva que ellas depositaban en mis respectivas capacidades de generar y de escoger.

dónde está el alma
Ahí, en el pecho, cerca de la garganta, ahí debe estar el alma, hecha un ovillo.

psicología de la oficina
En las oficinas no hay amigos; hay tipos que se ven todos los días, (…) que murmuran del Directorio en general y adulan a cada director en particular.

aleluya
Me recibieron como a un salvador: con todos los problemas sin resolver.

jefes y empleados
Una vez, hace muchos años, le oí decir al más viejo de ellos: «El gran error de algunos hombres de comercio es tratar a sus empleados como si fueran seres humanos». Nunca me olvidé ni me olvidaré de esa frasecita, sencillamente porque no la puedo perdonar. No sólo en mi nombre, sino en nombre de todo el género humano. Ahora siento la fuerte tentación de dar vuelta la frase y pensar: «El gran error de algunos empleados es tratar a sus patrones como si fueran personas».

palabras más sinceras que los pensamientos
me había ido desacostumbrando a la sinceridad. Incluso es probable que sólo en forma esporádica la practicara conmigo mismo. Digo esto porque alguna vez, en estos diálogos francos con Avellaneda, me he encontrado pronunciando palabras que me parecían más sinceras aún que mis pensamientos. ¿Es posible eso?

escribir o no escribir
Comimos. Hablamos. Reímos. Hicimos el amor. Todo estuvo tan bien, que no vale la pena escribirlo. (…) Entonces me contó los últimos días, las últimas palabras, los últimos momentos de Avellaneda. Pero eso nunca será anotado. Eso es Mío, incorruptiblemente Mío. Eso estará esperándome en la noche, en todas las noches, para cuando yo retome el hilo de mi insomnio, y diga: «Amor».

instante eterno
No es la eternidad pero es el instante, que, después de todo, es su único sucedáneo verdadero.


* Los títulos que encabezan los fragmentos son del autor del blog

No hay comentarios: