05 marzo 2010

'La cinta blanca' (y negra)


LA PELÍCULA EN LA MEJOR WEB DE CINE: LA BUTACA

por JOAN PAU INAREJOS

Nota: 7,5

He aquí una magnífica cinta descriptiva, psicológicamente penetrante, socialmente implacable, sobre la Alemania profunda de principios del siglo XX. Más allá de su discurso o sus pretensiones, la validez artística de 'La cinta blanca', su carácter de gran retablo naturalista, es lo que la justifica y aquilata como obra cinematográfica de primera división.

Michael Haneke pasea su cámara paciente y su filtro en blanco y negro por las reprimidas individualidades de una aldea rural, donde los niños crecen -y se pervierten- bajo una atmósfera protestante fatídicamente estricta y justiciera. El reverendo, el médico, el maestro, la nodriza, todos ellos emergen intensamente dibujados como pilares de una sociedad enferma y agrietada, opresora de los sentimientos y la espontaneidad, que sitúa el trabajo y la cosecha en el centro del cosmos moral.

En esta pequeña mónada, para sorpresa y escándalo de los mayores, irrumpirán una serie de crímenes crueles, en lo que cabe interpretar (?) como una vaga metáfora de la gestación del nazismo, o, como mínimo, del oscuro resentimiento germano que condujo a las guerras mundiales. El ánimo narcisista, autoritario y vengativo que -aunque no sea grato a los oídos políticamente correctos-, anida fácilmente en las infancias menos vigiladas. La niñez no es sólo azúcar y peluche.

Si hubiera que ponerle algún pero, 'La cinta blanca' quizá discurre con dosis abusivas de ambigüedad y atonía. Nadie le quita un ápice de finura y elegancia a ese retrato de los pequeños diablos, ni el mérito en la creación de atmósferas, pero una vez presentados los personajes y los escenarios, se echa en falta algo parecido a una catarsis, o algo que nos ayude a entender y cimentar estos brotes de crueldad, que flotan en un territorio de nadie entre el estudio psicológico, el fresco social y la alegoría histórica. Francamente, cuesta de ver el tenue hilo que, supuestamente, comunica la neurosis de un pequeño pueblo alemán con los tanques y trincheras de la Primera Guerra Mundial.

Está bien que el arte sea implícito y que la procesión vaya por dentro, pero aquí, entre tanta frialdad luterana, dan ganas de arrancarse con una saeta.

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